MEMORIAS DE VIAJES
En Vitoria, la Plaza del Machete tiene una historia peculiar
“Perdone”, me dice al verme pasar una señora, mientras deambulo a mi aire por Vitoria. “¿Puede decirme qué edificio es éste?” Me echo a reír. Me ha visto con un plano en la mano. Ella, aunque con acento español, parece ser también turista en la ciudad. “Es el Palacio de Escoriaza”, respondo sin detenerme a conversar, sino admirando esta estructura de la época renacentista con una hermosa portada plateresca. Mi vista empero no me ayuda a leer bien la diminuta letra en el mapa, así que me regodeo en el entorno de balcones con flores de mucho colorido y camino por un sitio que llaman El Patio, con bancos a la sombra que, por ahora, no los necesito. Por la calle Santa María, a mi derecha, un pequeño jardín público divide esta calle de la otra paralela junto a Rienzo. A mi izquierda, el bullicio de los niños que hacen deporte en la cancha de la escuela. De repente, delante de mí, por encima de los tejados se alza una torre. Mas, en vez de proseguir de frente hacia ella, al notar un grupo de personas que miran a través de una reja, me acerco a curiosear. Parecen ser excavaciones junto a un local del Departamento de Educación de esta ciudad española. Prosigo hasta la altura del Centro Cultural Montehermoso, en el antiguo Palacio de Aguirre o de Montehermoso, con estilo renacentista, mas habiendo sufrido numerosas modificaciones en el curso de su historia. Frente a él, instala el Ayuntamiento palas mecánicas en el Cantón de la Soledad. Son las doce del mediodía de un día de junio de 2006. Es la hora de tomar café, o una caña (un vaso de cerveza de barril), en el horario de España. Yo, en cambio, mientras suenan las campanadas de una torre cercana, me acerco al Mirador de la Cuesta de San Vicente, que lleva el nombre de la iglesia del siglo XV de estilo gótico vasco, en el casco antiguo. Mas no entro en ella. Miradores y buhardillas se asoman salpicando las fachadas de viviendas a mi paso mientras me bajo por la cuesta para entrar por Los Arquillos, en este ambiente de placitas y edificios notables. La Plaza del Machete, donde el Palacio de Martín de Salinas con su portada de estilo renacentista tiene un balcón que recorre toda la fachada, también cuenta una historia peculiar: en esta plaza tenía lugar la juramentación de la máxima autoridad de la ciudad: el Procurador General Síndico a quien, de no cumplir las obligaciones a las cuales aquí se comprometía, le cortaban la cabeza con un machete. Una lápida recuerda efemérides tan macabra, si es que acaso en el transcurso de los años tuvo lugar alguna ejecución. (El Palacio de Martín de Salinas es hoy día la sede del Departamento de Cultura del Ayuntamiento). Salgo junto a San Miguel, del siglo XIV, pero considerado uno de los más antiguos templos de la ciudad pues se levanta sobre el lugar donde existió una iglesia “juradera”. Es decir, en ella hacían su juramento los regidores de la ciudad. Entro para admirar su retablo, una magnífica obra de Gregorio Hernández en el que destaca la imagen de la Inmaculada. El ambiente está a oscuras, pero ante la claridad exterior que traspasa las vidrieras en lo alto puedo, por suerte, regodearme en sus detalles. Aprovecho uno de los bancos de la iglesia para descansar un rato. Le hace bien a mis pies antes de proseguir mi recorrido por las calles de Vitoria. Al salir, me detengo frente a la hornacina donde se aloja la Virgen Blanca, patrona de Vitoria. Quiero verla de cerca. Tengo empero que esperar unos minutos pues, frente a ella, se retrata un grupo de españoles que hacen turismo interno. No importa. Nadie me espera.

