MARGINALIDAD
Familias viven entre peligro y pobreza a orillas del Ozama
UNA TRISTE COSTUMBRE DE VIDA AMENAZADA POR LA LLUVIA
Mariano Figueroa levanta los escombros de lo que hasta hace poco fue su hogar. Aquí vivía junto a su esposa y sus tres hijas luego que la cañada de San Luis, en el sector de Gualey, Distrito Nacional, arrasó con sus sueños y bienes materiales. A él, solo le resta recoger la basura dejada tras el paso de la cañada. Lo que queda de su vivienda parece un vertedero, en donde han ido a parar los platos, vasos y botellas plásticos que recorren las aguas residuales que arrastra la cañada. El derrumbe de su vivienda le ha obligado a mudarse, teniendo que alquilar una casa sin tener los recursos para pagarla. Hasta el momento han sido retirados más de 17 sacos de basura de su residencia, y todo parece indicar que el número seguirá en aumento. “La cañada se tapó en la desembocadura con el río por los tubos que instaló la Oficina para el Reordenamiento del Transporte (Opret), durante la construcción de la Avenida del Río, entonces esas aguas residuales con basura se metieron con fuerza en mi casa, derrumbándomela y obligándome a alquilar un casa sin saber cómo voy a pagarla”, dijo Figueroa mientras recogía parte de los escombros. Según el testimonio de Orlando Paulino, un residente del sector, las familias que viven en la ribera del río Ozama, en Gualey, se enfrentan a la crecida del río cuando llueve mucho, y a las aguas residuales de la cañada de San Luis, cuando ésta se tapa en la desembocadura. Pero mientras Mariano recoge parte de los escombros, Carlito, un niño que no supera los diez años de edad, corre y se divierte como si estuviera en un parque público. Sus pies descalzos pisan con naturalidad los desperdicios que ha llevado hasta la superficie de la cañada, dejándole en su rostro la más inocente de las sonrisas. Las historias de Mariano y de Carlito se reproducen por montones en cada callejón de la ribera del rio Ozama. Son dos de las tantas que se pueden encontrar al este de la capital. A unos quince metros del río Ozama, dos vecinos comparten una partida de “tablero”, dando la impresión de que los residentes del lugar están acostumbrados a estas inhóspitas condiciones de vida. Mientras la partida se desarrolla, muestran un triste hábito al mal olor, a la espera de la hora del almuerzo. La Ciénega En el sector La Ciénega la realidad es otra. Aquí Adonis Ruiz, un joven de 18 años, explica que los camiones de la basura no hacen su trabajo con eficiencia, por lo que al pasar varios días se ven en la obligación de arrojar las fundas de desperdicios al río. “En las mañanas temprano, se ve toda la basura que viene bajando por el río. Nosotros hacemos nuestra parte al guardar las fundas de basura, pero el camión dura en ocasiones hasta siete días sin venir, entonces cuando ya no las soportamos tenemos que lanzarlas al río”, dijo Ruiz. Y agrego: “Si el ayuntamiento se poner firme mandando los camiones de la basura todos los días, el río estuviera menos contaminado”. Otro inconveniente que enfrentan los moradores del lugar, es que al pasar los barcos por el río es removida toda la basura que se encuentra en el agua, produciendo lo que ellos califican como “un olor nauseabundo”. También se ha convertido en algo “muy común que por el río haya muchas plagas, ratas y muchos mosquitos en las noches”, dijo el joven Ruiz. En La Ciénega, al igual que en todos los sectores de la ribera del río Ozama, es costumbre estar alerta ante las lluvias, aunque para que el “río se meta se necesitan de varios días lloviendo, cuando esto ocurre nos vamos para donde una tía que vive cerca en una parte alta, o de lo contrario a la escuela del sector, en donde el agua no llega”, dijo el joven estudiante. La contaminación del río ha evitado que los niños del sector se bañen en las aguas turbias del Ozama, lo que en declaraciones de una señora que pidió reserva de su nombre, ha sido el único beneficio que han recibido por lanzar la basura al río.

