Memorias de viajes
Delicioso es el cordero en Pauillac En mi segundo día en la pequeña ciudad de Pauillac, a la hora del almuerzo decido entrar al restaurante del hotel de France et d’Anglaterre, donde me hospedo. Estudio la lista de platos que presentan en la carta, y me llaman la atención los dos de cordero. Es que entre uno y otro hay una gran diferencia de precio. Antes de decidirme a ordenar, quiero saber el por qué. El camarero no entiende ni español, ni inglés, y yo no entiendo lo que él dice en francés. ¡Vaya panorama! Hay empero solución. Acude a una camarera que, un poco en inglés y otro poco en español, me lo empieza a explicar. Mueve a risa nuestra conversación, pero resuelve. La diferencia estriba en el tipo de piezas de los ingredientes. Sin dudar, me inclino por el más caro: Carré d’Agneu 3 cÙtes grillees au naturel. El precio: 22Ä. A ojo de buen cubero, si traduzco literalmente vendría a ser un cuadro de cordero de costillas asadas. O costillas de cordero asadas en cuadro. ¿Cuál será? Lo que no acabo de comprender es el por qué de ese número 3. ¿Será el grosor de la carne? Sea como fuere, el cordero es el plato típico de esta ciudad, y yo quiero degustarlo a su manera. “Hay que pedir el postre al ordenar, porque se hace sobre la marcha. Es fresquecito”, me indica el mozo. Caray, es la primera vez que esto me ocurre. Habla bien del restaurante. Le pido “Parfait glace maison au Cointreau”. Está hecho con helado y licor de Cointreau. Sin dudar, de bebida acompañante elijo una copa de vino tinto. De Pauillac, claro está . Mas como tengo sed, en lo que traen la comida me apetece im jugo de naranja, aunque sea de lata. ¡Ni modo! De pronto, casi a la vez que el jugo, me presentan un vasito, del tamaño de un trago corto. En él hay una bebida de color huevo, que de inmediato rechazo. La camarera acude rápÏdamente a explicar: es de vegetales, algo así como el gazpacho de tomate, cortesía de la casa. Ah... Lo bebo de un tirón ñclaro, no tiene alcohol. Caray, pues sí que es bueno con ese toque de pimienta que le aporta un especial sabor. Sentada en la zona de la terraza techada del restaurante echo un vistazo en torno mío, regodeándome con la temperatura deliciosa que, aún siendo en junio, nos envuelve. Ligera mueve la brisa numerosas florecillas que adornan desde las reatas el ambiente. Sus colores hacen juego con el mantel azul marino que cruza, como una anchísima franja sin cubrir todo el tope, la mesa rectangular preparada para dos personas. Hay sólo una sentada. Esa soy yo. Llega el cordero. Eso del número 3 nítidamente escrito en la carta tiene sus bemoles, que no entiendo. Trae su hueso, carne y grasa encima, ¿serán éstas las que implica el 3? ¿O quizás es que el cuadro mide 3 pulgadas de grosor? No pretendo conseguir la respuesta. De cada bocado elimino empero todo lo que a grasa se refiere. El resultado es una porción de masa mucho menor, pero no puedo quejarme, la grasa es esencial para cocinar esta carne. El resultado es excelente: “boccato di cardinale”. De repente miro a una mesa frente a mí, a la cual hay tres hombres, y al ver al más joven que dá vueltas y más vueltas a una carne justamente similar a la mía poco menos me echo a reír. Tal parece que anda buscando si hay más masa en su parte inferior. Por la expresión de su cara, el chasco se lo ha llevado. Tal como me lo llevé yo. Aún así, para mí la porción es suficiente. Para un hombre, no creo. En cuanto al resto de la comida, no me puedo quejar: deliciosas papas en salsa bourdelaise; pan integral con unas semillitas que no atino a captar de qué son, muy bien hecho, y un postre exquisito, pero en porción muy poco generosa. En asuntos de comida gourmet, tal parece que no hay porción abundante. Y ésta es de verdad gourmet. ¿Quién habría de suponer que un hotel de sólo dos estrellas tendría un restaurante con tan estupenda comida? Quizás no debiera extrañarme. ¡Esto es Francia!

