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El Norte viernes, 12 de abril de 2019

SONAJERO

Julian y Kanqui

  • Julian y Kanqui
Grisbel Medina R.
sonriete_gris@hotmail.com

 Julian Assange, fundador del portal WikiLeaks, fue arrestado ayer en la embajada de Ecuador en Londres. Lo sacaron cargado. El presidente de Ecuador, Lenin Moreno, revocó el apoyo que había endosado su antecesor, Rafael Correa. El apresamiento lo deja a merced de los países aliados a los Estados Unidos, potencia gringa, que desea comérselo vivo.

Assange es periodista e informático. Está acusado de delitos sexuales. El ataque, por un tema tan sensible, vino después de que WikiLeaks publicase el vídeo en el que soldados de EE.UU. disparaban a civiles en Irak, en el año 2007. También les pinchó el ego (porque vergüenza hay poca), los 250 mil cables diplomáticos que conmocionaron el mundo. ¿Su delito? Publicar las prácticas estadounidenses para justificar asesinatos, conflictos y saqueos en Afganistán e Irak.

Gracias a Julian Assange el mundo conoció pruebas de los manejos norteamericanos y aliados en legitimar guerras, asesinatos y hurtos a gran escala. Y desenmascaró la red de espías asentados en el globo para desestabilizar gobiernos y hacer, en resumen, lo que les da la gana. Un golpe muy duro y triste.

Otra tristeza es la desilusión nacional ante la acusación por abuso sexual de Kelvin Núñez Morel, autor del personaje Kanqui. La noticia no es alegre. No inspira saltar con las manos hacia arriba. De ser culpable (la justicia tiene que trabajar), se desmorona una figura de alto impacto en el entretenimiento infantil. Se escurre la confianza. Se lamenta el dolor de tantas familias tocadas por el caso.

Kanqui lleva la cara pintada y usa sombrero. Encarna el ejemplo de superación de un muchacho pobre que llegó a pisar la alfombra de la fama y capitalizarse. Carismático y creativo, conocía las nuevas tecnologías y las utilizaba en bien de sus proyectos. Se echaba a la muchachada en un bolsillo. Y según los testimonios de denunciantes, tenía inclinaciones sexuales hacia chicos y chicas entre doce a quince años. Y acosaba sin medir consecuencias. La real barbaridad. Una semana triste, definitivamente.


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