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La República domingo, 14 de marzo de 2021

Enfoque: Política

Plantados

Se les llamó “plantados” al puñado de presos políticos cubanos que se declararon en rebeldía pese a la brutal represión que el régimen de los Castro ejercía contra ellos.

  • Plantados

    El cineasta Lilo Vilaplana presentó en el Festival de Cine de Miami su más reciente filme, “Plantados”. 2) Póster de la película.

  • Plantados
Carlos Alberto Montaner

La historia comienza en Miami. “Ramón”, (es­pléndidamente repre­sentado por Gilber­to Reyes), un expreso político que había sufrido el rigor de los carceleros castristas por ser un plantado, cree ver a uno de sus torturadores. Lo sigue y confirma que se trata de la mis­ma persona. El episodio le trae recuerdos dolorosos de esas dé­cadas ignominiosas de los años sesenta y setenta del siglo ante­rior. El film se construye viajan­do de Miami al pasado a lomo de esos terribles “flashbacks”. Ramón llama a algunos de sus compañeros, todos exiliados, y les cuenta lo sucedido. Planean secuestrar al torturador. (No les digo más porque me han permi­tido ver la película en un pase privado, a condición de que no revele el desenlace).

–¿Ni a mi mujer se lo puedo contar?

–Ni a tu mujer.

El Festival de Cine de Miami es una de las grandes cosas que ocu­rren en esta ciudad anualmente. La otra es la Feria del libro. Este año exhiben Plantados, una pelí­cula largamente esperada por los cinéfilos. Afortunadamente, la di­rigió Lilo Vilaplana, un realizador serio y experimentado, al que hay que agradecer que se enfrentó a una historia muy dramática con total sobriedad. El guión fue obra de Ángel Santiesteban, de Juan Manuel Cao y del propio Vilapla­na. Los dos primeros sufrieron in­justamente cárcel política en La Habana, aunque muchos años después de los sucesos que narra este largometraje. La música es de Arturo Sandoval. Boncó Quiñon­go abandona su rol cómico y fies­tero y borda un papel dramático de preso político.

Se les llamó “plantados” al pu­ñado de presos políticos cubanos que se declararon en rebeldía pe­se a la brutal represión que el ré­gimen de los Castro ejercía contra ellos. Los golpeaban o asesinaban a su antojo. Algunos de ellos ha­bían tenido un comportamiento heroico y significativo contra la anterior dictadura, la de Batista. Pienso en Huber Matos y en Eloy Gutiérrez Menoyo. Otros no tu­vieron suficiente edad para des­tacarse, como Ernesto Díaz Rodrí­guez o Ángel de Fana, y les tocó desplegar todo su valor personal contra el castrismo, algo que hicie­ron (y siguen haciendo) notable­mente.

Realmente, los plantados fue­ron pocos entre los miles de rete­nidos en las cárceles comunistas durante un buen número de años. Cuando el régimen advirtió que no conseguía domarlos y debía ma­tar a todos los presos políticos –lo que no podía hacer dada su ima­gen y el hecho de su extrema visi­bilidad–, o buscar alguna forma de liberarlos, encontró la solución de su dilema en los “planes de reha­bilitación” y en el hecho posterior de que Jimmy Carter los aceptaba de buena gana en territorio norte­americano. Como siempre ha ocu­rrido, le pasaba su problema a Es­tados Unidos.

Los soviéticos, que eran grandes expertos en la materia, le explica­ron a los comunistas cubanos que ofrecer alguna recompensa a quie­nes se prestaran a participar en el “plan”, como la libertad anticipa­da, sólo podía traer ventajas pa­ra los que la otorgaban. En primer término le dividía a la población carcelaria entre un grupo de “irre­ductibles”, decididos a medir la ca­lidad de los seres humanos por la capacidad de aceptar el sufrimien­to, y otro, mucho mayor, de “razo­nables”, dispuestos a admitir que habían perdido la guerra y se refu­giaban en batallas personales o fa­miliares.

Existía además, un mecanismo psicológico que llevaba a la mayor parte de los seres humanos a “creer en lo que decían” y no al revés, es­pecialmente si se trataba de perso­nas mentalmente bien estructura­das. Todo estaba, pues, en generar las condiciones para que los presos repitieran como un mantra ciertas idioteces ideológicas. Dando por descontado que muchos tratarían de engañar a los “rehabilitadores” para alcanzar la libertad o para es­capar, pero todos saldrían cohibi­dos de volver a las conspiraciones, salvo los “plantados”.

Uno de esos plantados era Jo­sé Pujals Medero. Una persona in­tegérrima que había estado en la cárcel 28 años. Cuando salió de la prisión y de Cuba (valga la redun­dancia), habló mucho con Leopol­do Fernández Pujals, su sobrino, un magnate cubano radicado en España, y le contó todo lo que ha­bía padecido en manos de los car­celeros. Parece que éste le dijo, conmovido: “esto merece ser lle­vado al cine”. A José Pujals no le alcanzó la vida para ver esta pelí­cula enteramente financiada por su sobrino.

Los soviéticos, que eran grandes expertos en la materia, le explicaron a los comunistas cubanos que ofrecer alguna recompensa a quienes se prestaran a participar en el “plan”, como la libertad anticipada, sólo podía traer ventajas para los que la otorgaban.