Enfoque

Reelección presidencial: un camino siempre escabroso

Rafael G. Guzmán Fermín
Santo Domingo, RD

 Desde la ges­ta de la Inde­pendencia Nacional del 27 de febre­ro de 1844 y sus consecuen­tes ensayos sobre el régimen presidencialista en la Repú­blica Dominicana, el tema de la reelección presidencial ha ocupado un lugar predo­minante en el pensamien­to y accionar de los partidos políticos nacionales, a tal punto que desde esa época hasta nuestros días la Cons­titución de la República ha sido modificada unas 39 ve­ces, 32 de las cuales han sido para el establecimiento o no de la reelección presidencial.

Esta práctica, obviamen­te, ha generado en todos los tiempos fuertes debates que se han concentrado gene­ralmente en enfrentamien­tos entre posiciones antagó­nicas. Por un lado aquellos quienes han promovido la reelección presidencial pre­sentándola como un instru­mento que garantiza la con­tinuidad de las políticas del Estado y que se apega a las reglas del juego democráti­co, especialmente, cuando se convierte en un estímu­lo para que un gobierno con experiencia actúe de forma eficiente, honesta y respon­sable, con el objeto de que los ciudadanos continúen apoyándolos en las urnas.

Y por el otro lado, los que se oponen y plantean los riesgos de esa maniobra, ar­gumentando la concentra­ción y personificación del poder, agravado por el he­cho de que una misma per­sona y su entorno ejerzan el poder por mucho tiempo, lo que se traduce en debili­tamiento de la competencia electoral y la extirpación del principio de alternancia.

Haciendo un recuento histórico en torno a lo que ha significado la reelección presidencial en términos de desarrollo democrático, so­cial, político y económico, el resultado ha sido negati­vo. Tras la tiranía de Trujillo, nuestra historia contempo­ránea registra que dos de los más grandes líderes domini­canos, el profesor Juan Bosch y el Dr. José Francisco Peña Gómez -ambos salidos de las canteras del Partido Revolu­cionario Dominicano (PRD)- siempre enarbolaron la NO reelección como principal emblema y, viendo en retros­pectiva a la luz de los hechos, especialmente con los inten­tos reeleccionistas del expre­sidente Danilo Medina, esos grandes líderes tenían razón.

Como ejemplo de ello, la guillotina de la reelección presidencial terminó divi­diendo a dos de los más po­derosos partidos políticos del país, como el Partido Revolu­cionario Dominicano (PRD) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), y de pa­so también ha destrozado la amistad y compañerismo de importantes líderes políticos como las del expresidente Hipólito Mejía y Hatuey De­camps y recientemente las de los expresidentes Leonel Fer­nández y Danilo Medina.

En este contexto, sien­do el Partido Revolucionario Moderno (PRM) genética­mente emparentado con la filosofía política NO reelec­cionista de los grandes líde­res fundadores del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), vemos que algunos de los miembros del actual gobierno, quienes en medio de una sociedad cambian­te catalizada por los efectos de la pandemia sobre la eco­nomía global, están hablan­do de efectuar una nueva re­forma constitucional, hecho que presentaría la magnífi­ca oportunidad para el pre­sidente Luis Abinader para introducir la NO REELECC­CIÓN en la Constitución, de­mostrando su coherencia con los postulados históricos no reeleccionistas de los dos lí­deres ya referidos y un lide­razgo libre de vicios “politi­queros”.

De acuerdo a nuestro jui­cio, es oportuno destacar aquí algunos inconvenientes que producto del afán de re­elección en países con ende­ble institucionalidad, tal co­mo se ha demostrado en el pasado reciente con las in­tentonas reelecionistas del expresidente Danilo Medina que han provocado traumas en la sociedad hasta el gra­do de la repugnancia más as­queante, tal como la misma historia latinoamericana ha demostrado con las reelec­ciones de Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en el Perú y Evo Morales en Bolivia, que de exitosos presi­dentes en su primer período terminaron desprestigiados y objetables luego de forzar la reelección movidos por el ex­ceso de sus desmedidas am­biciones personales.

Consideraciones negativas:

La desmesurada tentación y seducción que provoca el po­der pueden influir peligrosa­mente para que un presiden­te-candidato concentre sus esfuerzos en dicha reelección y descuide la necesaria go­bernabilidad, centralizando en su persona todo el poder del Estado, anulando la sa­na división de poderes, ma­nipulando la opinión pública con los inmensos recursos del erario, cambiando a su favor las leyes y, con ello, oponién­dose a la indispensable alter­nabilidad propia del sistema democrático.

Esto contribuye a una desigualdad entre los de­más candidatos, de manera especial en el tema econó­mico, ya que el presidente-candidato posee todas las condiciones y capacidades estratégico-tácticas para ga­nar, pues tiene la ventaja de promover más su imagen con actos “oficiales”, pro­nunciar más discursos, in­flar artificiosamente su po­pularidad, además de sacar galope de su rol de presi­dente, del aparato estatal y la multiplicidad de recursos de que dispone a su antojo.

Por otro lado, el inevitable desgaste del poder, que uni­do a la gula de las ambiciones desmedidas por el dinero ha­cen que la corrupción e impu­nidad se apoderen de las altas esferas de quienes gobiernan, pues solamente con la corrup­ción se hace más viable una reelección presidencial, espe­cialmente para doblegar con el oro corruptor voluntades a todos los niveles, financiar to­do tipo de vilezas y apoderar­se de los medios de comuni­cación, los cuales son hoy en día los principales constructo­res de la realidad social de la cual se nutren los ciudadanos, donde se puede influenciar y sugestionar los modelos men­tales y cognitivos de los dis­tintos estratos de una comu­nidad.

En este sentido, cada vez es más válido el sabio aforis­mo que acuñó el historiador y político inglés Lord Acton cuando dijo: “El poder tien­de a corromper y el poder absoluto corrompe absolu­tamente”. Basta con echar una ojeada al planisferio político de América Latina para saber cómo en casca­da han caído en prisión o en procesos judiciales muchos exmandatarios, a pesar del inmenso poder y fortunas acumuladas.

Por lo antes expuesto, el solo pensar en la reelección presidencial, más que alte­rar la agenda de gobierno en momentos complejos co­mo el actual, agravados por la pandemia del COVID-19 o poner a prueba el margen de maniobra del gobierno, co­loca en un dilema al jefe del Estado, entre volver al sen­sato sistema de la Constitu­ción del 2010 que, de hecho, nunca debió de modificarse, y de paso, sin pretenderlo, rehabilitar al siempre turbio, taimado, fraudulento y ma­quiavélico Danilo Medina, o por el contrario, ir contra la coherencia de pensamien­tos, integridad y el conjunto de valores y principios que enarbolaron los fundadores hereditarios del partido en el poder. Tema para un buen debate nacional.

Finalmente, la eventua­lidad de la reelección pre­sidencial precisamente no constituye un obstáculo para la democracia, sin embargo, aún en modelos de democra­cias tan sólidas como la de los EE.UU., donde hemos visto recientemente sus vulnerabi­lidades, también se corre el riesgo de la personificación del poder, propia de regíme­nes populistas en los cuales la “permanencia” del líder se hace imprescindible; por lo tanto, es saludable fortalecer los mecanismos constitucio­nales a los fines de consolidar la alternancia democrática, la equitativa competencia elec­toral y la prudente limitación del poder político del presi­dente para no sufrir el tránsi­to, otra vez, del camino esca­broso de la pandemia política del danilismo.

El autor en miembro de Círculo Delta.
fuerzadelta3@gmail.com