COSAS DE DUENDES

El diluvio

Iba en el carro con mis hijos. Afuera llovía a cántaros. Desde la ventanilla se veía una ciudad anegada y sucia. Los vasos plásticos salían flotando de los alcantarillados y avanzaban danzando hacia el centro de las calles. Algunas esquinas desaparecían perdidas bajo el montón de agua sucia que amenazaba con ahogar a los vehículos que se atrevían a desafiarla. Niños semidesnudos, huérfanos, supongo, jugaban en medio de los charcos. Se sumergían en aquellos caldos de cultivo para millones de bacterias y volvían a salir, sonrientes, cual buzos, en el más limpio de los océanos. Observar aquellos bañistas me produjo una gran angustia. Quería gritarles que corrían el riesgo de que los matara una enfermedad gracias a aquellas aguas contaminadas por los desechos de las cloacas, la basura, los escupitajos de la gente en la calle y todas las inmundicias que se reúnen durante las lluvias cuando, por los desagues tapados, la Capital se convierte en un arrabal.

El grito que se me escapó no fue por el peligro del agua sucia, sino porque vi a un camión que avanzaba resuelto hacia el charco donde se bañaban los niños que, si sobrevivían a la contaminación del agua, tal vez no se le escaparían a las ruedas de aquel enorme vehículo cuyo conductor apenas podía distinguirlos desde la posición donde se encontraba. Pero esos sobrevivientes, creo que se merecen ese nombre con letras mayúsculas, salieron del charco dando saltos hacia el siguiente, situado en la próxima esquina, donde otros niños como ellos desafiaban la muerte en las narices de todo el mundo y sin que nadie hiciera nada. Más adelante estaban los limosneros mendigando bajo la lluvia y los coqueros arrastrando lastimosamente sus carretas en medio del mal tiempo. En fin, que la onda tropical parecía haberse metido por los rincones del país y traído hasta el centro de la ciudad sus secretos más oscuros.

“Y pensar que la lluvia debe ser inspiración y romance”, reflexioné. Había estado pegada al cristal frío y húmedo y hasta olvidé que conmigo viajaban mis hijos. Ellos también observaban el entorno.

Jorgito, el más pequeño, exclamó “Cuánta lluvia. Parece que Dios cree que la tierra necesita mojarse mucho”. Pero Javier, el mayor, que tiene un punto de vista más trágico, le respondió: “Puede ser que Dios quiera ahogarnos”. Dejé de mirar por la ventanilla porque adiviné que aquella lluvia que arrastraba tantas cosas triste podría traerme otras lecciones.

Así fue. Ante el comentario de Javier, Jorgito respondió de inmediato. “Muchacho, ¿tú estás loco?” Dios nuuunca haría una cosa así, él nunca mandaría agua para que nos ahogáramos todos”. Y, como siempre, concluyó con el colofón “¿Verdad, mami?”, que es lo que hacen cuando tienen una discusión entre ellos. Si respondo “Sí”, eso se convierte en un argumento infalible para el apoyado, que remata a su contrario con un “¿Ves lo que dice mami? Te lo dije.” Así que, por supuesto, corroboré lo dicho por Jorgito y le aseguré a Javier que Dios no enviaría días y días de lluvias con el propósito de ahogarnos.

No había terminado de hablar cuando ese muchachito me respondió como un resorte: “¿Anjá, y el diluvio, del que nada más se salvó Noé?” Me reí casi con tanto ruido como el que hacía al caer esa lluvia bendita que, sin embargo, arrastra tantas tristezas.

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