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La República miércoles, 24 de julio de 2013

ENFOQUE

César De Windt Lavandier in memorian

Fue sobreviviente de los ataques de submarinos alemanes en el Caribe, en 1942, en el hundimiento del buque mercante “San Rafael”, por los torpedos del U-125 y la ira del tirano; se mantuvo impartiendo docencia en la academia naval que él forjó.

  • César De Windt Lavandier in memorian
Homero Luis Lajara Solá

“Respetuosamente, que en su puente de mando, atracado en el puerto de la paz eterna, le sople un buen terral, almirante de almirantes, viejo lobo de mar”.

Un 29 de julio de 1634, una expedición holandesa bajo el mando de Johanvan Wallbeek, derrotó a los españoles, apoderándose de Curazao. Consecuencia de esas hazañas navales, de un tronco que tuvo su génesis en el siglo XIX, con Jan Willen De Windt;  un primero de septiembre de 1882, arribó al puerto de Sánchez, Enrique de Windt,  el mismo día que el presidente Meriño colocó la banda presidencial a Ulises Heureaux.  Posteriormente llegó  a Samaná  Eduardo De Windt, donde contrajo nupcias con  la hermosa doncella, Ana Lavandier, apodada por su belleza: “La Perla de Samaná”, de cuya unión emergió de  las profundidades  del Gran Caribe,  un almirante y educador llamado César De Windt Lavandier.  

Al cumplirse hoy  24 de julio del 2013 el sexto aniversario de haber arriado bandera en la batalla por la vida, o como él decía, al dar la vuelta de campana, e irse en la Barca de Caronte; utilizamos  el compás orientador y filosófico de este  faro del oficial naval y consagrado al deber, para una necesaria reflexión relativa al desempeño  profesional y personal, con ese amor a la Patria y honor como norte, los cuales nuestro ilustre nauta trató  de inculcarnos por décadas,  a las jóvenes generaciones  de oficiales de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional (algunos como el suscrito, ya en honroso retiro), que nos privilegiamos de su prolífica cultura y don de gente. 

Su alma naval, abarloada a la cultura, capacitación, costumbres, tradiciones y protocolo riguroso,  se consagró en Veracruz, México, plataforma que le hizo  entender la necesidad de contar -junto a una flota- con las estructuras morales y académicas que iban a hacer de La Armada un grillete del honor, no forjado en metal, para  desarrollar el servicio de la nación, no a hombres, aunque eso le costara la animadversión del tirano opresor.  

Cual escultor inspirado en su obra el almirante De Windt Lavandier se dedicó a construir la base jurídica de la Marina de Guerra (Ley 3003 sobre Policía de Puertos y Costas), así como el Reglamento Orgánico que sería la rosa náutica a lo interno,  emulando  a Abraham Lincoln: “Si pudiéramos saber primero dónde estamos (diagnóstico), y hacia dónde vamos (visión, dirección de desarrollo), podríamos juzgar mejor qué hacer y cómo hacerlo (plan operativo)”. 

El gran desarrollo de la Marina de Guerra, alcanzado en la jefatura/legado del almirante César de Windt Lavandier (1949-1953), la cual contaba hasta con aviones Catalina, proyectó un poder naval tal,  que despertó el celo de Trujillo, razones, según el manual del dictador, suficientes para destituir, humillar y encarcelar a uno de los padres de la Marina de Guerra de la Tercera República.

Como discípulo de ese gran maestro, cantera de experiencias positivas inagotables, siempre recuerdo sus sabios consejos: “Aprende historia, para que sepas amar a Duarte, Luperón y a los demás próceres que se  sacrificaron para que tengamos una bandera que izar y un himno que cantar. 

Aprende a arrizar tus propias velas y sé el capitán de tu destino. Deja que te caiga el salitre, vive las limitaciones del fondeo en isla Beata, y de un cabeceo que te sacuda el aparejo en cabo Mongón. Quién no se ha amarrado a Barba de Gato en Samaná (atracar con dos amarras que salen de proa que forman un ángulo de aproximadamente 40 grados), no sabe lo que es ser marino”. 

Sobreviviente de los  ataques de submarinos alemanes en el Caribe (1942), en  el hundimiento de nuestro buque mercante  “San Rafael”, por los torpedos del U-125, y la ira del tirano, se mantuvo  -ya en servicio pasivo-, con su rutina sacerdotal, impartiendo docencia en la academia naval que forjó, y que por sus grandes méritos lleva su nombre, hasta que llegó al puerto final de su fructífera y ejemplar existencia, dejando una bien escogida biblioteca que debe ser preservada  y utilizada adecuadamente, como fuente de sapiencia y conocimiento. 

Hoy, observando su luminosa estela, sin varadura alguna, debemos recordar siempre  ese prohombre de nuestra Armada; y actuar como él nos enseñó, recordando  que hay nombres, que por su conducta y legado, no solo reposan en la losa fría de un camposanto.

 Repitamos  a viva voz, imbuidos del compromiso eterno,  tal y como expresó el comandante Jaime Minor, invocando al  Altísimo, representando nuestra prestigiosa Liga Naval  Dominicana  en la tradicional  actividad (año 2010), en memoria a los “Marinos Caídos en el Cumplimiento del Deber”:

 ¡No les devuelvas la vida, porque no puedes... entrégales la gloria, porque les pertenece! 

¡Almirante César De Windt Lavandier! ¡GLORIA NAVAL DOMINICANA!


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