COSAS DE DUENDES

Qué nos falta

Estuve hace pocos días en Lima, la capital del Perú, y he regresado con un poco menos de fe en nosotros, como pueblo. Una sensación de desazón y tristeza me abate. Porque, aunque he visitado antes otros países del área, en este viaje terminé de aprender algo que muchas veces me negué a aceptar: los ciudadanos dominicanos carecemos de actitudes elementales para el desarrollo de una sociedad que se traducen no sólo en bienes materiales, también en unas condiciones de vida distintas. ¿Qué me ha decepcionado tanto? El transitar por las calles de una ciudad que tiene la misma cantidad de habitantes que este país entero, nueve millones; la misma situación de pobreza, el 60 por ciento de la población, y que, pese a ello, se mantiene limpia, luce organizada y recibe el servicio de energía eléctrica sin “apagones programados”. Una ciudad que no está en Europa sino, como nosotros, en América Latina y cuyos problemas son muy similares a los nuestros. Pero Lima no le estruja en la cara a quienes la visitan las carencias que sufren los peruanos. La basura no anda amontonada por todos lados. Las plazas públicas de lugares céntrico no están sucias, rotas y desordenadas. Los pobres no se abalanzan en manada en los semáforos para mendigar, limpiar el cristal o vender chucherías. Los mozos, las cajeras y los chóferes de los taxis practican modales propios de una educación innata. Y no te sientes a la defensiva, temeroso de que traten de estafarte. Estuve en una universidad donde, muchas veces, creí que sólo impartían la docencia del curso que estaba realizando, tal era el silencio, pero luego me sorprendía viendo las aulas llenas de alumnos que mantenía una disciplina de templo. Mi desaliento, al hacer la comparación con la relaidad dominicana, llegó al colmo cuando, de regreso en el avión, pude constatar algo que me llenó de tristeza. La línea aérea Copa no pone almohadas ni frazadas en los vuelos de Santo Domingo a Panamá ni de Panamá a Santo Domingo. Escuché en cuatro ocasiones al sobrecargo responder a pasajeras que debían esperar a que se “calentara” el avión porque no había frazadas. Cuando iba hacia Lima ocurrió lo mismo, de aquí a Panamá, y me pareció extraño que no ofrecieran esa comodidad a bordo. Pero de Panamá a Lima todos los asientos tenían almohadas y frazadas. Al retorno, cuando escuché que, de nuevo, no había frazadas en la ruta hacia Santo Domingo, entendí que algo debemos hacer los pasajeros criollos para que nos nieguen esa comodidad. Así que la indignación por ser discriminados, se transformó en vergüenza y tristeza por lo que sembramos a nuestro paso. alicia.estevez@listindiario.com

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