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La Vida viernes, 25 de junio de 2010

RINCONES

Gastronomía dominicana 'envuelta' en un babunuco 

LA NATURALEZA, LA HISTORIA Y LA BUENA COMIDA SE DAN LA MANO EN PLENO MONTE

  • Gastronomía dominicana 'envuelta' en un babunuco
    Ubicación. El Babunuco está localizado en la carretera de El Saltadero, en Cabrera. No abre los martes.
  • Gastronomía dominicana 'envuelta' en un babunuco
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  • Gastronomía dominicana 'envuelta' en un babunuco
Yaniris López
yaniris.lopez@listindiario.com
Cabrera

Juan Alberto estaba destinado a la cocina y al campo. Por más saltos que dio, no pudo escapar de sus orígenes. Nació en el municipio de Cabrera, provincia María Trinidad Sánchez y, siendo un mozo, allá por el año 1988, estudió cocina en la Escuela Hotelera de Puerto Plata. 

Luego se fue a la Capital y estudió contabilidad en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). A punto de terminar la tesis la dejó, se fue a trabajar a Santiago y después volvió a Cabrera.  

“Yo no soporto mucho la ciudad -dice Juan Alberto como disculpándose-. Soy un campesino por naturaleza”. Pero se trata de una confesión que muchos, especialmente los que han probado su sazón, le agradecen. 

En el 2003 Juan Alberto decide abrir un bar en un rancho ubicado en la carretera de El Saltadero, a un costado del camino estrecho y tupido que lleva a la famosa y visitada cascada del municipio de Cabrera. De vez en cuando le cocinaba a los invitados que pedían comer “algo más”, hasta que decidió agregarle al lugar, que se llama Babunuco, el apelativo de bar-restaurante. Y ahí está: lo conforman dos enramadas que sirven de comedores, una antesala y cocina que parecen un museo, una pequeña fábrica de cigarros y un patio verde y acogedor. 

Campesino y gurmé
Un recorrido de reporteros de LISTÍN DIARIO permitió descubrir la especialidad de la casa: mariscos, pastas y carnes. Todo fresco, señala Juan Alberto, porque la costa está cerquita y pueden darse el gusto de comer pescado de temporada (lambí, dorado, chillo). También prefiere utilizar ingredientes naturales y complacer los gustos de los clientes. 

“Normalmente tengo un menú, pero es personal, trabajo con lo que tengo a mano, voy utilizando lo que más haya en el momento; como no puedo mantener un menú fijo trato de trabajar con lo más fresco”.

No es necesario que dé muchos detalles. Lo que sea que Juan Alberto le eche a las habichuelas, a las carnes o a las ensaladas, que le dan un sabor único, exquisito, es agradecido por los comensales. Debe ser que todo lo hace con pasión, humor y una energía que contagia a los que prueban su comida, pues siempre está contento, contando anécdotas y haciendo reír a los visitantes. 

Mucho más que comida
Abierto de 12:00 del mediodía hasta las 12:00 de la medianoche, Babunuco (en honor al trapo enrollado que usan las mujeres de los campos en la cabeza para llevar cargas pesadas), es mucho más que un restaurante. 

El lugar está lleno de utensilios viejos y huesos de animales.

“Son cosas viejas. Hay muchas cosas que perdemos a medida que nos modernizamos y he querido rescatarlas para el que no las conozca”, explica Juan Alberto.

La colección incluye pilones, jaguaderas (aguaderas), andullos, calabazos, villoneras, placas, teléfonos, discos LP y una variedad de objetos que él llama del pasado reciente. 

De todos, llama mucho la atención los huesos de ballena y tiburón que adornan los pasillos. “Las ballenas pasan muy cerca y cuando algunas mueren los pescadores recogen los huesos, los adquirimos para tener de qué hablar con la gente”, sonríe Juan Alberto. 

UNA PEQUEÑA FÁBRICA DE CIGARROS
Para entretenerse, y porque también es una de sus grandes pasiones, Juan Alberto fabrica cigarros. 

Son “hechos a mano para pedir”, es decir, mandados a hacer, de ediciones limitadas, porque el chef no los acumula. Puede hacer la cantidad que le pidan, en ocho variedades, pero no los guarda. “Es que todo aquí es fresco”, recuerda. 

Tan frescos son también los cigarros que lo entregan en la puerta del solicitante en una caja original de madera de cedro, para que no pierdan la frescura y asegurar, de esta forma, una buena quemada y el máximo sabor.