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Teatro

Madre ¿solo hay una? y no me tocó a mí...

  • Madre ¿solo hay una? y no me tocó a mí...

    Escena. María Castillo y Judith Rodríguez protagonizan el montaje.

Carlos Rojas
Santo Domingo

Por supuesto que el Mes de las Madres no puede prescindir de una obra sobre la madre. En el caso de “Buenas noches, mamá”, de la dramaturga americana Marsha Norman (Louisville-Kentucky; 1947), el tema era tentador: narra la vida de una común madre y de su joven hija que desea suicidarse. Víctima y victimaria comparten en el fondo un mismo espacio y, peor que eso, una casi misma fisonomía. El punto no es menor, porque no estamos ante una metamorfosis sino ante una mímesis.

Todo empieza en una noche, en la calmada casa de Telma, la mamá destacada por María Castillo. Es allí cuando descubrimos a Jessie (Judith Rodríguez), es la hija que le explica a su matrona con toda tranquilidad que, en la mañana siguiente estará muerta, puesto que ha planeado su propio suicidio esa misma noche (aquí está el eje argumental).

Esto lo revela con toda normalidad mientras ordena la casa y se prepara para hacerle la manicura a su progenitora (aunque esto no sucederá), es uno de los tantos pretextos que utiliza para dilatar ese inevitable desenlace final, es decir, el gran conflicto de la pieza; por la cual Norman fue merecedora del premio Pulitzer Drama (1983). 

La escena que sigue entre Jessie y la Mamá va revelando diálogo a diálogo las razones que la han llevado a esa definitiva decisión; sin embargo, no quedan claras, y el gran detalle con que ha planificado su propia muerte, desde hace diez años. Todo ello culmina con un inquietante final esperado (crónica de una muerte anunciada). Lo que sí es cierto es que ese panorama es perverso y las relaciones que madre e hija tejen entre ellas están signadas por el poder, la manipulación, las mentiras y el engaño.

La respuesta tenía que ser necesariamente solidaria y además social. Por eso, la pieza le dedica más tiempo a las divagaciones familiares, más no tanto al drama de Jessie, mártir a pesar suyo, víctima de estar, por amor, en el lugar equivocado en el momento ídem, sino a la respuesta que la sociedad, familia, iglesia y la madre le dan al tema. 

Representado sin anestesia, manteniendo en todo momento una tensión inexplicable porque lo único que hace la puesta es describir con un pincel de hielo el mundo de estas dos mujeres. Una pena, porque el tema ameritaba mucho más. Y aquí está precisamente la pifia.

El montaje no logra trascender el cliché, cae en los lugares comunes de todo discurso motivacional y, en última instancia, nos dice poco sobre Jessie y su madre. Es una lástima porque ese nuevo relato del poder y la dominación de una mujer por otra no dejaba de pasearse por las obsesiones maestras de la sociedad actual. Un descuido que no oculta una puesta turbadora que conviene revisar una y otra vez. 

La pieza se salva, por la apreciable actuación de María Castillo (en ocasiones complaciente, buscando ese guiño de comedia fácil con el espectador no debemos olvidar que estamos en presencia de un dramón contemporáneo), y por una muy tímida y contenida actuación brindada como pocas veces hemos visto en las tablas, por parte de la talentosa Judith Rodríguez. 

Lo cierto es que este mundo da miedo y, a diferencia de Jessie, la hija, no todos tenemos una realidad alterna a la cual escapar, en su caso, ya sea por un ataque de epilepsia o pegándose un balazo para acabar de una vez, con su inútil existencia. La obra en sí es satírica, obsesiva, salvajemente irónica y desertada de alguna virtud de la condición humana. Buenas noches mamá, desgraciadamente, no puede ser más actual. Una propuesta recomendable.

 

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