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La República domingo, 11 de octubre de 2020

Enfoque: Política

El nacionalismo como campo de batalla

  • El nacionalismo como campo de batalla

    Los nacionalismos, tanto de izquierda como de derecha no han traído buenos resultados a la historia latinoamericana.

  • El nacionalismo como campo de batalla
  • El nacionalismo como campo de batalla
Omar Fabían González
Ciudad México
Tomado de La Jornada Semanal

En México, septiem­bre es el mes pa­trio por excelencia; en días como los recién transcurri­dos, la parafernalia, la simbo­logía y los rituales nacionalis­tas suelen convertirse en parte del paisaje cotidiano. Sin em­bargo, los críticos del naciona­lismo acusan –con justa razón– que toda ideología nacionalista es un instrumento de control político, además de albergar un fuerte contenido xenófobo y generar traumas de orgullo y revanchismo.

El escritor Paul Valéry adver­tía lo peligroso que resulta un pueblo embriagado de auto­elogios nacionalistas que sólo vuelven a las naciones sober­bias, vanas e insoportables. Pe­se a ser verdad, no menos cier­to es que el nacionalismo no sólo ha sido utilizado para be­neficio de las clases gobernan­tes; también movimientos so­ciales se han apropiado de los símbolos y la memoria históri­ca nacional para defender sus causas, reafirmar sus identida­des y criticar al Estado.

El festejo de Independencia, por ejemplo, ha sido convertido en arena de pugna donde se re­chaza o se subvierte el nacionalis­mo oficial. Así sucedió durante las celebraciones del Bicentenario en el 2010, cuando el movimiento de obreros electricistas organizó una celebración alterna desde la cual criticaron el gobierno de Felipe Calderón y llamaron a otros movi­mientos sociales a unir fuerzas en favor de las demandas de las cla­ses trabajadoras.

Por su parte, grupos indí­genas aglutinados en el Mo­vimiento Indígena Nacional señalaron que la conmemora­ción de la Independencia les era ajena, toda vez que la na­ción mexicana se venía cons­truyendo sobre la exclusión de los pueblos originarios. Ellos aprovecharon la efeméride del 15 de septiembre no para cele­brar, sino para realizar un foro que propuso la formación de un Estado pluricultural.

Casos similares han ocurrido con los héroes venerados por la historia oficial.

En la segunda mitad del siglo xx, la izquierda partidista retomó la figura y memoria de Lázaro Cár­denas para disputar el poder al Estado priista y argumentar que ellos eran los verdaderos conti­nuadores del nacionalismo de la Revolución, mientras el PRI se volvía cada vez más corrupto, au­toritario y neoliberal.

El caso de Emiliano Zapata es aún más ilustrativo. Por una par­te, distintos gobernantes, han buscado allegarse a su recuerdo para crearse la imagen del polí­tico que defiende las causas del pueblo bajo, especialmente las del campesinado.

De manera paradójica y sor­prendente, Carlos Salinas de Gortari también recurrió a la memoria zapatista para legiti­mar su política de privatización  del ejido. Por otro lado, des­de la muerte de Zapata, mo­vimientos sociales de los más diversos –desde campesinos hasta guerrilleros– lo han con­vertido en símbolo de sus lu­chas.

Al margen de la propagan­da oficial, la efigie de Zapata está presente de manera constante en mantas de protestas, en playeras de manifestantes o en pintas con­testarías. Destaca el caso del ezln, quienes han empleado el Zapata encapuchado como símbolo de su nuevo zapatismo; o el Zapata “punk” que jóvenes pintaban du­rante el Centenario de la Revolu­ción para hacer visible su rebeldía contra los valores del naciona­lismo y la cultura oficial. ElcCaso más reciente fue la controversia que despertó el cuadro del Zapa­ta “afeminado” pintado por Fabián Cháirez, que dejó atrás el naciona­lismo que elogia la figura del hé­roe macho y paternal, para dar lu­gar a un héroe nacional cercano a la reivindicación de la diversidad sexual.

Los movimientos feministas también han hecho lo propio en la subversión de héroes y símbo­los nacionales. Podemos men­cionar desde su acercamiento al Monumento a la Madre como una forma de trastocar las políti­cas maternalistas conservadoras que tanto defendió el nacionalis­mo revolucionario; hasta sus re­cientes pintas en el “Ángel de la Independencia” y a cuadros de Francisco i. Madero. Esta es una oleada feminista que ha recurri­do al embate iconoclasta contra símbolos nacionales como una forma de expresar el hartazgo y crítica a un Estado nacional don­de gobernantes y pobladores han naturalizado la misoginia y hasta el feminicidio.

Todos estos casos no son en absoluto anecdóticos, ya que de­muestran que más allá de un jui­cio moral sobre si el nacionalis­mo es bueno o malo, lo cierto es que se trata de un elemento que ha sido objeto de rechazos, apro­piaciones y usos que demues­tran que los símbolos y las iden­tidades también son parte de los argumentos con que se disputa y negocia en el campo de la po­lítica.