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La República sábado, 13 de abril de 2019

LO QUE NO SE VE

¿Muere nuestra democracia?

  • ¿Muere nuestra democracia?
Ricardo Pérez Fernández | ECONOMISTA Y POLITÓLOGO
Santo Domingo

Muchos pensarían que para poder afirmarlo, tendría que darse, por ejemplo, el encarcelamiento injustificado de una alta figura de la oposición política del momento. Otros probablemente entiendan que no se puede decretar la muerte de una democracia, sin que se registren asesinatos de periodistas y de opositores políticos de todos los niveles; cierres arbitrarios de medios de comunicación; espionaje generalizado o acciones de todo tipo dirigidas a perjudicar y a arrodillar a cualquiera que se oponga a los poderosos de turno. Algunos otros pensarán que tiene que darse el fraude en las urnas, o un franco y desafiante desconocimiento de resultados electorales, para poder afirmar de manera definitiva que la democracia de ese lugar en específico marcha hacia su extinción.

Sin embargo, hay otra visión sobre esta misma interrogante; una que conduce a identificar la muerte o el declive progresivo de las democracias, desde una perspectiva que se enfoca en identificar acciones y conductas mucho más sutiles e inapreciables que las enunciadas anteriormente.

Y, ¿cómo muer en las democracias?
En el libro “How democracies die” (“Cómo mueren las democracias”), los cientistas políticos de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, plantean una tesis que invita a la reflexión.

Estos establecen que, en realidad, las democracias contemporáneas perimen, o aceleran su paso hacia la extinción, cuando se erosionan las normas conductuales y la cultura sociopolítica que sustenta el tejido institucional de la sociedad que se trate.

En una crítica abierta al filósofo francés Montesquieu, a quien se le atribuye haber concebido la idea de la separación de poderes sobre la que se terminaría edificando la constitución de la primera de las democracias modernas, la de Estados Unidos de América, Levitsky y Daniel argumentan que las democracias son mucho más que la simple separación de poderes vindicada por el pensador francés.

Los autores afirman que en los tiempos actuales, las constituciones no fungen como ariete a los pretendidos excesos del poder, como pensó Montesquieu, ya que gobernantes autoritarios como Reyyip Erdogan de Turquía, Vladimir Putin de Rusia y Nicolás Maduro de Venezuela, para solo mencionar algunos, han acomodado la normativa constitucional y la de otros marcos legales, en un intento de guardar las formas y de revestir de legitimidad sus desbordamientos. De ahí que, al supuesto freno a las ambiciones desmedidas de poder que tendría que representar la constitución, Levitsky y Daniel le hayan perdido la fe.

La política de tierra arrasada tan común en estos días, donde políticos y partidos ejecutan todo lo que esté a su alcance para imponer sus ideas y sus criterios sobre el ideario pulverizado de la oposición, va en contra de uno de los principios cardinales de las democracias que menos se menciona: aquello de que, lo que va, viene.

¿Qué quiere decir esto último en el marco de este tema? que en una democracia real, donde hayan libertades plenas y alternancia en el poder, ningún actor tendría incentivos para erigir marcos institucionales expresamente dañinos a la oposición, por tenerse la certeza de que en algún momento, el poderoso de turno volverá a la oposición, y este sería, entonces, víctima de su propia perversidad.

Pero, esto justamente es lo que está sucediendo en muchas democracias contemporáneas, y lo que subyace a este accionar, son los pilares identificados por los estudiosos de Harvard como los más nocivos y amenazantes para la supervivencia de las democracias de nuestros tiempos: la intolerancia mutua y la intolerancia institucional.

Las intolerancias como principio del fin
En el siglo XXI, el autoritarismo no se vale de tanques, ni de violencia callejera a través de fuerzas represivas formales. No, la estrategia de acción ahora consiste en la compra de periodistas, en extorsionar y corromper a opositores, en coaccionar a empresarios, y en espiar a cualquier actor social ---sea este un individuo o un colectivo social--- con miras a potenciar las posibilidades de alguna intimidación o chantaje, para que estos le permitan actuar como si los limites establecidos a su poder no existieran.

Tanto la intolerancia mutua como la intolerancia institucional están implícitas en lo anterior; no tolero a quien me adversa, y por ende hago lo necesario hasta doblegarlo, o descalificarlo: no tolero los limites que me impone la institucionalidad, y en consecuencia hago lo necesario para, en efecto, anular el contrapeso de los poderes y para poder adecuar las normas a mis propósitos. En esto, más que recurrir a la violencia política y un quebrantamiento burdo de la legalidad, se navega en el océano gris de la perfidia y la vileza, donde la profundidad de lo posible permite siempre la negación plausible ante las acusaciones de ilegalidad.

Por eso hacen tanto hincapié, Levitsky y Daniel, en enfocarse en el estado de las normas y la cultura y no solo en los aspectos de ilegalidad, cuando se intenta entender por qué retrocede la democracia en tantos lugares; y realmente tiene sentido este argumento. Y si no lo cree, aquí una pregunta ilustrativa: ¿Qué ha transformado más las democracias contemporáneas, los cambios en su arquitectura institucional o la horizontalización de la comunicación; o las transformaciones que sufre el empleo dada la revolución tecnológica; o la expectativa de la inmediatez acarreada por estos tiempos líquidos; o la profundización de la desigualdad? Evidentemente, la pregunta es retórica.

Cuando en 2016, siendo aún presidente Barack Obama, murió el juez de la Suprema Corte de Justicia, Antonin Scalia,  el presidente, ejerciendo su competencia, presentó su propuesta para quien tendría que sustituir al fallecido. En una acción sin precedentes en la historia contemporánea de Estados Unidos, el senado se negó a si quiera evaluar al candidato propuesto. Simplemente decidieron bloquear esta facultad del presidente por entender que había que hacer lo que fuera para garantizar que un juez conservador y no liberal, ocupara la nueva vacante.

Dicha acción no fue ilegal, pero despedazó una norma que, hasta ese momento, se había respetado. Eso exacerbó más las divisiones entre los bandos, y la consecuente radicalización daría a Estados Unidos y al mundo un Donald Trump presidente, y con él,  una embestida permanente contra los pilares que sustentan la democracia norteamericana.

Entonces, entendiendo, contextualizando y extrapolando lo aquí expuesto, ¿muere o afianza su vida la democracia dominicana? Ustedes dirán.


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