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La República sábado, 25 de mayo de 2019

Lo que no se ve.

El 1994 del PRI y el 2020 del PLD

  • El 1994 del PRI y el 2020 del PLD
Ricardo Pérez Fernández | ECONOMISTA Y POLITÓLOGO
@ricardoperezfde
Santo Domingo

A propósito de la recién estrenada y ya popular docuserie “1994”, relativa al período político comprendido entre las presidencias de Miguel de la Madrid y de Ernesto Zedillo en México, resulta propicio el momento para reflexionar sobre las lecciones derivadas de aquel capítulo histórico, una vez proyectadas sobre la realidad del PLD del tiempo presente.

La docuserie referida, desarrolla los principales acontecimientos sociales, económicos y políticos acaecidos entre los años de 1988 y el 2000, lapso en el que, precisamente, se verifica el punto de inflexión y quebrantamiento que daría al traste con 70 años de gobiernos consecutivos del PRI.

Y es que desde 1930, aunque en esa época bajo las siglas del PNR, hasta el año 2000 con la victoria de Vicente Fox del PAN, nadie que no fuese un priista detentaría la presidencia de la República. De hecho, la primera organización política de América Latina en devenir en Partido-Estado, sin duda alguna, sería el PRI de México, lo que en una ocasión llevó al escritor premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, a bautizar el sistema construido por esta organización política como la dictadura perfecta. Esto anterior, argumentaba el letrado peruano, toda vez que habrían logrado conseguir revestir de democracia, por vía de la celebración de elecciones continuas y de relevos ininterrumpidos a nivel presidencial, un engranaje estatal que les permitía ejercer un control y un dominio solo equiparable al de las dictaduras.

¿Qué sucedió entre 1988 y el año 2000 para que, finalmente, saliera el PRI del poder? ¿Cuáles lecciones, si alguna, habría en ese acontecimiento para el Partido de la Liberación Dominicana?

Nuevo milenio sin el PRI
No tendría por qué sorprender a nadie enterarse de que las razones que explican la salida del PRI del poder, luego de 70 años consecutivos al mando, son las mismas que han causado el desplazamiento de otras fuerzas políticas, indistintamente del país que se trate, del credo ideológico que profesen o del tiempo que hayan dirigido el Estado. Entre 1988 y el año 2000 se sucederían una crisis política que la iniciaría la escisión de la Corriente Democrática del PRI, que posteriormente se convertiría en el PRD mexicano, y la elevaría a recuerdo imborrable, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, quien como candidato presidencial para las elecciones de 1994 aspiraba a reformar el partido y el Estado mejicano. Luego, la inestabilidad social y política en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, matizada por alzamientos indígenas en el estado de Chiapas; protestas sociales y rechazo a la corrupción; privatizaciones impopulares y hacia el final de su mandato, más violencia política. Finalmente, a partir de finales de 1994, y a inicios del mandato de Ernesto Zedillo, iniciaría una brutal crisis económica que sellaría el destino del PRI, al menos para las elecciones del año 2000.

Fue la tormenta perfecta, que encontraría su génesis en un reclamo a lo interno del partido en el 1987 para que se sustituyera “el dedazo” como método de escogencia de los candidatos presidenciales, y que fraguaría lenta pero progresivamente en los 12 años posteriores. Sin embargo, indudablemente, el punto álgido lo constituirá siempre lo sucedido a Luis Donaldo Colosio, y no solo por la manera desalmada y escalofriante en que fue asesinado, y ni siquiera porque siempre se ha sospechado que este magnicidio tuvo un autor intelectual en las altas órbitas del PRI, sino por lo que simbolizó su extinción de la escena política del momento.

Colosio aparentemente entendía con claridad los tres desafíos de su coyuntura: un partido deformado y desnaturalizado por su anquilosamiento en el poder; una sociedad que exigía justicia y consecuencias ante las aberraciones políticas del momento; y una desigualdad socioeconómica que precisaba de una urgente intervención que apartaría a su partido del sendero del neoliberalismo de Salinas. La dificultad, naturalmente, era que emprender estas transformaciones equivalía, en múltiples órdenes, a arremeter contra la cultura, conducta y legado de su propio PRI. Y por ello, pagó el precio.

Pero es justamente en esto, en los diagnósticos y propuestas articulados por Colosio, que podría residir una lección aprovechable para el PLD.

EL PLD de hoy y mañana
El PLD, al igual que aquel PRI, también ha derivado en un Partido-Estado, donde la jerarquía máxima de la organización es un espejo de fieles reflejos de la jerarquía máxima del Estado. Este PLD, al igual que el PRI, necesita de una profunda reforma, donde el partido recobre su identidad y propósito organizacional, y pueda ser capaz de desarrollar agendas orgánicas que sean representativas de la problemática dominicana de esta segunda década del siglo XXI que pronto iniciará. Al igual que el México de los tiempos de Colosio, un amplio sector de la República Dominicana de hoy, exige más institucionalidad, más justicia, más seguridad, más equidad y mayores y mejores oportunidades. Y aunque no hayamos verificado una crisis como la que le tocó enfrentar al presidente Ernesto Zedillo, nuestro ritmo de endeudamiento, la baja presión tributaria, la deficiente calidad del gasto público y nuestro modelo productivo, podrían estar sonando clarinadas de lo que ha de venir.

Pero aquí, al PLD de ahora, como al Colosio de ayer, le asoma el mismo dilema: es que no hay manera de enderezar las torceduras citadas previamente sin que en ese esfuerzo se arremeta contra, al menos, algunas ejecutorias, algunas políticas y algunos protagonistas del exitosísimo PLD de ayer. Por eso, no será labor de esta generación, la que continuará reinando uno o dos cuatrienios más, acometer las transformaciones necesarias. Será esa una labor de la generación de relevo, que, esperemos, no tenga que pasar por una tragedia al estilo Colosio para ver cristalizar su responsabilidad histórica.

Si fuese un peledeísta del mañana el depositario de esa tarea, tendrá que ser valiente en señalar con autoridad y coherencia los errores y excesos de su partido del ayer, para así reconstruir la relación partido-sociedad que permita a ese PLD ser una opción deseable por inspirar, en lugar de una elección por resignación.

A veces la valentía consta solo de eso, de salir y enfrentar tu pasado para redefinir tu futuro. Eso hace un verdadero reformador. Y no olvidemos lo que dijera Maquiavelo sobre los reformadores, parafraseado casi fidedignamente por el presidente Salinas de Gortari al inicio de “1994”: el reformador se enfrenta a doble desventaja; porque por un lado, los cambios efectuados pasan a afectar de inmediato y negativamente al status quo, pero las bondades y beneficios de esos mismos cambios solo se verán en el tiempo, cuando tal vez ese reformador ya sea un recuerdo del pasado. Necesitamos reformadores.