"Cantares de cigarra": un cantar a nuestros valores democráticos y tradiciones
Teatro Cúcara-Mácara, "Cantares de Cigarra" (Sala Manuel Rueda) 06/11/25.
En Cantares de Cigarra, la dramaturgia del cubano Rubén Darío Salazar —originalmente inspirada en la fábula clásica de La cigarra y la hormiga— encuentra una sorprendente naturalidad al ser trasladada al contexto dominicano. El resultado es una obra que conserva la universalidad del mito, pero lo encarna desde la sensibilidad cultural caribeña, logrando que el relato funcione como un puente entre la tradición literaria y la identidad escénica local.
Aunque escrita en Cuba, la obra se adapta perfectamente al contexto dominicano: son los bailes, la música, el vestuario y el ritmo escénico los que revelan un proceso de apropiación cultural.
La dirección de Elvira Taveras y la entrega del actor y actrices en el escenario, demostrando su preparación integral en canto, baile y actuación, hacen de esta obra un espectáculo multifacético, que recoge la esencia del ambiente campesino tradicional dominicano.
Los personajes de la narración primaria constituyen una familia muy especial: Nicanor Gallo, el padre, contador de historias, Ana Prieto, la madre, apegada a su familia, y sus hijas: Margarita y Alelí, sus jóvenes hijas, traviesas y alegres, se unen al equipo narrador de historias.
La narración secundaria está conformada por los insectos que viven en un pueblo, en la cima de una montaña: el escarabajo, el grillo, la abeja, la cigarra, la mariposa, la hormiga y el cocuyo. Además, reciben una visita inesperada: el sapo.
El eje literario de la obra se construye a partir de una metanarración: la historia que cuentan los personajes no es solo un cuento infantil sino un discurso simbólico sobre los derechos sociales e individuales, encarnado en la cigarra cuya voz —su canto— es vital para el bien común.
Esta inversión respecto a la fábula original es clave. En lugar de condenar a la cigarra por su aparente inutilidad, la obra la reivindica como figura necesaria: su canto no es ocio sino aporte; no es distracción sino medicina emocional para el pueblo. Desde esta perspectiva, la dramaturgia se aleja del moralismo tradicional y se acerca a un discurso más contemporáneo sobre el valor del arte, la diversidad laboral y el respeto por las capacidades singulares de cada individuo.
Es una lección sobre convivencia, respeto, democracia y dictadura construida para niños y no tan niños, a través de lo lúdico.
El uso de títeres —diseñados y elaborados por Zenén Calero, con la colaboración de Christian Medina Negrín, René Montilla, Alnerdy Cejas y Magdalena Rodríguez— amplifica esta lectura. Los títeres no funcionan solo como recurso lúdico, sino como un dispositivo metaficcional: son personajes con características propias que cuya historia es contada por personajes alternos.
La puesta en escena se apoya en una escenografía minimalista, versátil y sumamente eficaz. Los elementos creados por Calero —junto con la utilería— funcionan como instrumentos expresivos que transforman el espacio sin saturarlo. Cada objeto puede ser varias cosas: símbolo, paisaje, personaje secundario o extensión del cuerpo del actor.
Esta economía visual permite que la atención se dirija al gesto, al canto y al movimiento, mientras que la imaginación del público completa el mundo narrado.
El diseño de luces y sonido de Bill Gil sostiene la atmósfera con precisión, creando transiciones fluidas entre los momentos lúdicos, poéticos y reflexivos. La iluminación resalta desde los ambientes cambiantes de la doble narrativa hasta los cambios de clima.
La actuación es uno de los grandes motores de la obra, pues cada actor y actrices representan a varios personajes, creando con sus voces y gestos una personalidad única e identificable. Basilio Nova alterna con soltura entre Nicanor Gallo, Escarabajo y Sapo, aportando humor, autoridad y una expresividad muy marcada. Robelitza Pérez (Ana, Abeja y Hormiga) trabaja con precisión vocal y corporal, otorgando diferencia clara a cada criatura y siendo la madre protectora y cariñosa, pero fuerte, a la vez. Johanny García, en Margarita, Mariposa, Grillo y Sapo, aporta frescura y alegría en cada ejecución. Elsa Quiroz, como Alelí, Cigarra y Cocuyo, encarna con sensibilidad la figura central: su Cigarra es cálida, vulnerable y luminosa. Elsa fue la que llamó más mi atención de todas las actuaciones por el canto, la versatilidad y la integración con su personaje.
La multiplicidad de personajes en manos de solo cuatro intérpretes es un logro técnico notable, pues el público infantil nunca se confunde: la construcción vocal, el ritmo y los movimientos permiten distinguir rápidamente quién habla y desde qué emoción.
Las coreografías de Virgilio López y Starling Díaz integran movimiento y narración sin forzar rupturas en el flujo dramático. Los bailes evocan la cultura dominicana, bailes olvidados en el tiempo, para hacer florecer nuestras raíces culturales en tiempo de dembow.
No puedo dejar de mencionar el entusiasmo del público, los “me gusta” en tiempo real de los niños cuando salían de la sala y su participación cada vez que eran convocados por los personajes.
Cantares de Cigarra es una pieza que combina inteligencia literaria, sensibilidad social y belleza escénica.
Su fuerza radica en su capacidad de reinterpretar una fábula clásica para convertirla en un manifiesto sobre la importancia del arte, la diversidad y el derecho a ser quien uno es.
Es teatro infantil de alta calidad, que respeta al niño como espectador inteligente y al adulto como acompañante reflexivo. Una obra que canta, como la cigarra, para recordarnos que la voz sensible también sostiene a la comunidad.

