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La República sábado, 27 de febrero de 2021

Reminiscencias

La Respuesta, mi compañera de ruta

  • La Respuesta, mi compañera de ruta
Marino Vinicio Castillo Rodríguez
Santo Domingo, RD

La Respuesta, mi programa de televisión de treinta y cuatro años, tuvo dos alentadores para nacer, mis inolvidables amigos Freddy y Yaqui.

Siempre recuerdo ésto. Ahora, en estos últimos tiempos, tan singulares, me trajo la memoria a otro personaje que tuvo algo que ver con el programa como un válido esfuerzo, Facundo Cabral.

¡Qué extraños y misteriosos son los recuerdos! Algunos se dan por perdidos en “el monte del olvido” y una buena mañana reaparecen risueños, sin explicar por dónde y porqué estaban escondidos.

Un poeta que fuera mi amigo y compañero en el empeño de alcanzar la abogacía, Ángel Hernández, de la fértil Neyba, con esa sencillez de los poetas, decía: “Hermano, póngale atención al amanecer; es la hora preferida para el paseo de los recuerdos; cuando las palomas están asentadas en el muro del alba, es cuando el alma mejor abraza a esos transeúntes de los recuerdos.”

¡Qué imaginación la de esos estetas del alma! A veces van muy lejos a residir con la pobreza y la humildad, como lo hiciera Juan Sánchez Lamouth, a quien no despego de mi admiración.

Pues bien, fue en un amanecer de esos días, cuando vi pasar a Facundo Cabral, tal como lo conocí brevemente, pantalón de fuerte azul, camisa de algodón y unos amarillentos lentes que no dejaban ver su mirada.

¿Dónde fue el encuentro fugaz? Estaba grabando un programa, Sea Usted el Jurado, con mi desaparecido amigo Alberto Amengual, allá por los setenta, en el estudio cine de la Radio Televisión Dominicana. Al terminar me detuvo al pasar por su lado un hombre extraño y me dijo: “Joven, permítame conocerlo y felicitarlo. Estoy aguadando mi turno de trabajar –sin decirme en qué–, pero parece que me equivoqué de sala, porque tengo más de una hora ante una augusta Corte judicial. Qué interesante ha sido oirle hablar de tantas cosas interesantes, todo a la vez, pobreza campesina, Leyes monumentales para su alivio, corrupción condenable, asesinatos políticos, historia de su patria. Todo, todo en hora y media, apenas. He aprendido mucho de esta tierra tan querida en esta sesión de la Corte que ha presidido. Debe de hacerlo cada día, no de vez en cuando. Es mucho lo que usted sueña. Recuerde mi impresión por la audiencia solemne que me ha brindado, es sincera y enseña.”

Me atortojé ante tanta amabilidad y pregunté: ¿Y usted cómo se llama? “Desde muy niño quiso mi madre Facundo Cabral”, respondió.

Estaba muy conmovido cuando oí su voz decir: “Recuerde, son audiencias solemnes sus programas. Hágalo frecuentes.”

El halago mío aumentó cuando, después, lo vi y oí actuar. “Inolvidable amigo express”, diría él. ¡Cuánto sentí su inmerecida muerte!

Freddy, años después, en ocasión de uno de sus Gordos de la Semana, al terminar la entrevista se sintió conmovido por la forma en me había expresado en mi defensa de uno los ataques típicos de aquel tórrido tiempo, me dijo: “Marino Vinicio –nunca me llamó de otro modo–, definitivamente necesitas de un programa propio. No depender tus repuestas de que otros te inviten. Son muchos los frentes abiertos y muy graves las cosas que tratas. Tú sabes que yo no sabía era así esa vaina. Al oirte aquí, es que caigo en cuenta del engaño. Y mira que a mí me llegan cosas, pero tú le abres juicio al que ataca y eso da una visión de sentencia, de causa. Tienes que pensar en montar tu tribunal de la semana.”

Recuerdo que le conté mi fugaz encuentro con Facundo y se deshizo en elogios y me dijo: “Ese es un filósofo y profeta. ¿Tú has oído lo que cuenta de por qué le teme a los pendejos? ¿Tú quieres una ocurrencia mejor que esa? Porque son muchos. Aplícate los tuyos. Son, además, peligrosos de verdad.”

Al día siguiente fui donde Yaqui, a consultarle el nombre del programa que Freddy me había sugerido: “Oh Vincho, La Respuesta!, es lo que tú haces!”

Consejo que seguí hasta la fecha. Responder incesantemente ha sido el camino y creo que “lo he hecho al andar”, en medio de torbellinos sin nombres.

La cuarentena, en su camisa de fuerza y silencio, me ha metido en este remolino íntimo de recuerdos agradables y tristes, que no tienen nada de pasatiempo. Es tiempo de conciencia que, en verdad, sirve mucho para la reconstrucción interna que las prisas aburridas de la normalidad, no dejan hacer.

Tamaña paradoja ésta de sentir provechos espirituales inesperados en medio de esta tormenta de desdichas. Pero así es y hay que respetar la extraña experiencia.

La Respuesta ya tiene treintitrés años de ser “compañera de ruta” y conservo más de quinientas de sus horas, porque creo que de editarlas saldría una formidable biografía; no mía, por supuesto, sino de cientos de acontecimientos de nuestro país que en sus momentos fueron parte de las preocupaciones nacionales. Por eso hoy evoco a Freddy, Yaqui y Facundo y les doy las gracias por sus alientos coincidentes, separados en el tiempo, para que emprendiera aquel esfuerzo que, según parece, sólo se acabará cuando se pierda su voz en Cristo Redentor.

Freddy, al final amonesta: “En Cuba hubo un Chibas. No se te ocurra darte un tiro jamás, pero desengaños tendrás. Que haya Vincho para rato.” Tú no andas lejos, Gordo querido, fue mi respuesta.