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La República martes, 01 de junio de 2021

Reminiscencias

Casimiro, el loco de mi pueblo

  • Casimiro, el loco de mi pueblo

    Los residentes en el plantel en construcción en Los Alcarrizos esperan que el gobierno busque una solución a su situación. RAÚL ASENCIO/LISTÍN DIARIO

Marino Vinicio Castillo R.
Santo Domingo, RD

De Casimiro, el loco de mi pueblo, he escrito otras veces. Mi anécdota preferida ha sido la vez que hizo salir huyen­do a un grupo de abogados que aguardaba audiencia en el Parque Duarte, frente al tribunal.

A ellos les pareció diver­tido cuestionar a Casimiro acerca de cómo le había ido en su último entrenamien­to en el manicomio. La res­puesta fue sabia y graciosa; los puso en desbandada al no respetar el drama de su quebranto,

“Oíganme -les dijo- ¿us­tedes saben lo que es un manicomio? ¿Han estado allá, así sea de visita? … Se dicen cosas feas y de gente grande, volviendo la cabeza hacia el busto de Trujillo.”

Casimiro, vengaba así la pregunta y sonrió al ver los abogados desparramarse.

Hoy quiero referir otras cosas de aquél interesante personaje. En mi pueblo vi­vía Ángel María Liz, oriun­do de Santiago; era una leyenda su decoro, asom­brosa su resistencia y oposi­ción al régimen de Trujillo. Se reputaba como el aboga­do más valeroso del mundo, cuya prisión sin proceso algu­no abierto motivaba el respe­to de la República.

En una ocasión se produ­jo con todas las característi­cas de la letal desaparición, pues fue por muchos años; se temió lo peor y se guardó un silencioso duelo. Tenía su oficina de abogado muy bien nutrida de libros importan­tes, pero era su manera prin­cipal de evidenciar el abuso, pues carecía de exequátur desde los primeros tiempos de la fuerza en el poder.

Era don Ángel una especie de ídolo, admirado por todos, por ser representante incoerci­ble del honor nacional. Pues bien, se daba el caso de que don Ángel tenía mucho apre­cio y sentía compasión por Ca­simiro; cuando él se “revol­teaba” y las muchachas de la primaria Costa Rica se llena­ban de pavor tan sólo por la in­minencia de su presencia, era don Ángel quien, si estaba en libertad, salía de su oficina del frente a “amansarlo”.

Se hicieron famosos los diálogos entre ellos: “Casimi­ro, estése tranquilo. Deje de meterle miedo a las mucha­chas de la escuela haciéndo­se el loco; entrégueme ese hierro que tiene en la ma­no, deje de mover las zanjas de la frente que meten tanto miedo.” Le respondía el des­dichado orate: “Angel, tú es­tás más loco que yo, porque te atreves a pelear con el peje Tinglar”, refiriéndose a Truji­llo; “Sabemos lo verdugo que es, lo único que tú eres abo­gado, que no le tienes mie­do y te voy a decir algo, no te ha matado por lo guapo que eres”. Cerraba su respuesta, diciendo: “Ostacilio y tú se han salvado en tablitas, por­que no tienen miedo.” Se refería al Lic. Ostacilio Peña Páez, otro baluarte del civis­mo: “A mí no me toman en cuenta porque tengo el ce­rrao y me creen loco”.

Don Angel, benevolen­te y severo a la vez, respon­día: “Entrégame el hierro y deja tranquila a Chea y sus muchachas”, se refería a una venerable maestra directora de la escuela, doña Chea Ber­gés, donde por cierto asistía la que ha sido mi esposa du­rante 65 años. Por andar sa­biendo de ella, pude presen­ciar algunos diálogos de esos hombres tan especiales.

“Ven, Casimiro, entra a la oficina que te tengo un rega­lito”, le decía don Ángel; Ca­simiro respondía: “Así está bien, lo que yo tengo malo no es en la cabeza, son mis tripas vacías.“. Era para llorar todo aquello. En cierto modo, com­partían una especie de suerte, a uno lo internaban para tratar su esquizofrenia a cada rato, y al otro para castigar al gigante de la dignidad ciudadana.

Pero, de Casimiro me que­dan otras cosas que recor­dar. Una alegre mañana del año ‘45, se regó la alarma: Casimiro se había “revoltea­do” y amenazaba con matar a su madre, no con el hierro de reglamento, sino con ma­chete afilado. Ella le vio tem­prano con un tubo de zinc en las manos conversando con Dios, supuestamente, que estaba de paso en la luna; le oyó responder: “No, no, no puedo Señor, pero usted que es tan bueno me ordena que mate a mi mamá? Imposi­ble!! Ella que me habló tan bien, usted pide que la mate? Búsquese otro para eso!.” Y de repente, exclamó: “Espe­re, usted me dice que si no lo hago usted me va a halar pa­ra allá? Eso es otra cosa, yo mejor la mato si usted me perdona”.

El barrio se trancó; la pro­pia madre aterrorizada pe­día auxilio ante aquella fuer­za de la naturaleza que era su enfurecido hijo. Uno gritó: “Llamen la policía!”. La ma­dre dijo: “No, la ataca y me lo matan”. Don Ángel estaba desaparecido; doña Enedina Marrero, encantadora y en­tusiasta de todos los festejos tradicionales de mi pueblo, expresó: “Caramba! Loren­zo está en la capital; lo hubie­ra amansado”. Una viejecita rezadora dijo: “Yo voy donde el Padre Henríquez”, refirién­dose a otra muestra inmensa de valor y virtudes que, pa­ra sorpresa, accedió a ir. Ca­simiro no se atrevió a contar su conversación con la luna; mansamente se entregó y pi­dió perdón por ese maldito quebranto que no lo quería soltar. Llegó don Lorenzo, hombre de integridad inau­dita, y se hizo cargo del dra­ma y por enésima vez hizo la diligencia de internar a Casi­miro en el manicomio.

Pero, eso no fue todo. Ya contaré en mi próxima re­miniscencia lo que le había ocurrido al pueblo cuando recibió un bayonetazo en el corazón. Casimiro fue alu­dido en un sermón desgarra­dor del Padre Henríquez.