Cosas de duendes
Jorgito enamoradoJorgito salió del colegio y llegó corriendo hasta el carro, como todos los días, con Adolfo, el encargado de seguridad de “Pasitos”, sujetándolo por una mano hasta confirmar que estaba seguro dentro del vehículo. Adolfo bromeaba sobre el perro nuevo que le compramos a Jorgito y le advertía que se lo llevaría a su casa. El niño, que acostumbra a jugar todos los días con su buen amigo adulto, esta vez, no le hizo mucho caso, apenas se cerró la puerta me soltó una frase que, confieso, me impactó. “Soy feliz”, dijo mientras zarandeaba en el aire un pliego de papel. Aquella expresión me cayó como si alguien te ofreciera un gran vaso de agua fría en medio del desierto de las preocupaciones diarias. Sentada al volante, en pleno mediodía, tras una salida apresurada del trabajo con la cabeza llena de problemas, preparada para conducir a toda prisa entre tapones, imprudencias, niños y ancianos mendigando hasta llegar con mis hijos a la casa para seguir una rutina agotadora, creo que ni la madre más optimista estaría sonriente a esa hora y yo no era la excepción. En el instante en que mi hijo de cinco años entró al carro estaba calculando mentalmente el tiempo que tomaría pararme en el súper, disponer que pusieran la comida en la mesa, comer, hacer que los niños comieran, bañarlos, cepillarles los dientes y dejarlos listos para cuando llegara la profesora de la sala de tarea, todo esto antes de regresar, de nuevo, a la oficina. Entonces, apareció ese enanito pícaro con una expresión de euforia inocultable en el rostro. Su entrada al carro cambio el ambiente, cuando lo oí proclamar su felicidad solté un carcajada y le pregunté, ¿Por qué estás feliz? Sospeché que la respuesta estaba oculta en el papel que Jorgito aún no sabe leer pero que cuyo contenido alguien le había revelado. Mira, mami, -dijo con carita de adulto-, en el colegio hicieron una “cosa de San Valentín” para que todos los niños nos demos regalos y a mí me tocó Gabriela. Ah, señaló Javier -mi hijo mayor que también iba en el carro- es que tu estás enamorado de Gabriela. Sí, estoy enamorado, dijo Jorgito con un suspiro que casi me mata de risa. Creí entonces que enfrentaría un problema a la hora de comprar el regalo para Gabriela porque, supuse, que su enamorado quería darle algo especial así que, tanteando el terreno, le pregunté qué quería regalarle. “Chocolates o galletitas, mi profe dijo que no son regalos grandes”, respondió. Pensé en la perfección del amor cuando se tiene cinco años, él estaba feliz y no se complicaba la vida pensando en regalos ostentosos, sólo disfrutaba del momento. Una buena lección para este San Valentín, ¿No cree?

