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La República lunes, 01 de septiembre de 2014

UN REAL APÁTRIDA

Rosario: Una vida con futuro incierto

MENDIGA POR EL DÍA Y DUERME LA NOCHE ARROPADO CON UN VIEJO CARTÓN

  • Rosario: Una vida con futuro incierto

    Joseph Rosario, durante años pernoctó próximo al periódico El Nacional, hace meses se 'radicó' cerca del Ministerio de Educación.

Miguel Ángel Núñez
Especial para Listín Diario

Ya pocos lo recuerdan, pero Joseph Rosario, aquel joven abandonado en República Dominicana desde 1986, porque las autoridades holandesas entendieron que debía ser dominicano, por el apellido y el físico, no de esa nacionalidad, ya que no contaba con documentos que probaran lo contrario, desfallece arrimado a una pared del Ministerio de Educación.

Han pasado 28 años desde aquel 14 abril de 1986 cuando llegó supuestamente como turista a República Dominicana, y tras agotar unas idílicas vacaciones en el país, al intentar regresar al suyo, fue impedido y devuelto a RD en medio de un conflicto que finalmente concluyó condenando a este individuo a vivir en una patria y un territorio que no le corresponden.

Desde entonces Joseph Rosario no hace más que deambular por nuestras calles; no sabe lo que es un plato de comida caliente, no ha dormido en una cama seca; peleándose consigo mismo y contra el género humano.

Como techo el cielo
A merced de los elementos de la naturaleza, Rosario estaría a punto de morir sin que ningún organismo internacional se haya molestado en aclarar su caso: ni derechos humanos, ONGs, ni ningún instrumento de derecho internacional, con grandes capítulos y recursos dedicados a casos similares.

Hasta donde se sabe, las autoridades holandesas nunca se interesaron en interrogar a Rosario, escuchar sus argumentos y establecer si a ese ciudadano, que reclama su nacionalidad, le correspondía, aunque tienen medios abundantes para determinarlo.

La opinión pública de la época, entre otras hipótesis, consideró que contra este hombre se montó una especie de conspiración internacional, para someterlo a vivir en el ostracismo, a la usanza del medioevo inquisidor, como sucedía con herejes, judíos, brujos o cualquier minoría racial o religiosa, que lo hicieran diferente al común de sus ciudadanos.

Tras 28 años sumido en un calvario, Joseph Rosario dista mucho de aquel joven apuesto, de modales europeos, que reclamaba la nacionalidad y el derecho a vivir con unos familiares que tampoco incluía en sus alegatos de defensa; hoy es un anciano incoherente, mal aseado y desdentado que se ayuda de un bastón para caminar y que come si algún piadoso le arroja alguna moneda.

El argumento de que este hombre es dominicano se cae por su propio peso, porque de haberlo sido, ya en casi 30 años que lleva entre penurias, habría aparecido algún pariente que le diera un rincón para no morir en tales condiciones de indigencia.

Ya se le hubiera quebrantado el orgullo y se habría integrado a la sociedad, con un empleo y casado, con lo que de algún modo aceptaba su condición de dominicano, cosa que no ha hecho, sino todo lo contrario.

La gente lo veía próximo a los periódicos y a los canales de televisión, medios que reseñaban el extraño caso, y en ocasiones los periodistas lo ayudábamos con uno que otro peso para comer.

Esta vez solemos verlo cubriéndose con un cartón de una llovizna, de la reciente temporada, arrimado a una pared del Ministerio de Educación, como lo hacía mientras debutaba como indigente de las calles dominicanas.

La gente camina en tropel indiferente frente a él, pues ya los medios de comunicación no le prestan atención, de modo que las nuevas generaciones lo ven como un pedigüeno más.

Luce fatigado, con dificultad para respirar, quien con 28 años a la intemperie no sufre un catarro u otra afección típica del clima tropical.

Verlo ya acabado nos hace reflexionar acerca de la necesidad de instituciones más organizadas y reales defensoras de los humanos.

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UNA TRISTE HISTORIA QUE SOLO ÉL CONOCE

Han transcurrido casi 30 años y Joseph ha demostrado que no es dominicano, por lo que el lugar anterior en el que vivió es el que le corresponde como destino.

A pesar de que nunca ha querido integrarse a esta sociedad, desde Holanda, de donde dice ser nativo, nunca ha recibido apoyo, solidaridad o respaldo familiar. En todo el tiempo en el país nunca ha asumido un empleo, ni acepta regular su situación como inmigrante, porque alega que él tiene su patria y no es República Dominicana.

En torno a este hombre, cuya edad debe sobrepasar los 50 años, se han tenido todo tipo de historias: que tuvo diferencias con su familia, que le arrebataron sus documentos y lo lanzaron como un paria por el mundo, que se enfrentó a autoridades holandesas por un problema pasional y por eso lo privaron de su identidad, lo montaron en un avión y lo enviaron a RD con un boleto y la ropa que llevaba encima.

Lo que sea que pasó con este ser humano no tiene otro nombre que no sea una injusticia, que evidencia una fragilidad institucional inverterada que trasciende naciones y se torna desalmada e hipócrita, que le hizo perder los mejores años de su vida.