Cuidados salvan caballo moribundo

SANTO DOMINGO.- Esta mañanita lo encontré tirado sobre la esquina de la empalizada del parque Bosque de la Vida, entre la José Amado Soler y Filomena Gómez de Cova. Todavía estaba oscuro. Lo creí muerto. Volví a casa y me olvidé del caballo hasta el mediodía, cuando lo volví a ver. Estaba vivo, como agonizando, tratando de arrancar hierbas para alimentarse. Con la ayuda de Kelvin, el conserje del edificio La Estancia, empezamos a darle agua, y buscarle más comida. La imagen era desgarradora; tanto que unas estudiantes que caminaron hasta allí no pudieron contener el llanto y de inmediato empezaron a llamar a organismos que podrían socorrerlo. La rabia colmó a las jóvenes cuando en la Cruz Roja Dominicana les “trancaron” el teléfono en tres ocasiones. En la cuarta, le dijeron que ellos no se encargaban de eso. Se llamó al 911... Luego llegó un empleado del ADN con una pala. Habían entendido que el caballo estaba muerto; pero no. Mientras más comía, más esperanza teníamos. El funcionario hizo una llamada, y escuché que decía: “no puedo moverlo. Hay unas estudiantes aquí llorando y, además, está la prensa”. Tras un par de minutos de deliberaciones se rodó al caballo hasta un pedacito de césped, donde no le daba mucho sol. Eran casi las 2:00, y todavía comía y bebía. Como continuaba vivo, el empleado del ADN se marchó, no sin antes dejarme el número de su móvil. “Para que cuando se muera me llame y pasar a buscarlo”, me dijo. “Isidro”, respondió cuando inquirí su nombre. La gente que pasaba se apiadaba tanto que algunos nos acompañaban a darle de comer y echarle agua, y otros marcaban incesantemente sus móviles en busca de auxilio. Alrededor de las 3:00, unas señoras con mejores influencias pudieron contactar dos veterinarios, quienes a su vez llamaron a personas que tenían facilidades para trasladarlo o a una finca o a la ciudad ganadera. Aproximándose las 4:00, me despedí del caballo, dejándole entre manos seguras y especializadas. Comiendo más animadamente, con una inyección de complejo B que le habían administrado, y con un suero para hidratarlo. Además de la asistencia médica, el roce de las manos cariñosas de las jóvenes por su lomo, su mandíbula, sus heridas, aportaron para que el paciente se fortaleciera y la esperanza de vida resplandeciera. Ya estoy en casa. Tomando mi café de la tarde recordé que tenía una llamada pendiente, que afortunadamente ya no era necesaria. Isidro esperaba con una pala retornar al Bosque de la Vida, pero sucede que el caballo no murió. Tremenda lección. Tomado de respiroquieto.blogspot.com

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