ENFOQUE

El reto migratorio

El tema migratorio se ha convertido en uno de los principales debates públicos del momento. Y no solo en República Dominicana. Desde Estados Unidos hasta Alemania, pasando por Colombia y Sudáfrica, en un gran número de países crece el reclamo por un mayor control en las fronteras.

Independientemente de la postura política que cada quien tenga sobre este tema, hay algo que no se puede ignorar: toda migración masiva, cuando ocurre sin orden ni control, puede desbordarse y convertirse en un problema social.

En nuestro caso, el reto migratorio con Haití tiene características únicas que lo hacen especialmente complejo. No se trata solo de un tema de fronteras, sino de economía, geografía, demografía, cultura y seguridad.

Una situación muy particular

Para empezar, son muy pocos los casos en el mundo donde dos países comparten una misma isla. Solo ocurre en cinco lugares: Irlanda, Nueva Guinea, Timor, Chipre y la isla Hispaniola, que comparten República Dominicana y Haití. Pero solo en nuestro caso, dos países completamente independientes conviven en una misma isla sin contar con otros territorios adicionales. Esta cercanía geográfica, sin amortiguadores naturales ni políticos, hace que la presión migratoria sea mucho más intensa.

Además, la divergencia económica entre ambos países es una de las más marcadas del planeta. Según estudios internacionales, la diferencia en el nivel de ingresos entre República Dominicana y Haití hace que la frontera represente una de las 15 mayores más desiguales del mundo, y la mayor de América Latina. Y como es bien sabido, cuando hay tanta disparidad, la migración se convierte en una salida natural para quienes buscan mejores condiciones de vida.

A esto se suma otro detalle clave: muchas fronteras del mundo están delimitadas por barreras naturales como ríos caudalosos, altas montañas o desiertos. No es el caso de la nuestra. 

Una gran parte de la frontera con Haití es completamente porosa, lo que facilita cruces ilegales y hace más difícil cualquier esfuerzo de control efectivo.

Pero quizás el elemento más preocupante es la ausencia de un interlocutor institucional del otro lado. Haití es hoy lo que en la literatura se denomina como Estado fallido, donde no hay un gobierno con control del territorio, por lo que muchas decisiones son tomadas por grupos armados y no por autoridades legítimas. 

Esto hace prácticamente imposible coordinar políticas migratorias o de seguridad fronteriza entre ambos países.

En pocas palabras, la República Dominicana es el único país en el mundo que comparte isla con un vecino con Estado fallido, con altos niveles de pobreza y sin fronteras naturales de importancia que separen ambas Naciones.

Riesgos que no se deben ignora

Frente al panorama anteriormente descrito, hay que sumar algunos elementos de riesgo. Haití ya tiene una población mayor que la de República Dominicana, y su tasa de crecimiento es más alta. Si las proyecciones se mantienen, en 20 años Haití podría tener casi tres millones de personas más que nuestro país. Esta disparidad poblacional pudiera exacerbar las presiones migratorias en el territorio.

Además, el poder de las bandas criminales que controlan gran parte del territorio haitiano representa una seria amenaza para la seguridad dominicana, pues hay el riesgo de que ese tipo de violencia cruce nuestras fronteras o se mezcle con nuestras comunidades.

Y hay otro fenómeno que pasa desapercibido: el crecimiento acelerado de mezquitas y madrasas en Haití. 

Esto llama la atención, pues Haití no es un país de raíces islámicas, ni una parte importante de su diáspora se encuentra en territorios musulmanes. Pero, ante todo, que quede claro que la religión musulmana no es un problema en sí misma, y la inmensa mayoría de sus creyentes son personas pacíficas y trabajadoras. 

El peligro es que grupos terroristas en busca de territorio para coordinar operaciones usen estos centros de fachada para disimular sus actividades, y esto siempre es un riesgo mayor en países sin efectivo control estatal.

Experiencia internacional en control migratorio

El control migratorio no puede depender únicamente de operativos militares o de la buena voluntad de las partes, mucho menos de discursos presidenciales cargados de patriotismo pero sin políticas públicas que lo respalden. Es imprescindible adoptar soluciones estructurales, como han hecho muchos países alrededor del mundo.

Un primer ejemplo es el uso de barreras físicas para la separación del territorio. Países como Israel, Hungría, Turquía, Arabia Saudita, India, Lituania y Polonia han apostado por muros y cercados inteligentes (smart fencing en inglés). Un caso a analizar es el de Israel y su muro con Egipto, que redujo los cruces ilegales de 17,000 al año a menos de 100 tras su construcción. 

Turquía, por su parte, ha sido reconocida por integrar muros de concreto con cercas inteligentes en un tramo de 764 kilómetros, lo cual se estima ha reducido la migración ilegal en un 90%.

Un segundo elemento a estudiar es el uso de esquemas de migración circular, en los cuales se otorgan visas de trabajo para sectores donde exista escasez de mano de obra, pero dichas visas son incompatibles con aplicación futura de residencia o permanencia. Además, estas visas conllevan fechas claras de retorno obligatorio y “períodos de enfriamiento” antes de poder solicitar una nueva visa.

Ejemplo de este tipo de esquemas abundan en Asia (Japón, Corea del Sur, Singapur), en Medio Oriente (Arabia Saudita, Catar, Emiratos Arabes Unidos) y en Oceanía (Australia y Nueva Zelanda).

Un debate necesario

Hablar de control migratorio no es sembrar odio ni practicar la xenofobia, es ejercer soberanía. No se trata de rechazar al que busca mejores oportunidades, sino de ordenar el territorio con visión de futuro. Ningún país puede desarrollarse si no controla sus fronteras, y ninguna sociedad puede sostenerse si no define hasta dónde puede recibir a la población inmigrante.

La República Dominicana enfrenta un desafío que no admite indiferencia. El reloj avanza, la presión crece y el costo de la inacción se multiplica.

Si no se toman decisiones firmes hoy, mañana podría ser demasiado tarde.