Memorias de viajes

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Carmenchu BrusíloffSanto Domingo

El frío en Gibraltar me “encoge” los piesTengo un hambre que no va más. Pasan de las 2:30 de la tarde y aún no termina el tour por Gibraltar. Las excursiones en grupo cumplen a rajatabla los horarios. Por suerte falta poco para descender, desde la parte alta del Peñón, y llegar a unos pasos del hotel Bristol donde me alojo en este pequeño territorio del Reino Unido en la península Ibérica. Nos detenemos frente al Princess Caroline Battery, en cuyo interior se exhiben artefactos militares que el grupo entra a ver. A mí no me apetece. Permanezco sentada en el asiento del autobús contemplando un entorno de árboles y más árboles. A lo lejos, un trozo de la bahía y, más atrás, tierra y construcciones. A la izquierda, en la fortaleza ondea la bandera inglesa. Al norte, a lo lejos, el castillo moro (“moorish castle”) nos ha comentado el guía, aunque en el folleto de turismo lo citan como castillo medieval. Uno y otro tienen razón. Fue construido durante la invasión de los moros a la península, allá por el año 711, pero en 1333 fue reconstruido. Sólo quedó la Torre del Homenaje, que se eleva señera desde los tiempos en que Abu’ l asan reconquistó Gibraltar a los españoles. Pensando en el “moro” (tanto en cuanto a nacionalidad, como en la acepción de comida que le damos en República Dominicana), ya a pie, sola por el centro de la ciudad, entro en un pequeño restaurante en cuya entrada hacia la acera anuncian en un cartel comida marroquí: “chicken tajue” (Tajue de pollo). Aquí está el moro, me digo. A la mesa, bajo el cristal se despliega una imagen de Río de Janeiro. Ah caray, ahora es que me doy cuenta que este local se llama Copacabana; yo sólo me fijé en el cartel hacia la calle. Me pregunto si para comida marroquí estoy en el lugar correcto. En un plato de barro con un tope también en igual material, pero en forma de cucurucho, traen la comida. ¡Vaya originalidad! La presentación me gusta. La comida está humeando de tan caliente. Buena señal. A la pechuga la acompañan papas, zanahorias y vainitas, y una salsa picante que de primera intención no pruebo. Tengo empero que echarle mano, pues el pollo está soso. Al fin y al cabo, cada quien echa la salsa a su gusto. Con la salsa está mejor. Aun así, el resultado es una comida menos que regular. Para cocina marroquí no lo recomiendo. Al terminar, compro una chocolatina en el mostrador, y degustándola me pongo a caminar despacio para hacer la digestión. Llego hasta una plaza con varios restaurantes. ¿Será Governor¥s Parade según leo en un rótulo adosado a un callejón del parqueo? Por la zona se levantan varias casas de balcones corridos con encanto del ayer. Además, la Iglesia de Escocia aunque bajo el friso dice St. Andrew’s Church. Es decir, Iglesia de San Andrés. Me pregunto si es que una está al lado de la otra, hasta que me entero. Ambas denominaciones es lo mismo: una iglesia considerada un estandarte de la presencia presbiteriana en Gibraltar, por haber sido construida en la década de 1840 cuando los regimientos escoceses, parte importante de la armada británica, comenzaron a practicar su propia religión en Gibraltar. Pero sus llamativas vidrieras datan del 1953. Mientras deambulo mirando hacia cada rincón, de pronto doy un traspié. Es que empiezan a salírseme los zapatos. ¡Ay, Dios!, por causa del frío se me encogieron los pies. Y eso que previendo una temperatura así llevo puestos zapatos cerrados, de cordones, en piel de ante y gruesas medias cortas. De poco ha valido. Veré cómo me desenvuelvo hasta encontrar un lugar donde resguardarme un poco. Tal vez lo más conveniente es dirigirme al local donde ofrecen servicio de Internet. Si es que no están ocupadas las cuatro computadoras, podré acceder a mi correo electrónico y tomar té caliente. Pagándolo, claro está. Gratis no es.

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