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La República domingo, 06 de marzo de 2016

PANORAMA

Las injerencias de Brewster

  • Las injerencias de Brewster
Guarionex Rosa / Especial Para Listín Diario
Santo Domingo

Que el embajador de los Estados Unidos, James Brewster, esté propiciando una agenda a favor de las comunidades LGBT, no sería lo malo en cuanto a su comportamiento y respeto al Estado dominicano. Lo peor son las múltiples intervenciones hasta en el área política.

 Daría la impresión de que el diplomático vino a poner en su puesto a los dominicanos y a su gobierno, asumiendo el derecho de intervenir en los asuntos internos del país porque los Estados Unidos son el principal socio comercial de la República Dominicana.

Las críticas tienen que caer directa o indirectamente sobre las autoridades correspondientes que en ningún momento, que se sepa, han recordado a la embajada de los Estados Unidos, las obligaciones de su jefe de misión hacia el Estado que lo acreditó.

La polvareda que ha provocado en varias ocasiones el diplomático norteamericano y sus exigencias de ser recibido por las autoridades, como hizo recientemente con Roberto Rosario, el presidente de la Junta Central Electoral, JCE, constituyen gestos difíciles de calificar.

Aparte de la homofobia que no ha sido superada entre los dominicanos pese a que ha perdido terreno en el mundo desde 1969 cuando se produjo la rebelión de Stonwell, en Nueva York, las intervenciones del embajador han alentado a unos y molestado muy mal a otros.

Para los colectivos abanderados de LGBT las intervenciones del embajador están por encima de su patriotismo; las justifican y han aceptado los patrocinios de esa misión no obstante que ello contraviene las leyes de la República Dominicana y las normas internacionales.

  Cuando el embajador fue propuesto por el presidente Obama para el cargo de jefe de misión en Santo Domingo, se sabía que él era un activista homosexual, que tenía su novio, el cual devino en esposo poco antes de embarcarse para la República Dominicana.

 Algunos políticos y religiosos tanto católicos como evangélicos urgieron entonces al gobierno  del presidente Medina, no otorgar el beneplácito y después de la acreditación revocarlo,  algo inusual en la diplomacia que ningún país asumiría sin dañar relaciones armoniosas.

 La homofobia podría haber sido tan mala como la intolerancia que sufrieron los evangélicos, con el silencio de católicos durante la Era de Trujillo, cuando en la ciudad de Higüey tenían que ejercer su misión en “catacumbas”, sin sacar la cabeza biblia en manos para predicar.

Solamente la llegada al solio obispal de Higüey del presbítero Juan Féliz Pepén Solimán, permitió que se suavizara la situación, que no era promovida por el régimen de la época, sino por los católicos, aferrados a un radicalismo similar al que pervivió en el sur de Estados Unidos.

La tolerancia
  Si alguna razón ha hecho que los colectivos LGBT hayan salido a las calles, estén aferrados al favor del embajador Brewster, y supuestamente reciben ayuda económica, se debería en gran medida a la intolerancia que se manifiesta en muchas formas.

 Es una intolerancia vieja. Los mayores de 50 años de la capital recuerdan bien que cuando visitaba el puerto de Santo Domingo algún barco de guerra norteamericano, para recreación de la tripulación y advertencia a Cuba, los homosexuales eran recogidos por la avenida Duarte.

 Así, hombres vestidos con camisas playeras o calzados con chancletas de palo a la usanza de la época entre gente pobre, iban a parar a los destacamentos policiales sin que se formularan acusaciones de ningún tipo, hasta que el barco levara anclas hacia el siguiente puerto.

En esa época algunas familias dominicanas adineradas enviaron a sus hijos e hijas de comportamiento “anormal” a países europeos, donde se patrocinaban terapias para “ajustar” el sexo, cosa que todavía algunos aprovechadores ofrecen pese a los consejos de la ciencia.

La gente prefería, pues, que el hijo o la hija fuera ladrón o asesino pero nunca homosexual o lesbiana. Algunas de las opiniones de la gente común que se pueden leer ahora en las redes sociales dominicanas, colocan a esas personas y a sus colectivos como lo peor.

La Cámara LGBT
La República Dominicana, adelante en la tecnología de comunicaciones y en otros aspectos de la civilización, tiene la preocupación de que empresas de gais y lesbianas agrupados en una Cámara de Comercio vayan a dañar más la situación que el hambre y la miseria que sufre el país.

 Mientras San Francisco de California atrae a los visitantes LGBT, vive de su turismo y no podría prescindir de él puesto que la economía de la ciudad y de ese pujante estado caería sin remedio, los dominicanos pierden el tiempo en denuncias que no tienen futuro.

  Eso nada tiene que ver con el papel de muchos que denuncian el intervencionismo del embajador Brewster. Cosa diferente es la agenda tradicional contra las uniones homosexuales, autorizadas casi en toda Europa, Estados Unidos y otros países del mundo más civilizado.

Un sector evangélico dio una demostración de intolerancia hace días cuando propuso a los católicos unirse en una cruzada contra los partidos que presenten en las próximas elecciones candidatos a puestos electivos que pertenezcan a movimientos del LBGT. Es decir, no votar por ellos. La jerarquía católica tomó distancia.

Lo mismo la semana pasada cuando el embajador Brewster visitó una escuela de Santo Domingo y conversó con un puñado de estudiantes. Nadie dijo de qué hablaron, si de la cultura y la historia de los Estados Unidos, que está entre sus quehaceres, o de sexualidad, pero se denunció públicamente ese acto como dañino.

  Se trata de una doble hipocresía nacional porque la mayoría de los dominicanos aspiran obtener un visado para irse a los Estados Unidos. La oficina consular de Galería 360 le ha dado vida a ese centro comercial.


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