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La República miércoles, 28 de diciembre de 2016
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REPORTAJE

Las “Memorias de una vida intensa” de un Embajador

Enriquillo A. del Rosario Ceballos, quien fue designado embajador de la República Dominicana en Washington, Estados Unidos, en 1963, cuenta en un libro su experiencia en la carrera diplomática que inició ese año y sus vivencias.

  • Las “Memorias de una vida intensa” de un Embajador

    Entrevista. El embajador Enriquillo del Rosario Ceballos habló de la obra "Memorias de una vida intensa" en visita al subdirector del Listín, Fabio Cabral.

Wanda Méndez
Santo Domingo

Cuando la mañana del 19 de marzo de 1963, el presidente Juan Bosch le pidió que fuera Embajador de la República en Washington, Enriquillo del Rosario Ceballos le dijo que era muy joven para desempeñar esas funciones.  

Tenía 33 años. Ingeniero de profesión, sin experiencia en el área diplomática. Pero Bosch le respondió que él quería que fuera su embajador ante el gobierno del presidente John F. Kennedy, por ser un hombre joven, con el entusiasmo del momento político que se estaba viviendo. Le comentó que nadie mejor que Del Rosario Ceballos iba a llevarle ese sentimiento y esas  esperanzas que quería transmitir  acerca del futuro de su gobierno para bien del país.

“Yo quiero que tú le lleves al presidente Kennedy las ilusiones, los sueños que tenemos de hacer este país un modelo de democracia; las ideas del intercambio económico, la reforma agrariaÖ”, recuerda Enriquillo que le dijo Juan Bosch para motivarlo a que aceptara la designación como diplomático.   

Luego de escuchar esas palabras,  Del Rosario Ceballos aceptó. Y le dijo que lo hacía con mucho honor. Así comenzó una carrera diplomática de 53 años. El 16 de abril de 1963, el gobierno del profesor Juan Bosch lo designó por decreto, convirtiéndose en el primero de los embajadores jóvenes que fueron nombrados en esa gestión.  

Esa experiencia en la  carrera diplomática y sus vivencias han sido plasmadas por Enriquillo del Rosario Ceballos en el libro, “Memorias de una vida intensa”, que puso a circular el 16 de septiembre.

Credenciales
En la  portada del libro  figura una foto que recoge el momento en que el autor entregaba sus credenciales al entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy.

Enriquillo recuerda con especial interés el encuentro que sostuvo con Kennedy para entregar las credenciales como diplomático. ¿La razón?  Su presentación se extendió por 25 minutos, algo inusual en ese tipo de acto protocolar en Estados Unidos, que apenas duraban unos cinco minutos.

La regla para terminar la entrevista era cuando el Presidente norteamericano le pusiera la mano al Embajador en la pierna derecha..

Dice que era la primera vez que un Presidente de Estados Unidos se extendía tanto en el acto de recibimiento de cartas credenciales de un diplomático.  

Esto lo atribuye a que tuvo cierta empatía, por ser una persona alegre y amena. De ese grato momento recuerda el saludo de John F. Kennedy.  “El presidente Kennedy, que Dios lo tenga en la gloria, era un hombre... cuando a ese hombre le di la mano sentí que me la daba un hombre”, cuenta.  Expresa que era una persona muy cordial.  

Consciente de su  noviciado en esa materia, Enriquillo del Rosario Ceballos sabía que necesitaba estudiar para ser Embajador y conocer los rituales de esa carrera. Así lo hizo. Por recomendaciones leyó una cartilla diplomática escrita por Max Henríquez Ureña en el año 1939, cuyo  manual aconseja sea reeditado.

Considera es un orgullo para un embajador tener esa cartilla. Resaltó que la primera Escuela Diplomática  en América Latina fue creada en la República Dominicana.  

Recuerda también con orgullo  que su firma aparece en el tratado sobre la no proliferación de armas  nucleares suscrito en el año 1963, autorizado por el presidente Bosch para que represente a la República Dominicana.    

Un legado
La obra narra las vivencias  del autor desde su nacimiento, gracias a una comadrona; su infancia, el entorno familiar, el tiempo en el barrio, en la universidad, su vida profesional, hasta concluir con su designación como Embajador en 1963. Promete en un segundo tomo continuar con otros aspectos de su carrera y su vida a partir de 1963.     

Con fama de ser el figurín de la época, porque le gustaba mucho bailar, según confiesa, su madre le decía que había que sonreírle hasta a los perros realengos. Y que era preferible que un hombre muriera a que se perdiera el honor de la familia.  

Aspira que ese libro le sirva a sus hijos, nietos, tataranietos y a todo el pueblo dominicano.  

Dice que aprendió mucho en el “libro mudo de la vida”, lo cual explica consiste en conversar con personas adultas.  

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LA HISTORIA DE UN SABLE

En la obra, Enriquillo del Rosario Ceballos dedica un apartado para describir la historia de un sable que su tatarabuelo, el general Luna, tomó de un oficial haitiano el 27 de febrero de 1844,  día  de la  Independencia Nacional, en la Puerta del Conde, como recuerdo de ese momento histórico.  

Justifica que quiso contar la historia de ese sable “porque algunos valores nuestros han ido decayendo, después de que pasó esa etapa, muchos no quieren recordar, pero es nuestra historia”.

Relata que ese sable pasó de generación en generación y que llegó a La Romana, de donde es nativo, a través de su padre, Rafael del Rosario Luna. “Todos los meses él limpiaba ese sable y como yo era el curioso, el carajito de la familia, me contaba historias de toda la familia y sus antecedentes, etc.”, señala.  

Comenta que un día llegó a la casa una tía abuela, Olimpia Luna Troncoso, lo cual les pareció raro. Troncoso le había llevado el mensaje que el dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina le había enviado con el señor Paíno Pichardo, que era un gran amigo de la familia, de que quería tener ese sable, porque era parte del patrimonio nacional.  Olimpia le dijo a su hermano que cuando le presentara el sable a Trujillo le pidiera una pensión para ella y para otra hermana, porque necesitaban una ayuda, lo cual lograron.

“Aún recuerdo cuando tía Olimpia salió de la casa con aquel sable envuelto en periódicos, yo quise casi llorar”, rememora. Finalmente, el sable fue entregado aTrujillo, que lo envió al Museo Nacional, por tener un valor histórico.

Detalla que luego que sus tías murieron, su hermana mayor que se había mudado a vivir a la capital, iba todos los años a ver el sable famoso, el cual él nunca quiso ver más.

Reseña que un día su hermana va al Museo Nacional Dominicano y no encuentra el sable.

Expone que después que pasó el proceso político de 1961 a 1966, en el primer gobierno de Joaquín Balaguer, su hermana comenzó a investigar sobre el sable pero  le negaban que hubiera algo relacionado con el arma.

“Y la historia es que no hay ningún registro en los archivos del museo de ese sable hasta la fecha de hoy”, lamenta.  

Su anhelo es poder recoger ese sable, para que continúe siendo parte de la historia de su familia. 

BIOGRAFÍA

Enriquillo del Rosario nació en La Romana el 14 de septiembre de 1929, hijo del doctor Rafael del Rosario Luna y la señora Oliva Ceballos.

Graduado de ingeniero civil en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) el 28 de octubre de 1951.

Trabajó como ingeniero civil desde 1951 hasta 1959, siendo su mayor logro la construcción de la carretera de Santo Domingo-Boca Chica-San Isidro. Después de 1963 su carrera diplomática continuó.

En 1966 fue designado Embajador Plenipotenciario, delegado ante la XXI sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Luego, fue designado en el gobierno de Joaquín Balaguer, Embajador ante la Organización de Estados Americanos (OEA), el 3 de enero de 1967.

Mientras que el presidente Antonio Guzmán Fernández lo nombró Embajador ante los Estados Unidos el 16 de agosto de 1979. Más tarde fue nominado Embajador representante permanente del país ante las Naciones Unidas, el 13 de marzo de 1981. Y el primero de septiembre del 2000 pasó a ser Embajador alterno ante la Misión Permanente de las Nacionales Unidas.

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