TESTIGO DEL TIEMPO

La deriva autoritaria

 Sea por el manto protector de Tatica, la “arritmia histórica”, o el simple azar, en los hechos, el país va a contracorriente de los flujos políticos que vive la región. Claro, en justicia, con los 31 años de Trujillo adquirimos el derecho de no mirar hacia atrás, al punto que se nos hace tan imposible pensar que en el país pudieran ocurrir los fenómenos que se viven en buena parte del continente, que ni nos preocupamos por vacunar la democracia con más democracia.

En las elecciones regionales y legislativas del pasado domingo, la dictadura de Nicolás Maduro –cabeza visible del chavismo– colocó otro clavo más en el ataúd de la democracia venezolana. Apelando a las mismas artes de siempre, se benefició del cisma de una oposición dividida entre votar o no votar; la represión de la disidencia; y el uso de los recursos del Estado.

Con una gran abstención (57.4%, aunque María Corina Machado habla de 85%), el resultado en términos absolutos fue devastador: 23 de 24 gobernaciones en manos chavistas y la mayoría legislativa.

El primer dilema de la oposición es actuar unida y bajo un liderazgo; el segundo, plantearse si participar en las farsas electorales o no. En este caso, el desfase temporal operó al revés, pues lo que fueron las discusiones de la oposición dominicana durante “Los Doce Años”, ahora lo son para la oposición venezolana, cinco décadas después. Con la sutil diferencia de que, en el contexto de la Guerra Fría y la postguerra, era válido experimentar con el “prueba y error”; lección aprendida que bien pudieran asimilar en Venezuela, en razón de que la tesis de que había que participar fue la que finalmente se impuso, demostrando ser efectiva.

En los hechos, la dictadura chavista se consolida y refuerza sus mecanismos de permanencia. Con un aparato represivo probado y aceitado, un modus operandi cada vez más alineado y recursos petroleros que, aunque a descuento o de contrabando, permiten la entrada de divisas, no hay que ser ilusos en creer que el régimen está en sus últimas, todo lo contrario. Si Cuba está en medio del mar, sola, pobre y abandonada y aún así el “aparato” resiste, ¿qué no será en un país en el que la gente puede migrar por tierra y al otro día comenzar a enviar remesas?

Los tiempos humanos difieren de los tiempos históricos. La medida temporal de un régimen se puede hacer por décadas, la de los seres humanos por años. Podemos como país romper relaciones, extender un cerco sanitario, y, sin embargo, la realidad está ahí, y una mariposa no hará verano.

Aunque mejor haríamos en prestar atención a nuestros síntomas, invertir en el autocuidado democrático y hacer que nuestro sistema sea más equitativo y justo. Eso, o tomar un turno en el desguace de las democracias que vive la región… y aún estamos a tiempo.