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La República domingo, 27 de septiembre de 2020

Sobre novelas, faros y barcos

Cumplo sesenta y nueve años dentro de dos meses, y a esa edad lo de elegir nuevos rumbos no es un acto banal. Ignoras cuántos viajes te quedan por hacer, y por eso es tan importante elegir bien unos y descartar otros.Parecían germanos, polacos o rusos. “Yo soy Landestoy de Baní” le dijo el otro.

  • Sobre novelas, faros y barcos

    Collage de novelas contemporáneas

  • Sobre novelas, faros y barcos
ARTURO PÉREZ REVERTE
TOMADO DE XL SEMANAL
MADRID, ESPAÑA

No es fácil decir adiós a una no­vela cuando aca­bas de escribirla. El alivio de termi­nar un trabajo, ponerle punto final a una sucesión de proble­mas narrativos que has resuel­to con más o menos eficacia, el consuelo de liquidar la dura y última etapa de relecturas y co­rrecciones interminables –co­mo dice mi amigo Juan Gómez Jurado, las novelas no se termi­nan, sino que se abandonan–, se ven empañados por la sensación de desarraigo y orfandad, la in­certidumbre de verse desterrado de un mundo que fue el tuyo du­rante meses, o años: un mundo no por imaginado menos real, donde un novelista vive sumer­gido durante una buena parte de su vida. Después de ese tiem­po en el que cuanto lees, miras, haces, escribes, amas u odias es­tá relacionado con la historia que narras, y te acuestas por la noche pensando en lo que vas a escri­bir por la mañana, y al desper­tar acudes al teclado con la certe­za de que en las siguientes horas escribirás la mejor página de tu vida… Después de todo eso, co­mo digo, cerrar esa etapa, sentir que tan agradable y mágica sus­pensión de la vida real en bene­ficio de la imaginada –o la com­binación de ambas– queda atrás y ya no te pertenece, saber que la novela está cerrada y nada más podrás hacer por ella, que a par­tir de ahora ya no es tuya porque será reescrita y completada por quienes la lean, te deja desorien­tado, confuso. Te deja más vacío y más solo.

Hasta ayer mismo, veinticua­tro horas antes de teclear es­tas líneas, viví diez meses con­centrado en una historia que acabó teniendo 650 páginas. Cuando la empecé el 1 de no­viembre del año pasado, creía que su escritura iba a llevarme un par de años; pero los me­ses de confinamiento y la suspen­sión de todos los viajes, o casi to­dos, cambiaron el calendario. La mayor parte de este tiempo, de ocho a doce horas diarias, lo he pasado escribiendo o leyendo li­bros relacionados con el asunto – cómo añoro el tiempo en que era lector inocente, o incluso novelis­ta primerizo y hasta ingenuo–. Y así, lo que en otras circunstancias habría supuesto un par de años de trabajo ha ido mucho más de­prisa. La novela está corregida, entregadas al editor las últimas pruebas y vista la portada. Quien quiera leerla, pronto la tendrá en sus manos. Estoy ahora, todavía, en esa zona gris, yerma, situada entre una novela acabada y otra que está por venir. Todavía no sé cuál será, aunque algo barrunto entre la media docena de posi­bles historias que a un novelista profesional lo acompañan como un enjambre de moscas zumbán­dole en torno a la cabeza. Sé que en pocos días estaré con ella, la que sea, entre otras cosas porque la necesito: no escribir una histo­ria determinada, sino vivir dentro de una nueva historia. Dejar de ser un escritor huérfano de mun­dos. Asegurarme otra vez meses o años de lecturas, de escritura, de esa fascinante incertidumbre tan parecida a navegar, fijarte un rumbo y un punto de arribada, moverte a la antigua, sin instru­mentos y por estima, enfrenta­do a toda clase de mares, vien­tos y calmas, y el día previsto o cualquier otro, a las tantas de la madrugada y con los prismáticos pegados a la cara, reconocer a lo lejos las ocultaciones y destellos del faro que al zarpar fijaste con un círculo de lápiz sobre la car­ta náutica. Y probarte a ti mismo, entonces, que lo has hecho bien y eres un buen marino.

Así estoy y así me siento aho­ra, estos días. He echado el hie­rro al fin a resguardo del vien­to, en fondo de arena, con cinco metros de sonda y treinta y cinco metros de cadena, y con el com­pás de puntas calculo, sobre otra carta náutica desplegada en la camareta, la nueva navegación y las singladuras necesarias pa­ra el próximo viaje. Cumplo se­senta y nueve años dentro de dos meses, y a esa edad lo de ele­gir nuevos rumbos no es un ac­to banal. Ignoras cuántos viajes te quedan por hacer, y por eso es tan importante elegir bien unos y descartar otros. Equivocarte es un lujo excesivo a estas alturas. Hay navegaciones que ya nunca harás, aunque soñaste con ellas, y eso entristece; pero también tie­nes la certeza de que, sea cual sea la próxima, la emprenderás con la lúcida entereza de quien sabe que tal vez no haya más –vivimos entre estachas de ballena, dice mi vie­jo amigo Manuel Coy, marino sin barco– y por eso debe ser disfru­tado cada viento, cada marea, ca­da singladura feliz, cada amanecer rojizo y cada puesta de sol incier­ta y gris. Cada velero con el que te cruzas entre dos luces, de vuelta encontrada, y que saluda en la dis­tancia con los tres destellos de una linterna solitaria. Y te preguntas cómo harán quienes no navegan, o quienes no escriben, o quienes no leen, para soportar sus propios finales de novela.