LECTURA COMPRENSIVA

El silencio de Dios

En muchas ocasiones nos preguntamos por qué razón Dios no nos contesta. Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír. Pero Dios no actúa así. Son muchas las veces en que Dios nos contesta incluso con el silencio. Aprendamos a escucharlo. Su divino silencio está destinado a convencernos de que Él sabe lo que está haciendo. En su silencio, nos dice con amor: ¡Confía en mí! A continuación, una leyenda noruega que ilustra la anterior aseveración. Se dice de un hombre llamado Haakon, quien siempre miraba una imagen de Cristo crucificado. Esta cruz era muy antigua, y a ella acudía la gente a orar con mucha devoción. Generalmente iban a pedirle algún milagro. Un día, Haakon, impulsado por un sentimiento generoso, se arrodilló ante la cruz y le dijo: Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz. Y se quedó fijo, con la mirada puesta en ella, como esperando la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras. -Siervo mío, accedo a tu deseo; pero ha de ser con una condición. -¿Cuál, Señor?, preguntó Haakon, con acento suplicante. ¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, respondió el viejo. -Escucha, suceda lo que suceda y veas, has de guardar silencio siempre. -¡Os lo prometo, Señor! Y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció a Haakon colgado de los clavos en la cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste, por largo tiempo, cumplió el compromiso. Pero un día llegó un rico y, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. En ese momento, volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo, iracundo: ¡Dame la bolsa que me has robado! El joven replicó: ¡No he robado ninguna bolsa! Y el rico arremetió furioso contra el joven. Sonó entonces una voz fuerte: ¡Detente! El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó defendiendo al joven, e increpando al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y salió de la ermita. El joven salió también, porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la cruz quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio. ñPero, Señor, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?, dijo Haakon. Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la cruz de nuevo, y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor siguió hablando. -Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero, e hizo bien en llevárselo. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos, acaba de zozobrar el barco en el que ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso callé. Y el Señor, nuevamente, guardó silencio. noris_cesp@yahoo.com

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