Una juventud atormentada

Signos de tristeza, depresión, angustia y desesperanzas están taladrando el sentido de la estima en muchos jóvenes dominicanos.

Las estadísticas que recopila el sistema de asistencia psicológica del ministerio de Salud Pública y la sociedad especializada de psicología ofrecen un inquietante panorama del fenómeno de los trastornos mentales en el país.

En gran medida como una secuela de la pandemia y los desajustes de vida que vinieron aparejados con esa crisis, los casos de jóvenes mentalmente perturbados por múltiples sentimientos siguen en alza.

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De más de seis mil consultas telefónicas realizadas a través de la aplicación “Cuida tu salud mental”, del ministerio de Salud Pública, el 67 por ciento confesó padecer signos de tristeza, ansiedad, angustia, insomnio, enojo, falta de apetito, preocupación constante, ideación suicida y sentimientos de culpa.

En muchos casos, el consumo de sustancias adictivas se manifiesta en estados de pánico, fobias, delirio y depresión.

Entre la población joven y de adultos, estos trastornos afectan a un conglomerado de casi medio millón de personas.

Poco a poco ha ido configurándose una antesala hacia la esquizofrenia o los estados de desequilibrio mental, de leves a agudos, que demandan una acción más contundente del gobierno para darles la mejor cobertura, en la prevención y la sanación.

Hay que incrementar el número de salas especializadas para el tratamiento de estos trastornos y facilitar las vías de consultas telefónicas, involucrando inclusive al sector empresarial y al magisterial en estos esfuerzos.

La detección temprana de estos síntomas entre los alumnos de las escuelas, sobre todo las públicas, debe considerarse un mecanismo de alta prioridad.

No es posible seguir indiferente a los repetidos episodios de violencia, desórdenes e inconductas en nuestros planteles que pueden ser reflejos de la amplia tasa de casos de violencia intrafamiliar.

El cuidado de la salud mental es ahora mismo tan prioritario como otras necesidades básicas de la población, y francamente hay que verlo y abordarlo como cualquier otra epidemia peligrosa.

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