RAMÓN DE LEÓN AMPARO

Audacia del alcalde salvó la vida a 80 personas El Duey 

GUANANITO, Villa Altagracia.- La osadía de un hombre que arriesgó su vida metiéndose hasta el cuello dentro de las furiosas corrientes de los ríos Duey y El Arroyón, a las 2:00 de la madrugada, a oscuras y bajo un temporal, permitió que los habitantes de La Cueva del Duey no murieran en su totalidad. Ramón de León Amparo, alcalde de la comunidad, inició el rescate solo, pero cuando vio la realidad, formó un escuadrón de 15 hombres que juntos arrebataron de las garras de esos monstruos de agua a unos 45 niños y más de 30 adultos que se habían resignado a morir arrastrados por las aguas junto a sus viviendas, porque ninguno de los recursos que utilizaron para salvarse había dado resultado. “Los niños eran cruzados a ñango, o sea, a los hombros nuestros, mientras que los adultos se tomaban por las manos hasta que llegaban a tierra firme. Fue una tarea titánica la que vencimos, porque lo hicimos en condiciones en que nadie se atrevía a arriesgar sus vidas por las de otros. Ese río traía un ruido estruendoso por la cantidad de piedras y palos que traía”, comentó el héroe. Desde las primeras horas de la noche del domingo 28 de octubre, De León Amparo se mantuvo junto a un vecino suyo observando el comportamiento de los ríos, pero cuando vio que en la madrugada del día 29 el río empezaba a adueñarse de su comunidad, puso a salvo a su familia en una loma, y volvió a enfrentar a las aguas que mantenían a sus vecinos atrapados, gritando desesperados. La mayoría había quedado en medio de dos voluminosos caudales que amenazaban con llevárselos junto a sus propiedades, sin la posibilidad de que las autoridades se enteraran del momento por el que estaban atravesando, porque la zona estaba totalmente incomunicada. “Yo no temí en ningún momento meterme al río a pesar del caudal que llevaba, porque sé de agua. Eso sí, que libré una lucha campal, pues el río logró arrastrarme hasta 500 metros aguas abajo en más de ocho ocasiones y en mi afán por salvar a la gente, recibí un fuerte golpe en los hombros por un palo que llevaba el río”, narró. Su decisión fue lo que permitió que la desgracia ocurrida en la Cueva de El Duey no fuera mayor, porque su rápida acción salvó las vidas de decenas de personas, vidas que pendían de un hilo. Como muestra, donde estaban sus casas sólo se ve un rastro de arena y grandes piedras blancas. Ese hombre a quien ahora le han cambiado el nombre por el de “papá”, calcula haber rescatado a 80 personas que no tenían ninguna posibilidad de vivir, porque sus casas habían quedado rodeadas por dos caudales que borraron toda evidencia de asentamiento. Ramón de León Amparo explicó que, para salvar a esas personas, lo primero que le llegó a la mente fue tumbar un enorme árbol con un hacha y un machete para que éste sirviera de puente a las familias que estaban atrapadas. El árbol fue arrastrado como un papel por las aguas. “Nosotros volvimos a tumbar otro gran árbol, el río lo perdonó y fue cuando pudimos sacar a todas aquellas personas que estaban sobre mesas con el agua al cuello, sobre sus casas luchando con la corriente y encaramados en los palos, temblando más de miedo que de frío”, dijo. Cuando rescataron la última familia a través de ese puente improvisado, contó De León Amparo, vino un golpe de agua y lo hizo desaparecer ante sus ojos. RescatadosEntre las personas que hoy llaman “papá” a Ramón de León Amparo, el alcalde, y que también dan gracias a Dios de estar vivos, se encuentran los padres de la presidenta de la Asociación de Damnificados, Ramona Ureña, quien perdió una hermana y su cuñado, así como los tres hijos que éstos habían procreado. “Yo me tiré a las 4:00 de la mañana donde estaban los padres de Ramona que también son mis tíos y los encontré con el agua al cuello, tratando de navegar para no ahogarse”, dijo “papá”. El rescate más difícil que hizo el alcalde fue el de Rafael Báez, su esposa y sus seis hijos, así como otras cinco familias que se habían alojado en su casa, pensando que era segura. Su vivienda y la de sus cinco vecinos más cercanos habían quedado atrapadas en medio de los dos cauces que se formaron, pero la lluvia no cesaba, la oscuridad era aguda, no tenían salida. Rafael Báez ya se había entregado a la muerte junto a su familia, habían agotado todos los recursos para sobrevivir sin éxito. Entonces, se sentaron a esperar su condena. Báez Soto recordó que cuando su vecino, el alcalde, llegó a su casa junto a algunos hombres, estaba con su esposa y sus siete hijos sobre la mesa del comedor con el agua al cuello y los niños más pequeños sobre sus hombros, agarrado de una varilla que sobresalía para resistir la fuerza del río. “El río nos estaba batiendo como a un pedazo de coco en una licuadora. Era un brazo de mar de lado y lado, y nuestra casa era bombardeada con piedras y palos que arrastraban las aguas. Nosotros estábamos esperando la muerte en esas circunstancias, porque no había nada que hacer”, dijo. Por suerte para él y los suyos, su vecino se atrevió a poner en riesgo su vida junto al equipo que formó. “Ya no contábamos con vida. Ya éramos muertos, pero Dios nos mandó a ese Ángel que nos rescató”, dijo. Vía crucisAhí no terminó el tortuoso camino de estas personas que fueron rescatadas, porque cuando llegaron esa madrugada a la montaña que le sirvió de refugio, vieron que se abrió una gran grieta bajo sus pies que les obligó a salir despavoridos corriendo en busca de un lugar más seguro, y momentos después de su salida, una avalancha arrojó su anterior guarida a las caudalosas aguas. El alcalde dijo que antes de abandonar ese letal espacio, pudieron salvar a otros vecinos que el río arrastró más de un kilómetro, entre los que citó a un enfermo mental que tuvieron que cargar como a un bebé, porque estaba histérico al no entender lo que le estaba ocurriendo. “La verdad es muy mala de ver”, comentó De León Amparo, quien aseguró nunca haber temido a morir arrastrado por esas aguas que por tantos años les sirvieron para bañarse, tomar y cosechar productos agrícolas. Dijo que llegaron a la montaña de El Duey el lunes 29 de octubre y no fue sino el jueves de esa misma semana cuando fueron sacados del lugar por las Fuerzas Armadas, en helicópteros. “Nosotros estábamos como nómadas en ese lugar, porque debimos cambiar de campamento más de diez veces, ya que cada vez que nos mudábamos a un lugar se abría la tierra formando un nuevo deslave”, comentó. Destacó que esas tres noches y esos tres días que pasaron en el lugar, sobrevivieron por misericordia, porque las lluvias no cesaron un segundo hasta el jueves y debieron permanecer como las bestias del campo, casi a la intemperie y con la ropa empapada. Por suerte encontraron un rancho del conuco de un vecino que les sirvió de refugio para los niños, porque no cabían todos dentro de ella, además de que estaba en muy malas condiciones. Al cabo del segundo día se habían producido ocho deslaves que los obligaron a salir en busca de otro refugio, que encontraron en la casa de un señor llamado Luis. Como conocen la zona, los afectados por las crecidas se trasladaron a otra área donde también había un conuco donde sacaron yuca, cortaron plátanos, entre otros rubros que acompañaron con carne de un cerdo propiedad de otro vecino que apareció como el Maná que llovió del cielo. Los enfermos y los bebés que no podían comer sólidos, eran alimentados con jugo de naranja que hacían mediante un sorbete de tallo de auyama que fabricaron artesanalmente, lo cual permitió que no pasaran hambre. En total había 80 personas que desesperadas en la montaña, huyendo de la muerte, muchos de los cuales han sido alojados por el gobierno en casas alquiladas y otros están todavía en una iglesia. Sus esperanzas están puestas en la promesa de la directora del Instituto Nacional de la Vivienda, quien dijo tener ubicados los terrenos para construir un proyecto habitacional en favor de las personas que perdieron todo aque fatídico día, a causa de la tormenta Noel.

Tags relacionados