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La República domingo, 14 de febrero de 2021

Enfoque: Psicología

¿Por qué necesitamos finales felices?

  • ¿Por qué necesitamos finales felices?
  • ¿Por qué necesitamos finales felices?
Fran Mengual
Tomado de el País Semana
Madrid, España

 Escribir un libro es solo una parte del trabajo de escritor, la más fácil. Lo duro viene después, cuan­do lo que has escrito se publi­ca y tienes que salir a explicar­lo. Porque alguna explicación hay que dar, no se puede publi­car el libro sin más y dejar que sean los lectores quienes lo ave­rigüen, hasta ahí podíamos lle­gar. Siempre intento escabullir­me hablando de otras cosas y envidio mucho a los escritores más políticos y más concien­ciados, que pueden lanzar una diatriba contra el Gobierno o denunciar la hipocresía consu­mista en vez de hablar de sus novelas. Lo he intentado alguna vez. A la pregunta de de qué va mi libro he respondido que hay que ver la que ha liado Trump y no sé qué de Puigdemont, pero nunca ha colado y al final me he tenido que inventar algo para no decir que no tengo ni idea, que bastante me cuesta escribir.

En 2020, por primera vez, elu­dí ese problema. Había escrito una novela con final feliz. Casi to­dos no creían que fuese una no­vela, sino un híbrido difícil de en­casillar, pero yo lo decía en serio: era el primero de mis libros que termina bien y aspiraba a dejar al lector con una sonrisa.

Mi novela con final feliz salió el año de la peste, cuando has­ta los animadores de autoayuda más chiripitifláuticos habían tira­do la toalla y se abandonaban a las trompetas del apocalipsis. Por supuesto, no fue premeditado. La escribí antes de que el mundo se fuera al carajo.

Dos cosas han subido mucho desde marzo de 2020: las accio­nes de las compañías tecnoló­gicas y la necesidad de finales felices. Mucho más que en las novelas —¬aunque también—, donde mejor se aprecia esto es en las series que han triunfado. ¿Dónde están los antihéroes cíni­cos a los que nos habíamos acos­tumbrado? ¿Qué fue de la aspe­reza que puso de moda David Simon en The Wire, cuando pro­clamó: “Que se joda el especta­dor medio”? ¿Adónde se marcha­ron los Toni Soprano, los Walter White y los chorros de sangre so­bre la nieve de Fargo? Por no ha­blar de los zombis y las distopías apocalípticas, tan de moda hasta ayer. Parece que se quedaron en el mundo antiguo, no han sabido adaptarse a la distancia social y a las mascarillas.

La Beth Harmon de Gambito de dama está mucho mejor pre­parada para la nueva normali­dad. Por supuesto, el ajedrez es ideal para jugar en casa, pero lo importante de Beth es que ga­na y, pese a sus soledades y al­coholismos, machaca a sus opo­nentes machitos sin despeinarse. Cae un pelín a los infiernos, pero con mucha clase y fotogenia, na­da que ver con las caídas sórdidas y desesperanzadas a las que nos habían acostumbrado los Brea­king Bad, los Dexter y compañía. La cosa termina tan bien que de­ja la puerta entreabierta para una nueva temporada en la que siga jaquemateando a ajedrecistas ru­sos muy estirados.

Ya se intuía que el público es­taba cansado de tanto antihé­roe complejo y de tanto de­tective atormentado. En 2005 terminó de emitirse la peor serie de la saga, Enterprise, que enfrió mucho los entusiasmos trekkies y los concentró en las pelis de J. J. Abrams. Parecía que el mundo galáctico había quedado atrás, adherido a un tiempo más inge­nuo y ecuménico en el que no ha­bía Brexit ni Vox. Pero en 2017 Netflix estrenó Discovery, y el mundo trekkie resurgió con toda su fe en una vida larga y próspe­ra. Desde entonces, se ha estrena­do también Picard, con el regreso del viejo capitán, y se han anun­ciado tres más: Lower Decks, Pro­digy y Strange New Worlds. Co­mo la peste del coronavirus se alargue mucho, todo acabará siendo Star Trek, hasta donde al­canza la vista.

Como trekkie tardío, entiendo las aventuras galácticas de la Flo­ta Estelar, porque siempre termi­nan bien aunque terminen mal. Incluso en las situaciones más deses¬peradas, el intrépido ca­pitán y sus oficiales se mantie­nen dignos y erguidos. No salen a aplaudir al balcón de la nave, ni protestan por el toque de queda, ni se ponen la mascarilla por de­bajo de la nariz. Y al final siempre encuentran el camino a casa. La oscuridad se deshace y el mal se doblega. Los ingleses han cele­brado (o llorado) su Brexit dise­ñando algunos happy places. Esa nostalgia imperial que se expresa en evocaciones comarcales de la Inglaterra que nunca fue y ya no será ha dado dos series que han gustado mucho en las tar­des más duras del confinamien­to: Todas las criaturas grandes y pequeñas y Los Durrell. Am­bas funcionan como mantitas de sofá y renuevan los votos por un mundo amable, poblado por buena gente que se echa una mano. El contraste con las noti­cias diarias es más que abrupto. Después de una rueda de pren­sa de Fernando Simón, dos episo­dios de Todas las criaturas abri­gan y reconfortan como el más nutritivo de los caldos.

Sigo defendiendo que escribí una novela con final feliz, aun­que no es tan feliz como estos fi­nales ni reconforta tanto. Es fe­liz para mis estándares, pero no para los de un mundo que nece­sita mucho más azúcar narrati­vo para afrontar el invierno. Oja­lá vuelvan pronto los zombis y los antihéroes, pues significará que hemos perdido los motivos para tener miedo.


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