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La República viernes, 18 de septiembre de 2020

Panegírico

Un adiós de recuerdos

  • Un adiós de recuerdos
Emmanuel Esquea Guerrero
Santo Domingo, RD

Era el mes de agosto del 1971. Entré al aula y te divisé senta­do en la primera fila de la clase. Quizás por eso reparé en la cami­sa mangas cortas que llevabas y el corte de pelo que dejaban ver bien, tu mirada pueblerina, pero escrutadora.

Llamabas mi atención partici­pando en la clase con preguntas incisivas que pretendían poner­me en apuros, pero que demos­traban tu interés en la materia. Pero el enfrentamiento alumno-profesor vino cuando en el pri­mer examen parcial, te atreviste a cuestionar la existencia del De­recho Internacional Privado, que era la materia a estudiar.

Ahí entonces, la suspicacia se tornó en admiración. Y comencé a observar al joven que tenía fa­ma de gran deportista y una pro­funda vocación por el derecho.

Para ese entonces, me desem­peñaba como abogado auxiliar en la prestigiosa oficina de los hermanos Emmanuel y Welling­ton Ramos Messina, donde un día, por una de esas coinciden­cias de la vida, se me preguntó si yo estaba en disposición de entre­nar un paralegal que había sido recomendado por un allegado a la oficina. Pregunté su nombre y me mostré complacido cuando supe que se trataba de Emigdio.

Durante largo tiempo, com­partimos escritorio, uno frente al otro, y nos fuimos identifican­do en ideales y sentimientos. Co­mencé a incursionar de lleno en la política, pero ahí no me siguió, porque su mundo era el deporte. Siempre pensé que él era dema­siado puro para la política.

Luego vino la época de formar familia. Yo casé y Emigdio tam­bién. Ariel, su segundo hijo es mi ahijado y Emigdio y Sonia bauti­zaron a Ana Cristina, la mayor de mis hijas. Los Esquea devinieron Valenzuela y los Valenzuela se convirtieron en Esquea.

Llegó el momento en que la política me mandó a las Naciones Unidas por casi dos años; pero se­guido regresé, nos buscamos de nuevo para fundar nuestra pro­pia oficina Esquea & Valenzuela que ya tiene 40 años. Pero, ape­nas dos años más tarde, una vez más, la política me sustrajo de la vida profesional por cuatro años y Emigdio se quedó solo al fren­te de esa recién nacida oficina, mientras yo me desempeñaba asesorando al Presidente de la República.

Luego, durante ocho años más, mientras yo compartía mi tiempo con la Cámara de Dipu­tados y la presidencia del PRD, Emigdio se dedicaba en cuerpo entero a Esquea & Valenzue­la. Felizmente, luego vinieron nuestros hijos Christian, Fran y Ariel a darnos una mano en las tareas profesionales.

Esta es señores, en grandes pinceladas, la historia de unas relaciones que comenzaron como profesor-estudiante, si­guieron como amigos y colegas y pasaron por una sociedad, hasta terminar en una graníti­ca hermandad que se perpetua en nuestras familias y nuestros hijos.

¿Pero por qué el discurrir de estas relaciones se desarro­lló de esa manera? La única ex­plicación está en la calidad hu­mana que siempre adornó a Emigdio: La solidaridad, la to­lerancia y el respeto a los de­más, fueron dones que nunca lo abandonaron.

Sin embargo, esas no fue­ron las mayores virtudes con que Dios favoreció a Emigdio. Donde él llego a lo sublime, fue en el amor a su familia. Confie­so que nunca había conocido a una persona que amara tanto a su familia. Una familia nume­rosa por la cual se preocupaba y con la cual compartía penas y alegrías. Recuerdo que, siendo aún estudiante, me invitó a San Juan de la Maguana a conocer a sus padres y algunos herma­nos que entonces vivían en esa ciudad.

No solo se preocupaba por la salud de sus padres y her­manos, aunque fueran mayo­res que él, sino hasta de los cu­ñados y sobrinos. Yo aprendí a querer esta familia por la devo­ción que Emigdio le profesaba.

El sentido de la amistad, era proverbial en Emigdio. Los amigos de su infancia en San Juan, siempre gozaron de una distinción especial. Nunca los discrimino ni permitió que se dudara de ellos. A veces llegué a creer que se trataba de verda­deros familiares.

Pero también los amigos que cultivó en Santo Domingo, tan­to en la universidad como en los deportes y los tribunales, gozaron de un trato exquisito de su parte y hoy lamentan su partida. Muchas son las llama­das y notas de condolencia que he recibido desde el país y el ex­tranjero, de quienes lo conocie­ron y trataron.

Todas esas cualidades com­plementaron la figura de quien, sin lugar a dudas, fue un ser excepcional. No obstante, su verdadera vocación pendu­ló entre el derecho y los depor­tes. A pesar de su escasa mus­culatura, fue un prospecto del Baseball, llegando a represen­tar a la República en unos jue­gos juveniles celebrados en Co­lombia. Lo mismo sucedió con el Softball, donde al igual que en el Baseball, tuvo fama de jonronero.

La pasión y el conocimien­to de las disciplinas depor­tivas, hicieron que, siendo todavía universitario, man­tuviera una columna sema­nal de ese género en el pe­riódico El Nacional. Más tarde, ya en la adultez, su presencia en los campos de Softball era constante. Esa entrega deportiva, le lle­vó a ser miembro del Pabe­llón del Deporte Dominica­no durante 15 años, del cual renunció por un asunto de principios.

Emigdio cultivo el derecho como una razón de vida. Sus razonamientos jurídicos senta­ron criterios que sirvieron pa­ra no pocos jueces motivar sus sentencias. Sus escritos sobre el derecho llenaron las páginas de periódicos y revistas y eran seguidos por los estudiosos de esta materia.

Pero sus temas no so­lo eran de carácter legal, si­no que también escribía so­bre los principios que debían complementar la vida fa­miliar y social. Escribió una vez, un artículo de corte psi­cológico digno de una anto­logía, que denominó: “Ven­dimos la casa, más no el hogar”. Ahí describía el sen­timiento de los hijos al ven­der la casa familiar luego de la muerte de los padres.

Su primer libro con el título “Entre el Derecho y la Vida” re­coge gran parte de ese legado jurídico-social que tanto le pre­ocupó.

Esa misma inteligencia que lo motivaba por las cosas hu­manas, le advirtió que sus fa­cultades venían menguando y un día, se decidió por escribir su última obra que llamo “Va­demécum Jurídico”, en la cual quiso dar a los futuros aboga­dos, sus impresiones y viven­cias de la carrera de abogado. No olvidaré que me dijo: “Esto es lo último que voy a escribir” y así fue.

Señores, estamos ente­rrando un hombre que pasó por este mundo aportando a su familia y a la sociedad. Que vivió y murió –como él decía- “con el apuro del que tiene tiempo”. Que no hizo daño ni se regocijó nunca, del dolor ajeno. Que asumió su realidad con estoicismo y aunque no tuvo vocación religiosa, nunca renegó de Dios ni de su misericordia.

Estamos dejando aquí, el cuerpo de Emigdio, pero su al­ma se queda con nosotros, pa­ra que nos sirva de ejemplo de padre, esposo, amigo y ciuda­dano.

Descansa en paz, querido amigo, socio, compadre y her­mano. Descansa en paz en tu muerte, Emigdio, porque tú te ganaste esa paz, viviendo en guerra contra todos los males de este mundo.


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