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El Deporte sábado, 15 de junio de 2019

CON LOS CAMPEONES

David Ortiz

  • David Ortiz
Mario Emilio Guerrero
megkrantz@hotmail.com
Tweeter:@megkrantz

David Ortiz no es el ídolo deportivo tradicional. Además de ser un atleta exitoso, que deslumbró al mundo del béisbol con sus hazañas y heroicidades, su figura ha alcanzado niveles de popularidad y prestigio inimaginables para un atleta.

A ello han contribuido sus acciones fuera del terreno de juego. Desde aquel 20 de abril de 2013, en que tomó en sus manos un micrófono y ante una muchedumbre en el estadio Fenway Park, conminó a los ciudadanos de Nueva Inglaterra para que fueran fuertes y no se dejaran doblegar por los ataque terroristas perpetrados cinco días antes durante el maratón de la ciudad de Boston, David pasó de ser el pelotero que contribuyó a que los Medias Rojas dejaran atrás en 2004 la famosa “Maldición del Bambino”, conquistando su primera Serie Mundial en 86 años, a erigirse en un ícono cuyo respeto trascendía más allá del plano deportivo.

La popularidad de Big Papi es tal, que una calle y un puente de Boston llevan su nombre, como muestra del aprecio que la gente de esa urbe siente por el carismático ex pelotero dominicano.

En su país, Ortiz también es una celebridad, una persona querida y respetada por todos. Su preocupación por ayudar a los más necesitados, sobre todo a los niños, su sencillez y bonhomía, son cualidades que adornar a este gigante de gran corazón y que sus compatriotas reconocen y agradecen con muestras permanentes de cariño y admiración donde quiera que va.

Ese David, estimado e idolatrado, estuvo a punto de morir el pasado domingo, a manos de individuos despreciables que no lo piensan dos veces para arrebatarle la vida a una persona, ni siquiera a alguien tan valioso como él.

La Sociedad Dominicana, en estos tiempos en que predomina la doble moral y se exaltan falsos valores, no se puede dar el lujo de perderlo y menos de esa manera.

Necesitamos al Big Papi vivo, para que siga al frente de su Fundación, haciendo el bien y compartiendo con su gente, como hasta ahora lo ha hecho.

 Pero también para que nos enorgullezca con una conducta intachable, acorde a las dimensiones de su bien ganado prestigio.