tribuna abierta
Bonds, Clemens, Rose: coherencia pendiente
El caso de Barry Bonds, Roger Clemens y Pete Rose expone una paradoja que el béisbol aún no resuelve. Se les ha negado el ingreso al Salón de la Fama de Cooperstown por el uso de esteroides o por violaciones graves, como en el caso de Rose.
Sin embargo, las marcas que alcanzaron permanecen intactas, como si no existiera cuestionamiento alguno sobre su origen aun con asterisco. Aquí entra en juego la noción jurídica de nulidad, entendida en su sentido más estricto: el acto nulo nunca produce los efectos jurídicos que debía generar, porque nace irremediablemente de lo muerto. Si la causa está viciada, el resultado carece de legitimidad.
A partir de esa premisa, surge la pregunta inevitable: si las cifras alcanzadas bajo sospecha de dopaje carecen de validez ética o reglamentaria, ¿cómo pueden seguir computadas como récords oficiales? El béisbol responde con una incoherencia evidente: castiga al jugador, pero conserva los frutos del acto que declara inválido. No puede afirmarse, con seriedad institucional, que un desempeño es impropio para merecer una placa, pero plenamente válido para sostener un liderato histórico.
La contradicción se intensifica en el caso de Bonds. Cooperstown lo rechaza, pero los Pittsburgh Pirates lo exaltan a su Salón de la Fama como uno de los grandes de la franquicia. ¿Cómo puede ser objetado por la institución que pretende custodiar la historia total del béisbol y, al mismo tiempo, celebrado por la organización que lo vio nacer como estrella? Si la objeción es moral, lo sería en todas partes; si es reglamentaria, también.
Rose enfrenta un dilema semejante: se le excluye por apuestas, pero sus hits siguen siendo el récord supremo. Si la falta es tan grave como para impedir el honor, ¿cómo no afecta los resultados de una trayectoria marcada por esa infracción?
En derecho y en deporte, la coherencia no admite zonas grises: si algo es nulo, no existe; y si existe, no puede tratarse como nulo solo para impedir un honor, pero válido para conservar el beneficio. Esa es la incongruencia que Cooperstown aún no ha querido enfrentar.

