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La República domingo, 13 de septiembre de 2020

Narcotráfico

Esas Reinas del Sur chungas

  • Esas Reinas del Sur chungas

     La actriz Kate del Castillo junto a la novela que dio origen a la famosa teleserie.

  • Esas Reinas del Sur chungas
Arturo Pérez Reverte
MADRID, ESPAÑA TOMADO DE XL SEMANAL

Me gusta la pala­bra chungo para definir algo falso, malo o de escasa confianza: suena bien, es muy española y más con­tundente que el ridículo fake tan de moda en las redes sociales y fuera de ellas. Lo de chungo, que provie­ne del habla delincuente, fue voca­blo triunfador en el último tercio del siglo pasado, cuando se usaba mucho.

Quizá recuerden ustedes aque­llos estupendos cómics margina­les de Gallardo y Mediavilla, los de Makoki, Emo y compañía, que con mucha guasa sus autores reivindi­caban como línea chunga frente a la famosa línea clara de Hergé. Lo de chungo, como digo, me gusta y lo uso a menudo, sobre todo en esta deliciosa España que estamos dejando a nuestros nietos. Hoy se utiliza menos, pero viene perfecto para el asunto del día: Reinas del Sur chungas. Y me van ustedes a perdonar la chulería, o no, pero lo de reinas chungas lo digo con cier­ta autoridad, porque al fin y al cabo fui yo quien inventó la cosa. Y a eso vamos.

Vaya por delante que el asunto me irrita. Desde hace veinte años, cada vez que en México es deteni­da una mujer relacionada con el narcotráfico, los medios de comu­nicación de allí sacan la reina de la baraja: Reina del Sur, Reina del Pa­cífico… Les encanta titular por ahí. Cada narca trincada es automáti­camente una reina. La más famosa es Sandra Ávila Beltrán –llamada Reina del Pacífico–, pero en fecha reciente llevo contabilizadas otras tres mexicanas a las que se ha co­locado el título de Reina del Sur o se lo han atribuido ellas por la cara: una tal Cecilia, una tal Liliana Her­nández y una tal Beatriz, todas del estado de Puebla. Y eso fastidia, co­mo digo, porque me siento como si violaran al personaje. En especial porque en todos los casos, inclui­do el de Ávila Beltrán, se trata de criminales de chichinabo, tiñalpas de baja categoría, jefas de peque­ñas bandas dedicadas al menudeo de droga, asalto de casas o robo de combustible, y en ningún caso rei­nan sobre nada que valga la pena considerar.

Aplicar a esas pedorras el apo­do de Teresa Mendoza, la mujer le­gendaria que revolucionó el narco­tráfico entre América y Europa en los años 90 y creó un imperio en el estrecho de Gibraltar, es ofensivo para el padre de la criatura. Y co­mo el padre soy yo, me llevan los diablos. Fue la propia Ávila Beltrán –una oscura enlace entre dos cárteles mexicanos de la droga, mujer gua­pa y novia de narcos– la que, en una conversación mantenida en prisión con el periodista Julio Scherer, lo de­jó bien claro: «A mí el personaje de Pérez-Reverte me chingó la vida. Me llamaron Reina del Pacífico, me die­ron demasiada importancia y se en­sañaron conmigo». Incluso, para su desgracia, hubo quien afirmó que la Teresa Mendoza de la novela se ins­piraba en ella, lo que agravó más la situación. De nada sirvió que yo mismo, y también mis amigos el novelista sinaloense Élmer Men­doza y el periodista César Batman Güemes, testigos del parto, ase­gurásemos que nunca conocí a la tal Ávila Beltrán ni había existido una auténtica reina de nada, que el mío era un personaje de fic­ción construido mediante visitas y conversaciones con narcos de mucha más categoría en México, Marruecos y España, y que era im­posible –y por eso escribí la novela, para hacerlo posible– que una mu­jer alcanzase tal grado de poder en un mundo tan cerrado y machista como entonces era el del narcotrá­fico. Pero dio igual. No iba la reali­dad a estropear un bonito titular de prensa, o varios. Ni una extradición a los Estados Unidos.

Más tarde, para cargar la mano, el éxito de la novela y su adaptación a dos series de televisión de enorme audiencia, una en inglés con Alice Braga y otra en español con Kate del Castillo, multiplicaron el efecto. Llo­vieron reinas a carretadas, y en cada ocasión los medios mexicanos repar­tían, y siguen haciéndolo, títulos de realeza con una prodigalidad asom­brosa.

En cuanto a una mujer la detienen por algo relacionado con drogas, es reina de algo: del norte, del sur, del este, del oeste, del Pacífico o del At­lántico. Supongo que, en el fondo, debería sentirme halagado por lo le­jos que anduvo mi personaje, sue­ño de cualquier novelista; pero no puedo evitar el malestar cuando lo rebajan de tal manera. Aunque eso tenga, también, satisfacciones que endulzan el asunto; como lo ocurri­do aquel día en Culiacán, Sinaloa, cuando rodaba un reportaje sobre el personaje con Pablo Solórzano y Carmen Aristegui, y en la calle Juá­rez se nos acercó una cambiadora de dólares, veterana de buen ver, a preguntar qué hacíamos. Y al decir­le que un reportaje sobre la Reina del Sur, sonrió, se golpeó orgullo­sa el escote, señaló el lugar y dijo: «¿Teresita Mendoza?… Yo la conocí bien, y gran amiga mía que era. En esta misma esquina se ponía».


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