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La República domingo, 08 de noviembre de 2020

Enfoque

Entre luces, autos, peones y gangarrias

  • Entre luces, autos, peones y gangarrias
  • Entre luces, autos, peones y gangarrias
Luis Beiro
Santo Domingo, RD

Estos “… no son tiempos “históricos”, de esos que se van a contar como hitos y se suelen recoger como importantes. No hay tramas interesantes, y de ellos se harán muy pocas películas. Son historias banales, vulgares, vacías de contenido, que se repiten cada vez más desgastadas y llenas de sangre; grises condenadas al olvido. No somos nosotros, son los otros. Masas repetitivas y desgastadas”.

Las anteriores frases pertenecen a un gran amigo, Iván Pérez Carrión.

En Cuba, fue mi crítico de cine preferido: Ni ingenioso, ni oportuno. Tocaba los filmes con altura clásica. Erudito, multilingüe, era (y es) una personalidad. Si dentro de la isla no lo frecuenté más fue por respeto a su aureola intelectual.

Otro gran amigo cubano fue su protector acá. Su llegada la asumí con sorpresa, porque su proyección alcanzada era muy superior a la mía.

También nos unían razones fraternas con dos familias cubanas: Diego-García Marruz y Martí-Brenes. Parte de mi formación se la debo a su palabra bien habida.

A veces, cuando escribo algo que pudiera valer la pena, se lo envió. A pesar del tiempo, él siempre me ayuda a ser mejor. Uno de los últimos capítulos de estas memorias se lo remití. Esperando su respuesta, pasé unos días en vela: “-No me ha respondido porque en algo metí la pata”, dije para mí, al no recibir contestación inmediata. Poco después sus palabras me tocaron el pedazo de cubanía que todavía late dentro de mí. Por eso decidí comenzar este capítulo con su sabiduría. Nada mejor hallé para referirme a un mundo podrido, donde lo único que importa es la soberana estupidez.

Siempre me sedujo la historia de Paul Morphy. No llegó a ser campeón mundial de ajedrez porque en la primera mitad del siglo XIX no existía semejante distinción. Fue el mejor de todos, pero a los veinte años dejó de jugar. Se volvió loco. Y hasta soñaba con la presencia ajena hurtando sus zapatos. Morphy fue, al mismo tiempo, el orgullo y la tristeza del ajedrez.

Digo esto porque desde su nacimiento, los torneos estaban llenos de personas, reporteros, cámaras micrófonos. y todos aplaudían y los jugadores eran respetados y aclamados, exhibidos en portadas de revistas como trofeos del saber.

Ese deporte llegó a los parques y plazas populares tanto en invierno como verano; las universidades organizaban torneos y los jugadores recibían honorarios por mover sus fichas en eventos oficiales. Con la Guerra Fría del siglo XX, el ajedrez halló su máximo esplendor, tal vez por la fortaleza del equipo de la extinta Unión Soviética y el ansia humana por vencer al padrecito de Moscú, por una parte, y de aplaudirlo por la otra.

Lo cierto fue que el ajedrez propició el cultivo de la inteligencia: Fue el asidero de las masas irredentas para entrar a las esferas del saber. Hoy, las reglas han cambiado. Ahora, el público y los medios prefieren los torneos de tenis y de golf: La habilidad en el sentido más ingenioso de la palabra ha sustituido al pensamiento.

No estoy por la vuelta al pasado, imposible. Eso no me inhibe de exponer una conducta moral tirada al zafacón.

La gente siempre quiere a un culpable, ya sea inocente o no. Y en este tiempo hay varios culpables. Uno de ellos es el ajedrez.

Siempre me intrigó la decisión de un matrimonio cubano de vender su casa para comprar un auto nuevo, de esos que el gobierno repartía por supuestos “méritos” laborales que casi nunca se veían.

Antes de la compra, y a duras penas, la pareja llegó a levantar con sus escasos recursos una buhardilla tasada por el mismo valor del vehículo soviético “Moscvich” que les fue asignado para  la compra.

Al principio, el matrimonio azuzó la felicidad. Lo hacían todo dentro del vehículo: un día dormían a la entrada de la Bahía del Puerto y otro frente al malecón del parque Maceo. La pareja era muy joven para saber que aquella decisión no tenía marcha atrás. Un año después se rompió la atracción por el vehículo. Cuando la realidad cruzó por donde debía, el matrimonio no pudo recuperar la buhardilla; tampoco era el tiempo de señalar al promotor estatal de la asignación. Fue un fantasma encubierto: Sin bonos de gasolina, ni piezas de repuesto, ni neumáticos sustitutos y con una mano de obra incapaz, aquel calvario parecía el final de una telenovela incomprensible.

Además, alimentarse era como un lienzo transparente: las pizzas de mala muerte, el café recalentado y los famosos hamberguer mezclados con soya y carne de lombriz, ya comenzaban a mirar a los gorriones escapados del tirapiedras. Igual sucedía con todo lo que pretendiera correr a través de la faringe.

Conocí otra solución salomónica: mis amigos rentaron una habitación en una azotea en ruinas, adornada con una cama inflable, una estufa de kerosén sobre una mesita dispar y una cubeta provisional para sus necesidades fisiológicas. Allá se fueron porque el auto no avanzó más. Pieza por pieza cayó vencido en las fauces de la impiedad, como si fuera un caldero oxidado, perdido en un traspatio vacío. Esa fue la metáfora. Mis amigos quedaron sin casa, sin vehículo y resignados a pernoctar en una azotea sin ventanas y llena de orificios por donde entraban las avispas.

Ahora entiendo por qué otro amigo cambió su Moscvich nuevo por una vaca lechera. El animal todavía lo ayuda a sobrevivir con su familia, allá en su amado campo del Oriente cubano.