Burócratas que se olvidan del pueblo
La negligencia institucional se ha convertido en una práctica consuetudinaria en ciertos despachos gubernamentales.
El resultado de esta conducta ha devenido en el abandono de obras vitales para comunidades que sí las necesitan.
Los casos de la carretera de Neiba y el puente de Guayacanes, hoy reducidos a escombros y promesas incumplidas, son símbolos de un Estado que parece mirar desde la lejanía cómo comunidades enteras luchan por sobrevivir.
En La Vega, el río Camú se traga una y otra vez el improvisado puente de tablitas que los vecinos construyen para no quedar incomunicados.
Aunque el Ministerio de Obras Públicas anunció con bombos y platillos en 2024 la licitación del puente de Bayacanes, solo hay letreros fantasmas que señalan una obra inexistente.
Mientras, niños, ancianos y motociclistas arriesgan sus vidas cruzando una pasarela precaria, sostenida por la solidaridad de hombres que, bajo una lona, esperan ayudar a cambio de unas monedas.
En Independencia, el socavón de "Cañada Honda" es una herida abierta.
Las lluvias convirtieron una grieta de 2020 en un abismo que partió la carretera en dos, dejando aisladas a comunidades como Las Clavellinas.
Las señales de peligro brillan por su ausencia, y los desvíos improvisados son trampas mortales.
Estos casos configuran un descuido casi cínico frente a esas necesidades.
En Boca de Cachón, por ejemplo, los niños juegan entre varillas oxidadas bajo un puente colapsado, ignorantes del peligro que las autoridades sí conocen, pero que ignoran.
El abandono también ahoga la agricultura. Las crecidas destruyeron canales de riego vitales para 500 familias, cuyos reclamos chocan contra la burocracia.
¡Que el puente de Bayacanes y la carretera de Neiba dejen de ser eslóganes de la propaganda oficial y se conviertan en realidades!

