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La Vida sábado, 29 de septiembre de 2007

LA REBUELTA

Andre Riviere, 14, 15 y 16 de junio 1965

ESE FRANCÉS VINO A MORIR AQUÍ EN LA TIERRA DE DUARTE, POR DUARTE Y EN EL BARRIO DUARTE

  • Andre Riviere, 14, 15 y 16 de junio 1965
José Miguel Soto Jiménez
SANTO DOMINGO.- Su fusil sin miedo todavía estaba caliente del último disparo, cuando la oscuridad recelosa se le vino encima como un animal torvo, hambriento y ágil que lo derribó al instante de un brutal empujón, desgarrándole de un zarpazo mortal el ánimo valiente del soldado. Fue un “tiro seco” y “frontal” en la garganta, que le rompió la nuez, y que el francés oyó largo y lejano entre las primeras instancias inciertas de la muerte. Después de eso, ni siquiera se sintió caer, al sentirse tocado, con la intención de los elegidos, se metió de bruces por el eco de una inconsciencia devastadora, abrumadora y absoluta, tras la cual simplemente dejo de ser en un instante fugaz, el guerrero aquel francés, teniente de la “Legión” en Indochina, combatiente en Argel, rebelde por antonomasia, condecorado y encomiado, pero separado por “insurrecto y rebelde del ejército”, al negarse con un grupo de oficiales a deponer sus armas, después de la decisión política aquella de retirarse de la colonia preferida.

Entonces, como si sacara balance de la sangre derramada, militó en un cuerpo clandestino decidido a seguir de alguna forma su guerra particular y vengativa contra “los moros”. Porque siempre fue un hombre difícil de amansar, trotamundos en las lides aquellas mercenarias, apasionado por las aventuras bélicas, el escándalo propiciador de los disturbios y las románticas caídas de las revueltas y sus vorágines, como si de verdad hubiese nacido para vivir y morir invariablemente entre un carnaval de violencia que amaba apasionadamente. Era en realidad, un sujeto intrépido, valeroso, violento aunque sereno, amante del peligro, el alcohol, las canciones de Piaf, los poemas de Verlaine y Rimbaud y las mujeres.

El sol del Caribe, gestor de calores enervantes y rabias determinantes le apasionaba. La tradicional falta de estabilidad de la región le llenaba la ilusión de ángeles caídos, mártires, héroes y epopeyas malgachas, muchas de ellas abortadas por los espejismos del hambre, la ignorancia, la miseria y la presencia entrometida y centenaria de los yanquis. Por esa ruta de los ciclones parranderos y los derrumbes centenarios, había llegado a las islas y metido en un berenjenal en Haití, había pasado a Santo Domingo, para quedarse varado para siempre en las playas de sus nostalgias coloniales, embriagado por los atardeceres fermentados en los viejos campanarios de una ciudad, cuya edad se puede medir por los interregnos seguidos de sus gestas. Ah esos cafeses del Conde, esas tabernas de la parte arriba, las fiestas familiares de los patios antiguos, donde se hablan pendejadas contra el gobierno, bajo el auspicio sacramental del aguardiente y el ron. La pesada digestión de los sancochos subversivos, las amanecidas en los tugurios con mujeres de la mala vida, donde él podía contar sus hazañas, sucumbiendo a la nostalgia y a las resacas tremebundas del recuerdo, mascullando con su mal español y exhibiendo su nariz aguileña y su sonrisa huraña estrujada por los embates de la vida y la mala costumbre del cigarrillo. Claro, que en medio de una revolución, estaba donde quería estar con sus amigos franceses e italianos, instructores del comando de hombres ranas, al lado de su amigo “Monty”, con el que compartía su culto a la temeridad, a la bohemia, la aventura.

Su pasión por las armas y esas determina ciones del valor que obligan y empujan a otros a decidir y a uno a decidirse. Por eso estuvo haciendo armas y asesorando en la Batalla del Puente y en el asalto a la fortaleza Ozama, y por eso, ahora había llegado a Santa Bárbara, con los “ranas”, a reforzar el comando de San Diego que mandaba “Pichirilo” Mejía, uno de los hombres del “Granma”, que enfrentaba el ataque masivo de los “gringos”, que avanzaban ahora con todo lo que tenían desde el “Timbeque” por los lados de “Borojol”, hacia el encierro aquel, secular, de la Ciudad de Ovando. Marcelo Abreu se parapetó detrás de un palo de luz demasiado estrecho para sus deseos, cuando lo vio incrédulo, desplomarse a su lado, con el estrepito de sus armas de combatiente.

A golpe de fusil
Con el “filo del ojo” alerta del combatiente “advertido”, pudo percatarse del golpe de sangre que cubría a borbotones la tronchada humanidad que alcanzaba atisbar por las rendijas estrechas de la fuerte impresión inesperada. Marcelo le servía de guía al francés, para ubicar las posiciones adecuadas para la resistencia en las callejuelas estrechas y retorcidas del “Camelleo”. Serían las tres de la tarde, del día 15 cuando iniciaron el reconocimiento del área, y en eso estaban cuando un tiro certero de fusil le rompió la lógica de la guerra al comando francés.

Para él, joven macorisano formado en uno de los cursos de hombres ranas de la Marina, subjefe del comando San Diego, habían derribado a su lado el valor, la destreza y la experiencia de un solo tiro terminal, y sin tiempo para juzgar la selección antojadiza de la casualidad, creyéndose premiado por la matemática medalaganaria de la suerte, se lanzó como un loco con su carabina Cristóbal, sobre la puerta cerrada de una casa abandonada, en busca de un refugio necesario ante la lluvia de balas extranjeras, arrancando “de cuajo” con el peso de su cuerpo fornido, el “candado barato” con que sus propietarios pretendían negarle la humilde propiedad patrimonial a los ladrones. Era seguro que para vivir y luchar siempre hubiese querido tener a su lado a este comandante, pero salpicado con su muerte renegaba de la vecindad de su caída irremediable.

Marcelo Abreu, sofocado, extenuado en las fatigas de esquivar la muerte, ya adentro de la casa, sudoriento y algo espantado, se chequeo completo para verificar si estaba ileso o no estaba “cortado”, y solo entonces, busco el ángulo preciso para ver el cadáver del francés, como si quisiera asegurarse de que la muerte no lo hubiese movido de sitio. La casa de esquina seguía recibiendo con toda la cuadra los impactos de un ataque pretendidamente indetenible por parte de los invasores. El cadáver de Andrés, tendido sin suerte en la esquina de la Calle Restauración con Isabel la Católica, hablaba sin querer, de viejas gestas inconclusas, de impertérritas señales de virtud y de vergüenza, pero sobre todo, hablaba del ejemplo imprescindible para enfrentar el abuso, la traición y la ignominia.

Las botas de Riviere apuntaban hacia la anciana iglesia donde habían bautizado el Padre de la Patria. Su cabeza alineada con la ruta de los colones, de proyectarse en la distancia, de seguro tropezaría con la Catedral Primada y “todo de cuanto sagrado y grande hay en el mundo”.

A su lado, a dos palmos exactos del brazo derecho del caído, el fusil ese gestor de libertades, que alguien deberá empuñar en el momento preciso, justo cuando sea necesario. En el norte, en el fondo de la calle, en el recodo, en un costado de la iglesia de Santa Bárbara, tras un muro de cuatro siglos, los yanquis se asoman a la dignidad con ínfulas de vencedores. Caamaño y el mando constitucionalista, ante la violación de la tregua en un aniversario más de la gesta de Constanza, Maimón y Estero Hondo, deciden irse a “morir peleando” a Santa Bárbara. De repente la OEA interviene, la tregua es restaurada y solo entonces, alguien acucioso se percata en la hora en que se amasan los panegíricos y se lloran entre tragos a los caídos, de que ese francés llamado Andree Riviere vino a morirse aquí en la tierra de Duarte, por Juan Pablo Duarte y en el barrio de Duarte.