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La República domingo, 13 de septiembre de 2020

El dedo en el gatillo

No country for old man

  • No country for old man
  • No country for old man
Luis Beiro
Editor de Lecturas de domingo

Cuando Vallejo escri­bió sus “Poemas Hu­manos”, los adultos saboreaban su clási­co ulular: “Las per­sonas mayores/ que manera de encontrarse con la muerte…”. De esa forma, el gran poeta peruano advertía que los viejos, a punto de morir, no cualquierizan la casuali­dad del encuentro con la vieja ma­rinera.

Sin embargo, los versos eran demasiado fuertes para un entor­no de pudientes.

“Los jóvenes no pueden gober­nar –decían- porque añoran ve­leidades paganas. Todavía no ad­vierten el entrecejo de las ruinas. Sin embargo, tienen mucha más ceguera para encender la valentía y luchar por lo que aman”.

Es cierto que la mente advier­te un nivel de equizofrenia cuan­do pretende demasiadas cosas a la vez, o a rearmar al tiempo. Pero de ahí a asumir las riendas del po­der sin mirar a su trastienda, pue­de llevar a la locura.

He advertido en algunos tex­tos infantiles del ayer la presencia del terror, y de la muerte. Pinocho, Caperucita, Jack y los frijoles má­gicos, El gato con botas y El flau­tista de Hamelin proponen enfren­tamientos entre el bien y el mal, con el peligro del ajuste de cuentas. En los casos de Pinocho y Caperucita, la muerte aparece en metáforas co­mo el vientre de una ballena, o una manzana envenenada.

La moraleja salvó muchas de esas historias . Pero era inevitable retratar la paradoja del temor. Antes se juga­ba con los símbolos para advertir co­rrerías y desafueros. Hoy, las señales se han simplificado en rostros de anima­les o aventuras al más allá, sin otra ex­plicación.

Varias generaciones digerimos los relatos del ayer y todavía los creemos insuperables. Aquella lo­cura hoy viste urgencias no progra­madas en moralejas. Existen ecua­ciones que el tiempo no ha podido resolver y todavía se inscriben en las arrugas de ciertos rostros que todo lo ambicionan.

 Leí “Cien años de soledad” pos­trado en el camastro de un viejo hospital habanero. Me fascinó el cambio generacional de los Buen­día y cómo nada pudo frenar la per­petuidad de un apellido. Advertí en aquellas páginas que la victoria no solo iba a parar a manos del líder que más y mejores ejércitos forma­ra, sino en el que demostrara mayor ambición e inteligencia. Los Buen­día aprendieron a gobernar con las premoniciones de la lluvia. No acuartelaron a sus tropas, sino que las lanzaron como piedras de sa­crificio en busca de nuevas y me­jores conquistas. Creyeron en el destino e intentaron un futuro que estuvo lejos de arremolinar a cas­tas inocentes.

Aquella lección del Gabo ha tras­cendido a este presente donde los Buendía aparecen en equipos elec­trónicos y en enfermedades conta­giosas, destruyendo a su paso todo lo que huele a viejo: desde la músi­ca sinfónica hasta las obras literarias que, como “Cien años de soledad”, nunca van a caer en las redes de un infortunado pescador que regresa en su barcaza con la captura nece­saria para mantener un día a su fa­milia.

Otro libro me dio la clave para no perder la fe en el amor. “La tregua”, de Mario Benedetti, por estos días cumple sesenta años, a pesar de que sus ediciones digitales son supera­das por textos de autoayuda.

Del escritor uruguayo se aprende el poder de la atracción física. Cómo se puede aspirar a un cuerpo joven que arde en de­seos de compartir algo más que su experiencia. Con gracia sure­ña y refrescante sentido tragi­cómico, Benedetti demostró la magnitud del pan sobre la mesa, y su no pertenencia a un intenso clamor, sino a un conglomerado de circunstancias, muchas veces más poderoso que un rostro em­bellecido.

Ser de izquierdas no es un pasa­tiempo inexplorado. Como ciuda­dano de izquierdas, en Cuba luché por un futuro que solo existió en mentes exóticas, portadoras de una forma caprichosa de ostentar el po­der y que en menos de un año des­echaron toda su ideología. Entregué  mi escasa intuición a un sueño deve­nido en pesadilla y que muchos ade­lantan en su imaginación cantando slogans y consignas pasadas de mo­da. En otras palabras: perdí mi tiem­po, es decir, solo mío es el precipicio.

Cuba es un país para viejos a me­dia voz, de los que andan con la ca­beza baja y la mirada perdida en las calles polvorientas, en busca de un inacabado porvenir que nunca va a aparecer.

Los otros viejos, los de entonces, al decir de Neruda: “…ya no somos los mismos”.

No me equivoco al pensar que tan­to Gabo como Benedetti (escritores latinos y hombres de izquierda am­bos) comprendieron la importan­cia de callar en el lugar debido y de­jar correr al pez sus mares preferidos, devorando, a su paso, todo cuanto oliera a desafío.

Esa agudeza los ha convertido en ídolos. No se pudrieron en su pro­pia escritura. Estatuas variopintas los aplaudieron: Elogiados rumiantes y vasallos.

¿Moraleja? No tensar la cuerda y no dejarse provocar por un séquito de hormigas, puede ser la elogiada estrategia. Aunque seamos más “vie­jos” cada día.


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