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La República domingo, 17 de enero de 2021

Enfoque: Patente de corso

En compañía de asesinos

  • En compañía de asesinos

    El buen periodismo se basa en el coraje de los profesionales que sin escrúpulos salían a buscar la verdad.

  • En compañía de asesinos
Arturo Pérez Reverte
Tomado de XL semanal
Madrid, España

 Comí hace unos días con Raúl del Pozo, ami­go y viejo ca­marada de aquel lugar legendario que fue Pueblo en los años 70; y como de costumbre, aca­bamos hablando del perió­dico, recordando lances y peripecias de esa redacción bohemia, irrepetible, don­de se daban cita los mejores periodistas de España, los más brillantes y con menos  escrúpulos que conocí en mi vida, capaces de sobornar, ro­bar, mentir y vender a su ma­dre a cambio de un gran re­portaje, una exclusiva o una firma en primera página. Allí me hice y allí nos hicimos mu­chos: Raúl, Julia Navarro, Tico Medina, José María García, Hermida y muchos otros. Siempre que Raúl y yo nos juntamos, sale Pueblo a relucir, y también la eterna discusión sobre si la novela surrealista, cómica, dispara­tada, que por fin narre aquel lugar increíble debe hacer­la él o debo hacerla yo; con lo que al cabo, y como siem­pre, la novela se queda sin escribir, pero pasamos un buen rato removiendo re­cuerdos fascinantes y mara­villosas nostalgias. Algunos de los cuales, por cierto, fi­guran en el estupendo li­bro No le des más whisky a la perrita, escrito por Jesús Úbeda y Julio Valdeón sobre la vida asombrosa del queri­do Raúl.

Esta vez hablamos de asesinos. No de fuera, que también conocimos a unos cuantos, sino de dentro. Del periódico mismo. Como di­go, Pueblo era un patio de Monipodio que bullía de vi­da y personajes extravagan­tes; y algunos habrían de­jado pálida la más atrevida película de José Luis Cuer­da. Teníamos de todo: chi­cas guapas, chicas listas, chi­cas que a la vez eran listas y guapas, sabios, estafadores, putas, pistoleros, genios, les­bianas, poetas, taurinos co­rruptos y sin corromper, ho­mosexuales, filósofos, golfos, tahúres, proxenetas, borra­chos, delincuentes habitua­les e incluso a dos asesinos. Y no es una metáfora. Ha­blo de un par de fulanos que se habían cargado a gente y se habían comido los corres­pondientes años de cárcel. Esto se explica porque Pue­blo era una legión extranjera donde cualquiera con talen­to era bien venido; y también porque nuestro compañero Julio Camarero había pasa­do una temporada de talego tras un consejo de guerra de los de entonces, y al salir tra­jo a un par de amigos hechos dentro. Selectos. Lo mejor de cada casa.

Los recuerdo como si los viera. A los asesinos, digo. Uno, al que llamaré Alber­to, era un chico de buena fa­milia muy pulcro y educa­do, siempre bien vestido, de los más amables que cono­cí nunca, que había estado traficando con armas para la OAS francesa y que, dela­tado a la policía por su no­via, se lo agradeció con cator­ce puñaladas y tirándola por un barranco en un coche in­cendiado: una mala noche la tiene cualquiera. Lo habían condenado a muerte; pero al ser hijo de un alto cargo franquista la condena quedó en treinta años, y a los ocho o diez se benefició de un in­dulto. Tenía un hablar dulce, fumaba caros cigarrillos in­gleses y parecía incapaz de matar una mosca. Era muy culto, porque en la cárcel se había inflado a leer. Y cuando los compañeros, que éramos todos unos hijos de puta, le preguntábamos qué opinaba de Crimen y castigo, hacía un aro de humo con el cigarrillo y nos respondía con mucha calma: «Contexto, chicos. A Dostoievsky le faltaba con­texto».

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El otro asesino, al que lla­maré Pepe, era un tipo mara­villoso: feo, tartamudo, con el pelo cano y rizado y un bi­gote de traidor de película muda. En los doce años que estuvimos juntos en la re­dacción nunca supe qué ha­cía allí, pues nunca firmó ni una necrológica. Pero era un narrador cojonudo toman­do copas en el bar de enfren­te. Y además, sin complejos. «Cuéntanos cómo te cargaste a tu mujer y a tu hermano», le pedíamos cuando íbamos de alcohol hasta la línea de Plimsoll. Y él, complaciente, muy serio, nos contaba. Su hermano era paralítico y vi­vía en su casa; pero un día, al llegar, lo encontró en la si­lla de ruedas con los pan­talones por las rodillas y la cuñada sentada enci­ma. Como su mujer sí po­día andar, Pepe la llevó de la mano hasta la ventana y la tiró desde el cuarto piso. Chof, hizo al llegar abajo. Luego se situó detrás de la silla del hermano, como cuando los domingos lo pa­seaba por el Retiro, y lo con­dujo despacio hasta la puerta de la calle. «Te lo puedo ex­plicar todo», decía el herma­no. «No hace falta, está cla­rísimo», respondía él. «Pero déjame que te lo explique, hombre», insistía el herma­no. «Que no, tranquilo. Te di­go que no hace falta, de ver­dad», replicaba él. Llegados al rellano, el hermano seguía argumentando: «Es un mal­entendido, Pepe. Que soy pa­ralítico, coño». Y Pepe, asin­tiendo amable, fraternal, lo dejó caer por las escaleras: veinticuatro peldaños con si­lla y todo. Le salió a un año por peldaño, con el atenuan­te de arrebato pasional, y luego se vino a Pueblo. Eran otros tiempos, claro. Y otros periódicos.


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