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La Vida martes, 02 de febrero de 2010
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HISTORIA

El orgullo de ser miembro de la familia Cabral

NIETA DE JOSÉ MARÍA CABRAL TRANSMITE ESE SENTIMIENTO A SUS DESCENDIENTES

  • El orgullo de ser miembro de la familia  Cabral
    Aida Lugo de Sánchez y José María Lugo Cabral, hijos de Mercedes.
Jaclin Campos
jaclin.campos@listindiario.com

Santo Domingo.- ¿Qué se siente ser descendiente directo de una figura determinante para la consolidación de la independencia nacional?... Que se lo pregunten a Mercedes Cabral, quien asegura ser nieta del general José María Cabral, aunque el padre de ésta, José María Cabral Sosa, no figura en la genealogía que Vetilio M. Valera escribiera del héroe y ex Presidente.

Cabral Sosa fue uno de tres descendientes de José María Cabral omitidos en la genealogía en cuestión, afirma José María Lugo Cabral, hijo de Mercedes. ¿Por qué la exclusión? Probablemente, piensa Lugo Cabral, se debió a que el general pasó muchos años en batalla –desde 1845 hasta 1878– y, como durante ese tiempo tuvo hijos con diferentes mujeres, “algunos no se mencionan”.

Pero no aparecer en una genealogía escrita es lo de menos para Mercedes, quien a sus casi 99 años –los cumple el 16 de mayo– se queda con el orgullo de llevar el apellido Cabral.

Sí, “orgullo”. Esa es su respuesta a la pregunta inicial y es, además, el sentimiento compartido por otros miembros de la familia Cabral.

Basta escuchar, para averiguarlo, a Lugo Cabral repasando de memoria acontecimientos históricos y anécdotas protagonizados por su famoso bisabuelo: su participación en las batallas de Santomé y la Canela, su interacción con Pedro Santana y Buenaventura Báez, o su participación en la Guerra de los Seis Años…

Incansable
Fuera de la información obtenida en los libros, los descendientes de Mercedes tienen en la tradición oral una importante fuente que nutre el legado histórico familiar.

Y tienen en la nonagenaria mujer un ejemplo más cercano y real del “espíritu guerrero”.

A sus 50 años, Mercedes comenzó a trabajar fuera de casa para sostener a una familia compuesta por ocho hijos. En el Central Río Haina, donde laboró desde 1961 hasta 1976, tuvo a su cargo un departamento compuesto por 40 mujeres.

Alejada de la industria azucarera, ya mayor y residiendo en Estados Unidos, adonde se marchó por motivos familiares, siguió trabajando.

Diariamente debía tomar cuatro trenes para cumplir con sus obligaciones como ama de llaves en casa de una pareja de médicos, un empleo que finalmente dejó por la insistencia de sus hijos.

“Yo todavía me siento con fuerzas para trabajar, pero mis hijos no me dejan”, dice la mujer.

Es más, asegura que en su pasión por el trabajo, además de su frugalidad en la mesa, se encuentra el secreto de su longevidad. Pero tampoco hay que descartar la genética. Después de todo, su abuela materna alcanzó los 110 años de vida.

Tan cerca del siglo de vida y con el peso de un apellido escrito en las páginas de la historia dominicana, Mercedes no pretende echarse a morir en su casa: “Siempre vivo inventando”.

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