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La República martes, 05 de mayo de 2015

DOSSIER DE INVESTIGACIÓN

Rompiendo el silencio

  • Rompiendo el silencio
    De izquierda a derecha la vicepresidenta de la República Margarita Cedeño de Fernández y las comunicadoras Alicia Ortega, Zoila Lunay Laura Castellanos.
  • Rompiendo el silencio
Wendy Santana de Franjul
Santo Domingo

Impactadas con el reportaje publicado en este diario, que indica que debido al silencio de las familias, la desinformación de los niños y la indiferencia de la sociedad, una cantidad indescifrable de menores de edad están siendo abusados sexualmente y tronchados sus caminos de éxito por la vida, valientes damas salen al frente de esta problemática.

Rompiendo el silencio muestran su indignación por estos hechos, tildándolos de bochornosos e inconcebibles, en una sociedad moderna donde la mayoría de los niños van a la escuela y se supone que deben conocer sus derechos a la privacidad y hablar cuando se sientan en peligro.

Sus propuestas son dotar a toda la población de la información necesaria para que el que tiene que respetar la infancia la respete; el que tenga que protegerse de una posible agresión sea preventivo, y el que tenga que garantizar la seguridad y estabilidad de los niños cumpla su rol.

La vicepresidenta Margarita Cedeño de Fernández; la representante de las Naciones Unidas para el tema de violencia contra la infancia, Marta Santos Pais, y las comunicadoras sociales Alicia Ortega, Laura Castellanos, Zoila Luna y Judith Leclerc, exponen sus criterios:

Margarita Cedeño
La violación de derechos que sufren niños y niñas en todo el mundo, a manos de adultos sin escrúpulos, delincuentes de la peor calaña, que se aprovechan de la inocencia para satisfacer deseos enfermos y perversos, debe ser condenada por los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país y del mundo.

El hecho de que un niño, niña o adolescente sea objeto de abuso sexual, resulta ser uno de los crímenes más atroces que la humanidad puede conocer. La violencia sexual contra nuestras generaciones futuras, embarga sus sueños y les trastorna para toda la vida, limitándoles en su desarrollo físico y mental, emocional y social, lo que los condena a una vida de miedos e inferioridades.

En esta época que vivimos, las tecnologías de la información y la comunicación, si bien son una bendición para el desarrollo de nuestros pueblos, también son utilizadas por delincuentes que engañan a niños y niñas, para que se sometan voluntariamente, y sin saberlo ellos ni sus padres, a la voluntad de un pervertido.

En ese sentido, consideramos necesario fortalecer las acciones institucionales contra este flagelo, trabajar fuertemente en el núcleo familiar, para concienciar a los padres de la importancia de supervisar las acciones de sus hijos y de quienes están a su alrededor, aún sean parientes.

Debemos asumir una postura de intolerancia hacia la explotación sexual de menores, al abuso sexual infantil, a la comercialización de niños y niñas, a la pornografía infantil y al hecho de que nuestras niñas sean vistas como un objeto de deseo.

Esta problemática requiere el trabajo desde los valores éticos y morales, desde la espiritualidad y el respeto al prójimo, por lo cual toda la sociedad es responsable de trabajar contra este flagelo, denunciarlo cuando vea que sucede y exigir sanciones ejemplares contra quienes perpetran estos hechos.

Marta Santos Pais
Es un reto en todos los países evitar la violencia sexual. Este hecho tiene un efecto devastador de la dignidad de todo ser humano, y en el caso de los niños, niñas y adolescentes los efectos se multiplican porque se sienten desprotegidos, no encuentran las respuestas a su situación, no ven el apoyo de los mayores y se sienten insignificantes.

El problema de los abusos sexuales, tanto en República Dominicana como en el resto del mundo, debe ser atacado ampliamente por todas las vías, principalmente con una campaña de concienciación en el seno del hogar, las escuelas, los círculos sociales y todo su entorno.

También se debe contar con programas específicos encaminados a brindar el apoyo necesario a los niños que hayan sido víctimas. Ellos tienen que saber que no están solos, que hay gente que se preocupa por ellos y que quiere ayudarlos a levantarse después de haber sido humillados con una violación.

Cuando hay apoyo y concienciación, el peso de la ley se siente, y, la misma gente no se permite ser indiferente ni permanecer silenciada ante las interrogantes de las víctimas de por qué le suceden determinadas situaciones que no entienden.

Para acabar con el silencio es necesario que se implante la cultura de la información y se puedan promover los valores éticos y morales desde distintos ángulos, creando un sistema de comunicación abierta entre padres e hijos, maestros, vecinos y relacionados que no se base en los miedos y los sustos, sino más bien en alimentar el coraje por hacer respetar sus derechos.

Alicia Ortega 
La “Cultura del Silencio” con respecto a las violaciones sexuales de menores, es el más grande obstáculo que enfrenta la sociedad ante este tipo de delitos. Los familiares del agredido, por vergüenza y por no denigrar el núcleo familiar, mantienen silencio, prácticamente desestimando lo que está pasando el menor, sin percatarse que premian al agresor con la impunidad.  

Esto agudiza el trauma de la víctima, que en muchas ocasiones tiene que seguir conviviendo con su verdugo. Por ende la importancia de crear una conciencia social en donde todos, desde la familia y los educadores, hasta los miembros del sector salud, estemos trabajando en sintonía con miras hacia el mismo norte.

Por ejemplo, cuando llegue una menor embarazada a cualquier centro de salud, los médicos deben darse la tarea de indagar e investigar quién es el padre de la criatura, para determinar si se trata de una violación.

Solo cuando creemos una conciencia colectiva podremos ayudar a que este tipo de delito, que deja secuelas de por vida, que difícilmente se desvanecen con el tiempo, vaya en descenso.  

Laura Castellanos 
Pocos delitos reciben un rechazo tan absoluto y profundo con las agresiones a niños y niñas.  La inocencia propia de esa etapa se convierte en muchas ocasiones en la mejor aliada de la impunidad que acompaña a estos horribles hechos.

El o la menor no comprende lo que está sucediendo. Le desagrada, lo rechaza, le duele, sabe que algo no está bien, pero todavía no cuenta con la madurez mental y emocional para entender lo que sucede en toda su dimensión. Incluso, buscan explicaciones puramente lúdicas de lo que está sucediendo, por lo que pueden pasar muchos años sin que alguien intervenga de forma directa buscando sanción o evitando que vuelva a suceder.  

La mayor tristeza viene del hecho de que esas agresiones deforman a perpetuidad la vida sexual de esa persona. El disfrute pleno de la sexualidad es un derecho y una oportunidad que le es arrebatada a esos menores antes de que tengan la conciencia de qué significa.

Y en efecto, la justicia no repara el daño que se causa al destruir de esa forma la dignidad y la integridad sexual de un menor de edad.  Pero eso no es motivo para reducir la mayúscula importancia del tema. Para las familias es una fuente de mayor tranquilidad y resignación ver materializada una sanción contra el agresor, pero sobretodo, no podemos dejar de lado el efecto disuasivo del sistema penal.

Las sanciones y penas significativas para los agresores contra menores disuade a futuros agresores por el tema al sistema.  Lo lamentable es que para que ese efecto disuasivo se produzca, el sistema de justicia debe mostrar eficiencia en el procesamiento de este tipo de agresiones. Y creo que todos podemos coincidir en que eso no sucede en nuestro país.  

Zoila Luna
En toda situación de abuso hay envuelta una relación de poder desigual, con lo que una de las partes va en desventaja, en este caso, el niño-a. La cultura occidental es un escenario de explicación, que no justificación, para el alarmante número de abuso sexual infantil, la expectativa de rol de los varones, la permisividad de nuestra crianza, el irrespeto a la voluntad de los pequeños, la imposibilidad de poder decir NO sin ser considerados groseros o irrespetuosos, sirven de caldo de cultivo para que se produzcan las condiciones para el abuso.

Hay una transmisión transgeneracional de esos patrones de relación, con frecuencia encontramos que los abusadores a su vez han vivido episodios de abusos sexuales en su contra. Gran confusión se produce en un niño cuando la agresión viene de alguien cercano que está llamado a protegerle, y encima, cuando logra pasar por encima del miedo a las amenazas si habla, se encuentra con unos adultos que no le creen.

Es necesario educar a nuestros pequeños, hacerles sentir derecho de propiedad sobre sus cuerpos, creer en ellos cuando nos hablan, observar las señales de incomodidad frente a algunas personas de autoridad de su entorno, defenderles, apoyarles, liberarles de las culpas que pueden sentir en el estado de confusión que sobreviene a un ataque sexual.

Nos hace falta educarnos como padres, y educar a nuestros hijos, desde la posición de que la violencia sexual ni de ningún otro tipo es normal, lo normal es que te quieran, te cuiden y te protejan, no que te agredan. Cuando un adulto te diga “no se lo digas a nadie”, es la frase clave para decirlo, porque algo no anda bien y tú no eres culpable.

Judith Leclerc
Como periodista hemos cubierto historias sobre el triste tema de niños, y mujeres abusados. Muchas de esas historias  han dejado en mi corazón a lo largo de los años un gran dolor, porque conocía a algunas de las víctimas. Antes y después de ser abusados los niños cambiaron: sus rostros y actuaciones ya no eran las mismas. Se convirtieron en niños muy tristesÖ  En niños violentos y llenos de ira.

Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, y ese dolor que se sembró con el abuso sexual, muy pronto lamentablemente germina y será él, el próximo verdugo y así sigue una triste cadena.

Muchas veces, con los niños abusados no se puede hacer justicia, porque se quedan en el mismo lugar donde los abusan, y van a juicio viendo a su abusadorÖ entonces cambian su testimonio, encima de que también están sufriendo viendo al victimario en el juicio, y recuerdan entonces sus amenazas y vejaciones. Todo eso hace muy duro el proceso. Es algo que debe cambiarse y buscar la forma de que el niño o niña abusada no siga reviviendo el dolor.

Una de esas historias que me marcó profundamente de las muchas que he contado y tenido contacto, fue la de un niño maravilloso, alegre, educado, seguro de sí mismo y muy felizÖ Su sonrisa iluminaba su rostro. Este niño fue abusado por un desalmado que él conocía. Su vida cambió por completo. Se le cayó su cabello y su sonrisa ya no era igual. No quería ni ir a la escuela. Quedó marcado para siempre. Lo que más me dolía era que me decía: “Yo no quiero que él vaya a la cárcel por mi culpa.”

Él no entendía que no era el culpable, sino el victimario. Ante esa circunstancia tan terrible como una violación, los niños no saben distinguir entre el bien y el mal. Otra de las historias impactantes que hemos cubierto sobre violaciones sexuales a mujeres, fue la de un joven que había elegido un día específico para escoger y violar a sus víctimas.