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La Vida miércoles, 06 de febrero de 2008

ATRACTIVO

El morro de Montecristi, un precursor del descubrimiento

ANTES DEL DESCUBRIMIENTO, UN MARINO ESPAÑOL VISITÓ LAS COSTAS DE AQUÍ

  • El morro de Montecristi, un precursor del descubrimiento
    El morro de Montecristi es una maravilla natural que se levanta como vigía y guardián de la antigua ciudad, fundada por Nicolás de Ovando, con el nombre de San Fernando de Montecristi, en honor de Don Fernando el católico.
María Cristina de Carías / César Iván Feris Iglesias

SANTO DOMINGO.- La importancia de nuestro país no se limita al hecho de haber sido la tierra descubierta y colonizada por el Almirante Cristóbal Colón. Su importancia se extiende a tiempos anteriores, antes del viaje emprendido por el Almirante y los hermanos Pinzón.

El morro de Montecristi es una maravilla natural que se levanta como vigía y guardián de la antigua ciudad, fundada por Nicolás de Ovando, con el nombre de San Fernando de Montecristi, en honor del rey Fernando el Católico, en el norte del país.

 El monte que se divisa desde lejos, al acercarse por el mar, posee  playas de arena rojiza  y un paisaje agreste y singular como ningún otro en la isla. Desde el morro se domina  la impresionante bahía, con los cayos, llamados “Siete Hermanos”. Está dotado además de un sistema de lagunas costaneras. Este Parque Nacional con una vegetación de bosque seco subtropical, abundante y variada  fauna, es sin lugar a dudas un lugar encantado, dentro de nuestra portentosa tierra, catalogada por muchos naturalistas, asombrados de su variedad y belleza como un continente en miniatura.  

La magia de Montecristi se remonta al pasado, ya que fue el lugar de donde regresó aquel pobre náufrago, el piloto desconocido que, venido de lejanas tierras y muy enfermo, fue  acogido en casa del Navegante Don Cristóbal, el que a la sazón vivía en Porto Santo, en las islas de Madeira.  

Antecedentes
El Inca Garcilazo de la Vega escribe, en la primera parte de su obra “Comentarios reales”,    acerca de un piloto natural de Huelva, España, llamado Alonso Sánchez, poseedor de un navío pequeño, con el cual navegaba llevando mercaderías de España a las islas Canarias. Alrededor del año 1484, este piloto y otros 20 marineros fueron arrastrados por una tormenta y luego por una corriente feroz que los llevó por el mar Tenebroso durante más de un mes. Finalmente lograron llegar a tierra firme, a un mundo completamente distinto de todo lo conocido. Allí fueron auxiliados por los nativos, se asentaron durante un tiempo, se mezclaron con los indígenas y pudieron cartografiar parte de aquello, trazar mapas y dibujar contornos de islas y montañas.

A su regreso naufragaron cerca de Madeira. El único sobreviviente, enfermo de sífilis  fue auxiliado por Cristóbal Colón. Muchos de sus compañeros murieron en el extraño mundo de esa rara enfermedad. Los otros fallecieron en el naufragio que siguió a su intento de regresar a España.

Alonso Sánchez vivió lo suficiente para confiar al hombre que lo había socorrido la información sobre aquel increíble viaje; de cómo más allá del terrible mar tenebroso había una tierra maravillosa con minas de oro e insospechados tesoros y delicias. El moribundo incluyó en su información una descripción detallada de un monte al que llamó Monte Christi.

Otro gran testigo de la época, Fray Bartolomé de las Casas, dice que parecía que Colón tenía aquello  muy guardado, como si toda aquella aventura fuera un gran secreto y solo él tuviera la clave.

En una recoleta plaza de Huelva, España, se levanta un monumento dedicado a ese hombre, Alonso Sánchez, el prenauta, el que oficialmente nunca existió.

HISTORIA
La información que poseía Colón era excepcional. Cuando salió de Canarias en su viaje buscando la ruta hacia Oriente, a través del mar Tenebroso, se reunió con los capitanes de las otras dos carabelas y les advirtió que tuvieran muchísimo cuidado porque a 750 leguas de Canarias, encontrarían una serie de arrecifes muy peligrosos. Los hermanos Pinzón quedaron estupefactos.

El Almirante sabía de la existencia de un monte al norte de la tierra a la que se dirigían, con un perfil característico como el de un camello echado, al que llamaba Monte Christi, el cual se veía desde muy lejos y quedaba a veinte leguas de unas minas de oro.

Cuando Colón desembarcó en Guanhaní quedó muy decepcionado al comprobar que no se trataba del lugar que le había descrito el prenauta Alonso Sánchez. Trabó entonces amistad con los indígenas y logró embarcar a algunos para que lo llevasen a la tierra donde existía ese monte de referencia, el Monte Christi, vecino de las minas de oro.

Para los marinos que acompañaron a Colón, el Almirante lucía como un profeta que podía predecir tanto la necesidad de partir de las Canarias, como advertir de los arrecifes peligrosos mucho antes de encontrarlos y cuando tocarían tierra. Sabía además nombres de islas y sobre todo, como se llamaba aquel extraordinario monte en esa isla de Las Indias y también ¡donde hallar el ansiado oro!

La información privilegiada que poseía Colón es aún materia de debate, era un conocedor profundo de la astrología y la astronomía que en aquella época estaban unidas. Tenía el Almirante una obsesión con la orden de los Caballeros de Cristo. Herederos en España de muchos de los secretos de la mítica orden Templaria. Estos Caballeros del Temple, bien pudieron en Jerusalén, trabar conocimiento de las rutas empleadas por los chinos en sus viajes por los mares, el único pueblo con navíos capaces de grandes travesías por mar abierto, a comienzos del primer milenio.

Quizás Don Cristóbal obtuvo información de los sucesores de la Orden, ya que muchas fuentes sugieren que los Templarios llegaron América allí obtuvieron sus enormes riquezas. La hazaña de Colón no es menos portentosa, por el hecho de haber recibido información y seguramente algún mapa y dibujos de la topografía de la extraña tierra. Tampoco desmerita su pericia como navegante y su asombroso coraje y arrojo.