CON LOS CAMPEONES
Toñito Ramírez nos dejó un gran legado
Hoy me toca escribir de otro amigo que ha partido, de Toñito Ramírez, quien nos dejó la madrugada del pasado martes, luego de una tenaz y valiente lucha contra el cáncer. Toñito fue un luchador incansable durante toda su existencia terrenal y lo fue también cuando tuvo que pelear por su vida, frente a una enfermedad implacable que pudo vencerlo, pero nunca doblegarlo, porque hasta el último aliento se mantuvo pugnando por permanecer entre nosotros. Dentro del dolor de su fallecimiento a destiempo, este hombre valiente y emprendedor, nos dejó un legado imperecedero: ante la inminencia de la muerte debemos seguir batallando, minuto a minuto, aún presintiendo cual será el desenlace final. Quienes lo conocimos, sabemos que Toñito murió como vivió, lidiando contra la adversidad, pues desde sus primeros años tuvo que ganarse cada una de las cosas que consiguió. A pesar de nacer en la pobreza y de ser un humilde bolerito en las canchas del Santo Domingo Tennis Club, se erigió como un buen tenista y luego, como un destacado entrenador. Pero, no se detuvo ahí e incursionó con éxito en la crónica deportiva, lo mismo que en la disciplina del golf, deporte en que también sobresalió como atleta y dirigente. Un hombre dignoDebo destacar su postura digna ante los prejuicios raciales de este mundo injusto y segregacionista, pues nunca se dejó humillar o desmeritar por nadie debido al color negro de su piel. Es más, siempre se sintió orgulloso de su negritud e incluso bromeaba en cualquier escenario de su condición de negro. Recuerdo que durante un congreso de entrenadores celebrado en Madrid, España, le tocó presentarse ante los participantes en el cónclave, Toñito, luego de revelar su nombre y país de origen, dijo con toda seriedad que por sus venas corria sangre danesa. Ante el asombro de todo el mundo, agregó que eso era debido a que un bisabuelo suyo se había comido a un misionero danés en África. Como ustedes se imaginarán, las carcajadas no se hicieron esperar. Así era Toñito, irreverente e iconoclasta, en el buen sentido de ambas palabras, porque nunca fue insolente ni irrespetuoso, todo lo contrario, pues en su paso por este mundo se caracterizó por ser una persona festiva y jocosa, siempre de buen humor, que repartió alegría y sonrisas entre sus amigos y las personas con las que le tocó trabajar y compartir. Homenajes en vidaToñito tuvo la satisfacción, de disfrutar en vida del cariño y la estima de la gente que le quería y apreciaba en su justo valor como persona. Desde que se supo en diciembre pasado que sufría de una enfermedad terminal, las muestras de afectos y los homenajes no cesaron, por parte de sus amigos y las entidades a las que sirvió y colaboró con entusiasmo y dedicación. Es tanto así, que el domingo 6 de junio, pocas horas antes de su muerte, asistió a un reconocimiento que le rindió la Casa España, en el Metro Country Club, de Juan Dolio. Experiencia personalTuve el privilegio de compartir con Toñito toda una vida, pues nos conocimos en las canchas de la bocha, cuando ambos nos iniciábamos en el tenis a finales de los años 60.Fue mi pareja de dobles, rival en innumerables torneos, compañero de viaje en selecciones nacionales, él como entrenador y yo como delegado. Con Rafael Moreno, siendo éste aún jugador, conformamos un trío inseparable, siempre juntos en Juegos Panamericanos y Centroamericanos y del Caribe, así como en numerosos eventos regionales. En mi mente llevo el perenne recuerdo de tantas anécdotas vividas al lado de Toñito, la inmensa mayoría de ellas impregnadas por sus ocurrencias y gran sentido del humor. Me salvó la vidaPara concluir, les voy a relatar algo que ocurrió en agosto de 1988, cuando asistíamos en Kingston, Jamaica, a un torneo juvenil caribeño. A los pocos días de llegar a ese país, me enfermé de asma y en poco tiempo mi salud empeoró, al no contar con los medicamentos necesarios para tratar debidamente esta dolencia. Una noche, me sentí muy mal y para no despertar a Toñito, que compartía la habitación conmigo, con los accesos de tos que me atacaban, me recluí en el cuarto de baño. La capacidad pulmonar me bajó a un nivel tal, que perdí el conocimiento. No sé cómo, pero Toñito se dio cuenta de que algo me estaba pasando y se levantó encontrándome desmayado. Eran alrededor de las 4:00 de la madrugada y a esa hora, llamó a los responsables del torneo y a la recepción del hotel, pero nadie respondió con la rapidez que ameritaba el caso. Ante esa situación, Toñito me cargó en sus hombros y llevó en un taxi a un hospital, donde me estabilizaron y pude recuperarme lo suficiente como para regresar al otro día a Santo Domingo, aunque el evento al que asistíamos aún no había concluido. Esto significa que debo mi vida a Toñito, porque un médico jamaiquino nos dijo que si hubiera tardado un poco mes en llegar al hospital, lo más probable es que no habría vivido para contarlo. Gracias, Toñito, no sólo por haber preservado mi vida, sino por enseñarnos que se puede vivir dignamente, a pesar de los tantos obstáculos que se nos presentan a través de nuestras existencias. El país hoy llora tu partida y te recuerda como el gran hombre que fuiste.

