Desde la última butaca

2046

La gente busca el amor y deja todo por llegar a un sitio llamado 2046 en donde supuestamente pueden alcanzar sus recuerdos. Ellos no saben que de ese sitio no hay retorno porque los recuerdos no existen. Viajan en un misterioso tren de alta velocidad capaz de cambiar el orden de las cosas. Y nadie sabe que “2046” es solo la habitación de un hotel que roza el límite entre el absurdo y lo inexistente.

Luis Beiro
Santo Domingo

La gente busca el amor y deja todo por llegar a un sitio llamado 2046 en donde supuestamente pueden alcanzar sus recuerdos. Ellos no saben que de ese sitio no hay retorno porque los recuerdos no existen. Viajan en un misterioso tren de alta velocidad capaz de cambiar el orden de las cosas. Y nadie sabe que “2046” es solo la habitación de un hotel que roza el límite entre el absurdo y lo inexistente. 

Con ese tema, y rescatando ciertos vericuetos del alma de los protagonistas de “In the mood for love”, Wong Kar-wai ha armado una obra de ciencia ficción que rastrea el alma humana como pocas veces se ha logrado en el cine posmoderno.

Wong Kar-wai  no se propuso una obra hermética, sino una historia de amor renovadora, que se mueve entre la ciencia ficción, la vitalidad de sus personajes y las contradicciones sentimentales que pesan en sus protagonistas. Los conmovedores encuentros y desencuentros de los protagonistas sobrepasan la simple maestría en la dirección de actores para regalar una fiel retrospectiva del trauma interior de hombres y mujeres que luchan contra la soledad.
Tony Leung retoma las aristas esotéricas del mejor personaje de su exitosa carrera, el protagonista de “In the mood for love” y las amplía como propuesta revertida.

Aquí, el director del periódico se transforma en un escritor que no solo debe enfrentar el dilema de la página en blanco, sino la fascinante disyuntiva de la historia de amor frente a su propia existencia. Won Kar-wai sabe dirigirlo. No lo hace repetitivo sino que, de sorpresa en sorpresa, registra todas las marcas y marasmos de un literato que a ciencia cierta no sabe dentro de qué amor va a morir, y que escribe como si estuviera frente a un abismo insalvable.

Gon Li regresa al cine por la puerta grande y a ratos nos hace recordar sus mejores personajes. Sin embargo, el gran mérito interpretativo corre a cargo de Zhang Ziyi, quien sabe desdoblarse  y saltar de la locura a la sumisión,  y de esta al desencanto. 

Wong Kar-wai, devoto por los interiorismos, se ha esmerado en sacar al espectador de su encierro, y lo transporta a un mundo todavía por vivir. Allí lo estremece con iluminaciones singulares, encuadres perfectos y movimientos de cámara que sorprenden, tanto por su limipieza estética como por su clamorosa lentitud.