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La República sábado, 02 de febrero de 2019

LO QUE NO SE VE

Cuando en la división está el triunfo

  • Cuando en la división está el triunfo
Ricardo Pérez fernández | ECONOMISTA Y POLITÓLOGO
@Ricardoperezfde

En múltiples escritos, entrevistas e historietas de corrillo, personas cercanas y no tan cercanas al expresidente norteamericano Bill Clinton, han afirmado lo mismo: que aunque este fue presidente y logró su reelección, siempre ha cargado con la molestia, cual piedrecilla en el zapato, de haber resultado electo dos veces sin nunca haber alcanzado el 50% de los votos. Es decir que, en cierto sentido y a decir de algunos, este siempre ha sentido que sus triunfos electorales pudieron gozar de más legitimidad de la que gozaron.

Naturalmente, si de los resultados de esas elecciones de 1992 -las primeras ganadas por Bill Clinton- derivaron algunos sentimientos de decepción para el ganador, imaginemos entonces lo que estos significaron para el perdedor, el presidente a la sazón, George H. W. Bush, quien procuraba su reelección en el cargo.

Cuando se analiza desde una perspectiva amplia dicho proceso electoral, se llega a la conclusión ineludible de que tanto lo que materializó la derrota de Bush, así como lo que alejó más a Clinton del manto de la legitimidad absoluta que otorga cruzar el umbral del 50% de los votos, fue la candidatura independiente del multimillonario Ross Perot.

Caso Clinton/Perot
Tras su paso por el poder entre 1980 y 1988, Ronald Reagan había redefinido el código axiomático del credo conservador, y había logrado que su vindicación fuese un ejercicio de febril pasión. Reagan había instalado con éxito entre la clase empresarial la teoría del “trickle-down economics”, o el “efecto derrame” sobre la economía, que en esencia planteaba que si los de arriba, los generadores del capital y de las riquezas pagaban menos impuestos, entonces ese ahorro se traduciría en mayores inversiones, lo que a su vez significaría más empleos y mejores salarios para todos los demás. Pero, cuando quien había sido vicepresidente durante esos ocho años lo sucedió en la presidencia, y las circunstancias lo obligaron a romper una promesa de campaña que, precisamente, iba muy en contra del credo instalado por Reagan, una parte de la base neoconservadora del Partido Republicano entendió que Bush los había traicionado, y que este ya no era un fiel y digno portaestandarte de las prédicas sacrosantas del ‘reaganismo’.

Esto anterior, entonces, dio espacio a que surgiera Ross Perot, un empresario multimillonario originario del estado de Texas, y quien muchos entendieron representaba más genuinamente la nueva marca del conservadurismo. Al término de aquellas elecciones, Perot obtendría un 19% de los votos, el presidente Bush, en procura de su reelección, un 37% y Clinton, el ganador, un 43%. Tras tenerse toda la información, luego de transcurrido el proceso, del perfil de los votantes de Perot, se determinaría que alrededor de un 70% de estos eran republicanos y el restante 30% entre independientes y demócratas que aspiraban a una figura extra-partido.

Como se ve, y se puede calcular, si no se hubiese dado esa división entre las filas de los electores conservadores, y si estos desprendimientos no se hubiesen situado geográficamente como lo hicieron, Bush, hubiese resultado reelecto. Aquí, la división de los conservadores dio a Clinton su victoria, aunque la misma no le satisficiera del todo.

Caso Bush/Nader
En la contemporaneidad estadounidense, la historia de Ross Perot en el 1992 no solo se repetiría con él mismo en el 1996, sino también en el año 2000, con la participación en dichas elecciones del abogado y activista político Ralph Nader. Y es que, aunque en ese proceso electoral participarían otros candidatos independientes con votaciones significativas en el estado que sería el decisivo al momento de coronar al ganador de aquellas elecciones -el estado de la Florida-, se ha podido demostrar, a partir de informaciones de encuestas a boca de urna, que aquellos demócratas que, de Nader no haberse postulado hubiesen votado por el candidato del partido, hubiesen sido más que suficientes para darle el triunfo a Al Gore sobre George W Bush, al margen todo lo acontecido en aquel estado en el proceso de votación.

Este, entonces, es otro caso donde la división de los electores demócratas, terminarían por darle el triunfo al candidato contrario.

¿Caso Trump/Schultz/Bloomberg?
La debilidad político-electoral que muestra el presidente Donald Trump -ya no solo palpable en las encuestas, sino en los resultados, estado por estado, de las elecciones de 2018- está incentivando a muchos a considerar emprender una candidatura presidencial. Pero, no solo en los partidos tradicionales, donde en el caso del demócrata, desde ya se vislumbra que esta será una contienda que podría contar con más de una veintena de precandidatos, y en el republicano también se rumora que podrían haber desafíos al intento de reelección de Trump, sino que de nuevo, surge el interés de los extra-partido de intentar hacerse con la presidencia en Estados Unidos.

De quienes podrían encabezar propuestas independientes en las elecciones de 2020, dos están acaparando toda la atención de medios de comunicación y seguidores de la política: Michael Bloomberg, el multimillonario fundador de la corporación homónima y exalcalde de Nueva York, y Howard Schultz, también millonario y exgerente de las tiendas de café Starbucks, mundialmente conocidas. Y la lista no se limita a ellos, otros nombres pululan entre pasillos, diarios y noticiarios, como el de Tom Steyer, también multimillonario, fundador y exgerente de fondos de inversión, y el de Oprah Winfrey, empresaria del mundo del entretenimiento, pero los casos Bloomberg y Schultz son los de mayor resonancia.

Como habrán advertido, estos dos perfiles son muy parecidos al del actual presidente: magnates multimillonarios que se interesan por hacer carrera política. La única diferencia entre estos y Trump, descansa en los cimientos político-ideológicos de sus propuestas: mientras Trump, en teoría, es conservador, Bloomberg y Schultz son fundamentalmente liberales.

¿Qué podría significar esto en la contienda electoral de 2020? Si el candidato de los republicanos volviese a ser el presidente Trump -que es lo más probable, salvo a que haya salido de la Casa Blanca por otras circunstancias- este mantendrá la base de apoyo que lo llevo al poder en 2016: a republicanos, a algunos conservadores tradicionales, a ultranacionalistas y a algunos independientes “anti-establishment”, que por sí solos, ya sabemos, no son suficientes para garantizar su reelección. Sin embargo, la reelección de Trump no tendría que darse por este acumular más votos, sino que la misma podría producirse por una abstención o división del electorado que le adversa, y justamente eso es lo que garantizaría la incursión a la lucha por la presidencia de Bloomberg y Schultz.

En las pocas encuestas de las que se disponen, queda demostrado que una mayoría de quienes contemplarían votar por perfiles como los de ellos, tienden a votar por el partido demócrata. A parte de esto, con la ascensión de Trump a la presidencia, existen menos condiciones políticas para favorecer la coronación de otro “outsider”, lo que significa que en el proceso de 2020, tal vez ya no sería tan atractivo a alguna porción significativa del electorado, la postulación de un empresario exitoso que pretenda irradiar la fórmula de sus éxitos en el mundo de los negocios, sobre la cultura política de Washington D.C.

Si en este sentido, el electorado se estabilizara, y de nuevo los correligionarios tradicionales de demócratas y republicanos decidieran los resultados electorales sobre la base de lo que han sido sus preferencias históricas, tendría sentido especular que un Bloomberg solo quitaría votos a los demócratas, y muy probablemente en los centros urbanos del centro-este de Estados Unidos como Nueva York (su estado), y que Schultz haría los mismo, pero con mayor atracción en los centros urbanos del oeste, como en el estado de Washington (donde construyó su carrera y fortuna) y California.

A partir de lo anterior creo que resulta comprensible por qué el presidente Trump ha motivado que figuras como Oprah Winfrey, Schultz o Bloomberg consideren enfrentarlo, desafiándolos a que se atrevan. Y es que, si lo hicieran, todo luce indicar que provocarían una división en el electorado que tiende hacia el liberalismo, y eso podría garantizar la reelección de Trump.

Pero, amigos lectores, no confundan la moraleja de esta reflexión, que en realidad nada tiene que ver con Estados Unidos. Lo que he querido establecer, a través de este ejemplo de la política norteamericana, es que, dependiendo de las circunstancias, las divisiones también pueden conducir al triunfo, y a veces a quien se pensaría el perjudicado.


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