Reminiscencias

Amor a primera vista

y II

Marino Vinicio Castillo R.
Santo Domingo, RD

El regocijo tenía trasfondo compasivo; se sabía de los azares de la guerra; se sentía el ignoto tinte de despedida a héroes posibles, o a mártires de aquella locura de la guerra de los siglos. 

 Los bailecitos y encuentros eran sanos, y transparentes; era un tiempo de indefinibles temores, llegados desde lejanos frentes de matanzas.  Simpatía, admiración, piedad y solidaridad predominaban ante los riesgos que aguardaban  a esos jóvenes de familias lejanas.

 Mi pueblo  ya había sabido recibir la generosa y noble causa de refugiados de la otra guerra, fratricida, de la invertebrada España.

 Sólo se supo de un caso  en el que el  fenómeno del “amor a primera vista” se diera plenamente.  Una de las muchachas, la más bella y alegre de todas, se prendó locamente de un apuesto y joven oficial de la nave  accidentada.  Él supo corresponder al flechazo de la moza con un apasionado  enamoramiento del  valiente soldado del aire.  Se celebró que así fuera, pues era una relación limpia y decente entre esos dos jóvenes, que también tenía un sentido heroico y romántico. 

 De seguro no se volverían a ver y tan sólo quedaría el agradable recuerdo de haberse amado tan de repente y por tan corto tiempo.

 Así se vio el día de la despedida, allá en el potrero improvisado como pista.  Hizo muchedumbre la presencia de cuantos fuimos a decirles adiós y se vio un beso prolongado entre los dos jóvenes, como en los finales de las películas del Hollywood de entonces.

 No dejó de sorprender a todos la escena seguida por el llanto de la moza cuando mecía su pañuelo blanco en un adiós tan sentido. 

 Esto ocurrió de tal modo que hasta el semanario El Universal se hizo eco de un modo elegante y respetuoso y, en una corta alusión, mi hermano Pelegrincito, columnista habitual,  reprodujo  con fineza aquella expresión clásica de: “Dicen que no son tristes las despedidas/ dile a quien te lo dijo que se despida.”

 Todo pareció terminar  cuando rugió la nave en su despegue hacia aquel horroroso teatro de la guerra.  Había sido tan irreprochable que, al caer en lecho la moza afectada por una melancolía  preocupante, los comentarios  eran cariñosos  y respetuosos.  Se concibió  todo como lo que en realidad merece el “amor a primera vista”

 Años después volví a mi pueblo a reportarme a mi oficina de nacimiento y origen que había fundado mi padre.  Un día recibí la afable visita de la moza del amor aquél, quien fuera a tratarme “algo de su interés”, ya convertida en una honorable madre de familia ejemplar.  No lo hizo sin decirme antes de su vida, su mudanza a la capital donde casó y tuvo sus hijos y que quería aprovechar su paso por nuestro querido pueblo  y visitarme para una consulta.

 Claro está, se aseguró de mi apego estricto al secreto profesional, porque me revelaría algo que ella quería conservar como tal, y me contó: 

 “Tú recuerdas, Vincho, cuando cayó  el avión americano que iba para la guerra?  No sé si tú supiste de mi romance con uno de sus pilotos.  Oye ésto bien, tiempo después, recibí una carta que me enviaba una hermana  de él para decirme que me remitía  la otra que le había enviado su hermano, escrita horas antes de salir a una misión donde fuera derribado su avión, muriendo la totalidad de la tripulación.  Yo conservo la carta como un tesoro y me limité a decirles a mis amigas que todos los muchachos se habían matado, cosa que no se había sabido hasta entonces.” 

 “Mi esposo es el mejor hombre del mundo, pero tú sabes lo celoso que son ustedes cuando descubren que su mujer tuvo otro amor antes.  Yo  conservé mi carta con una foto de aquel novio tan querido, pero sólo de algunos días,  y mi marido  la encontró; ríete, cómo me mortifica. Cosas de él, porque es muy bueno, pero me dice:  “Si algún día nos divorciamos,  yo llevaré al tribunal  la carta”.  La pude recuperar y yo quiero saber si eso es así, porque, imagínate, mis hijos que no saben de eso, qué podrían pensar.”

 Mira, déjate de tonterías, le dije.  Primero, tu esposo es un hombre decente; jamás te mortificaría como tú piensas y te debo decir, en tu romance fugaz no hubo pecado alguno; al contrario, belleza de dos almas jóvenes en medio de una enorme tragedia del amor en el mundo.  No temas, que lo que hace tu esposo es divertirse recordándolo. Para él, más bien puede ser motivo de admiración por aquellos dos jóvenes que no volvieron a verse después de un vuelo rasante de Cupido y una lóbrega aparición de la muerte.

 “Cállate, Vincho, él me decía  en su carta que por lo que él más quería salir vivo de la guerra era para reencontrarse conmigo y formar familia. Fue muy bello todo aquello, Vincho.  Gracias por tus consejos tranquilizantes.”

 Hoy, al cabo de tantas horas de vuelo de vida, cuando me invaden los horrores de Kabul y la desesperación de las familias  en fuga, es cuando mejor puedo recordar aquellas cosas que cuento de mi  adolescencia y los primeros años de abogado.  Sobre todo, la bondad de mi querido pueblo de entonces y del tiempo desgarrador y épico del mundo de aquella época sangrienta de la innombrable guerra.