RITMOS TROPICALES
Los latinos enseñan a Japón a mover las caderas
Tokio.- En Japón, donde la quietud y la sobriedad han esculpido durante siglos el carácter de una cultura minimalista, la emigración del otro lado del Pacífico ha inyectado a miles de nipones pasión por el contoneo de la música latina. La inmigración de ida y vuelta de japoneses a Latinoamérica plantó en Tokio la semilla del tango, la salsa, los corridos, el flamenco e incluso el regetón. El archipiélago nipón está estrechamente conectado con muchos países de América Latina, ya que ese Continente acoge una de las mayores colonias en el extranjero de la diáspora japonesa. Algunos de estos japoneses o sus hijos volvieron a su tierra y se trajeron consigo ritmos con aires alegres que invitan a mover las caderas. Orlando, Daniel y Nando son los Kalibres, un grupo que hace regetón en "japoñol" y formado por tres hijos de dekasegi (inmigrantes económicos), que llegaron siendo adolescentes o niños a Japón y hoy dominan ambos idiomas. Su barrio, a media hora de Tokio, no se parece en nada al gueto del que hablan los raperos estadounidenses, de modo que su vestimenta hiphopera resultaría exótica para sus vecinos si no fuera porque en Japón es improbable llamar la atención con el atuendo. Los tres miembros explicaron a Efe que luchan todos los días para sacar adelante un proyecto musical y combinarlo con sus trabajos de electricista o de peón de carreteras. Esto se refleja en sus letras japoñolas con verbos como gambatear (esforzarse, del verbo japonés gambarimasu) o expresiones como hablar con el chacho (una deformación de shacho, jefe de la empresa). Los Kalibres, que ya tienen dos discos y múltiples colaboraciones internacionales, nacieron con la explosión del regetón, pero, como ellos dicen, les tocó combinar el objetivo del "perreo" de llegar a las mujeres con "el mensaje de la inmigración". Si los Kalibres son el ejemplo de los inmigrantes retornados, la otra cara de la moneda es el nipón Sam Moreno, que partió con 18 años a México y allí permaneció dos años, según explica a Efe. Ahora tiene en Tokio un restaurante mexicano donde cada noche canta corridos y rancheras con un nivel tal que su número de teléfono es el primero en la lista de mariachis de la Embajada mexicana. Su historia es simple y muy japonesa: se enamoró de la música mexicana, aprendió a interpretarla con devoción e hizo un negocio de ella. Pero su hijo, al que ha tratado de inculcar el amor por la música mexicana (Sam ha publicado un compendio de sus 101 rancheras favoritas), no heredó esta afición. En su restaurante los salaryman (trabajadores japoneses trajeados) se emborrachan cada noche con tequila y cantan las letras que ya conocen, como "ayayayayyyy canta y no llores". Estos clientes se parecen mucho a los de la academia de tango que tienen en Tokio los argentinos Laura y José María: son japoneses de mediana edad que, después de la prolongada jornada laboral, se inyectan una dosis de pasión latina. En el local que regentan en el barrio de neones de Shibuya algunos salaryman y muchas amas de casa aprenden la milonga a las órdenes de profesores argentinos. José María comentó a Efe su teoría de que los japoneses aman el tango porque se parece a la música tradicional japonesa "Enka", por su temática triste. Y también otra sobre cómo llegó la música argentina a Japón: "En el libro 'El tango en Japón' se cuenta que un soldado japonés encontró un disco de un soldado Yanquee en la II Guerra Mundial y se lo llevó a casa. No fue hasta 1954 cuando llegó la primera orquesta de tango a Japón". Sus alumnos aprenden algo más que el tango en sus clases, pierden el miedo a tocarse y, tras los protocolarios "gomen ne" (disculpa) del primer contacto, poco a poco se escapan bailando de la rigidez japonesa. Esta cercanía de la música latina a veces se convierte en un problema para los japoneses: a Laura le tomó un año que uno de sus alumnos le dejara "darle un beso en la mejilla". Ni los Kalibres, ni Laura y José María, ni Sam Moreno se han hecho ricos en Japón con sus negocios, más bien han regalado a los japoneses el tesoro de la música latinoamericana. Pero, como canta cada noche Sam, "con dinero o sin dinero... sigo siendo el rey".

