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La República martes, 12 de noviembre de 2019

Enfoque

Los dilemas de la OEA que yo viví

  • Los dilemas de la OEA que yo viví
GEDEÓN SANTOS
Washington, DC

Luego de pasar tres años como embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA), he podido constatar en la práctica que existen trampas en nuestro hemisferio que tenemos que superar si queremos una región en paz y en desarrollo. Algunas de estas trampas se presentan como dilemas que nos obligan a tomar partido debido a su impacto en el devenir de nuestras naciones. Y dado que a lo largo de los años de vida de la OEA no se han encarado con fuerza ni con determinación, esas trampas han terminado erosionando la capacidad operativa y la credibilidad de esa institución.

Derecho vs. poder
La primera trampa a la que tenemos que ponerle atención es al clásico conflicto entre derecho y poder. Terminada la Segunda Guerra Mundial nuestro hemisferio decidió crear un conjunto de instituciones llamadas a promover la paz, la seguridad y la convivencia pacífica. El sistema debía basarse en la idea de igualdad ante las leyes internacionales, de respeto a la soberanía y de cooperación entre nuestras naciones. Sin embargo, dadas las asimetrías entre los diferentes países, siempre hemos tenido que luchar contra la tendencia de que el poder se imponga al derecho en nuestras relaciones hemisféricas. Y creo que desde su fundación ese ha sido el gran dilema de la OEA: si es una institución para la aplicación del derecho o simplemente instrumento del poder. Y es lamentable ver que aún hoy la OEA muestra serias debilidades y carencias de mecanismos que le permitan un efectivo control del poder, el que permanentemente está intentando imponer su voluntad sin importar que en su intento se lleve de plano al derecho internacional garante de la igualdad entre nuestras naciones.

Las intervenciones blandas
Uno de los instrumentos clásicos de dominación utilizado por el poder ha sido el intervencionismo en sus diferentes formas. Las más grotescas de las intervenciones eran las militares. Sin embargo, debido a sus costos humanos, económicos y de reputación, esta forma de intervención se usa cada vez menos. En el siglo XXI las intervenciones duras o físicas son odiosas, indeseables y mal vistas por la comunidad internacional y difíciles de justificar en una región donde se profundizan los valores democráticos, por lo que esa forma de intervención, cada vez más, está siendo sustituida por las llamadas intervenciones blandas. Esta forma de intervención disfraza su deseo de dominio a través de la diplomacia suave. El intervencionismo blando es permanente, silencioso, encubierto y operativizado de múltiples maneras aunque con los mismos efectos: la imposición de la voluntad del más fuerte ante el más débil. Y no importa que adopte la forma de amenaza, sanción o injerencia verbal, siempre será una violación al derecho de cada nación de decidir su propio destino. Y uno se pregunta: ¿Puede la OEA enfrentar las intervenciones blandas y hacer imperar las leyes internacionales o será cómplice con su silencio o con su accionar de una de las más ilegales violaciones a la soberanía y a la autodeterminación de nuestras naciones?

Democracia vs. soberanía
Con los años pude descubrir, que el real debate que subyace en las discusiones en el seno de la OEA en la coyuntura actual es la disyuntiva entre democracia y soberanía. Sin embargo para mí es un falso debate, pues tanto la democracia como la soberanía son partes claves del Estado moderno y del sistema internacional que hemos creado. Pienso, que la democracia sin soberanía es como intentar ser libres dentro de una jaula. La democracia no trabaja en abstracto, se basa en instituciones que para su funcionamiento han de ser independientes y libres de cualquier injerencia. Esto quiere decir que la soberanía es consustancial a la democracia, pues ninguna democracia puede operar sin la independencia originaria que emana de la soberanía. Más democracia y más soberanía debería ser la consigna que mueva las aspiraciones de la OEA.

Sin embargo, el organismo hemisférico está muy lejos de esa aspiración, pues se ha llegado tan lejos en este falso dilema, que se ha querido incluso, dar mayor jerarquía a la Carta Democrática que a la Carta Constitutiva de la organización cuyos pilares fundamentales se basan justamente en la soberanía y la autodeterminación. Y yo me pregunto, ¿qué nos queda sin la soberanía? Sólo la vergüenza de vivir bajo los dictámenes de otro, la vergüenza de olvidar la sangre de nuestros mártires y la ignominia de haberle fallado a nuestros padres fundadores. ¿Y de qué sirve entonces llamarnos demócratas si tenemos que cargar con la vergüenza de haber matado la soberanía y de haberle fallado a nuestra historia?

Democracia fallida vs. Democracia integral
Además, la democracia con la que se ha querido suplantar la soberanía deja mucho que desear. Y es que la democracia que vivimos especialmente en América Latina ha sido incapaz de integrar a las grandes mayorías al desarrollo y al bienestar colectivo. Una gran parte de nuestros ciudadanos viven en una democracia de la prosperidad que nunca llega y del sueño que nunca se hace realidad. Una democracia cosmética que maquilla la pobreza y encubre la desigualdad. Una democracia promovida por privilegiados que tienen sus problemas resueltos. Una democracia cuyos apologistas la han querido reducir a las libertades públicas y al derecho a votar.

Y yo me pregunto, ¿de qué le sirve a un ciudadano de las favelas de Brasil, de los cerros de Venezuela o de las cañadas de Santo Domingo tener libertad de expresión y derecho al voto si a la vez no puede vivir una vida digna? Estamos frente a una democracia fallida, pues es incapaz de otorgar plenos derechos y equidad al conjunto de sus ciudadanos. Una democracia así es una bomba de tiempo, una caldera a punto de estallar, un vaso casi lleno a la espera de la gota que desatará la violencia de las frustraciones reprimidas y de las desigualdades vividas.  Y lamentablemente esa es la democracia que tanto se defiende en el seno de la OEA. La pregunta es: ¿se puede sentir orgullo de seguir promoviendo una democracia fallida o definitivamente damos el paso hacia una democracia integral?

Ideología vs. Institucionalidad
Otro dilema en la OEA de hoy es la frecuente colusión entre ideología e institucionalidad. Con frecuencia el deseo de imponer una posición ideológica choca con el tinglado institucional y pone a prueba la fortaleza de la estructura jurídica de la OEA. En mis tres años en la Institución mi experiencia fue, que la ideología que sustentaba el poder terminaba venciendo las normas institucionales a través de interpretaciones acomodaticias y coyunturales que han terminado erosionando seriamente los cimientos doctrinarios de la institución. Así, desde el orden parlamentario hasta la interpretación de la carta constitutiva eran permanentemente sometidas a un debate que más que jurídico-institucional era ideológico-coyuntural. La esencia del problema radica en que una institución interestatal de alcance hemisférico, para que sea estable y creíble debe sustentarse en la rigidez y estabilidad de la norma, de manera que los Estados miembros se sientan protegidos por ella. La pregunta es: ¿pueden, por ejemplo, los Estados pequeños sentirse a salvo si la norma que debe protegerlos puede ser cambiada coyunturalmente con fines puramente ideológicos para complacer al poder?

Bolívar vs. Monroe
En mis tres años en la OEA he podido sentir, que los espíritus y fantasmas de Simón Bolívar y de James Monroe aún deambulan en el siglo XXI por los pasillos de esa institución, remembrando las viejas luchas entre hegemonía e independencia y entre colonialismo y autodeterminación. Sólo espero como latinoamericano, que por el bien de nuestros pueblos y por la memoria de nuestros mártires, Simón Bolívar salga vencedor.


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