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Editorial martes, 26 de abril de 2022

Una sociedad soliviantada

La pandemia, con todas sus secuelas, y ahora el trastorno global que ha desatado la guerra entre Rusia y Ucrania, han perturbado la vida de los dominicanos, soliviantando sus ánimos.

Tantas cargas de sacrificios, miedos, penurias y frustraciones acumuladas en los confinamientos y restricciones de los estados de emergencia frente al coronavirus, en el desempleo y el alto costo de la vida y la inseguridad ciudadana, han calentado demasiado la caldera social.

Por cualquier insignificancia o nimiedad, la gente fácilmente se entra a las trompadas o a los tiros en la calle; los celosos explotan y desfogan sus resentimientos contra parejas o exparejas y, de paso, contra madres o hijos y cualquiera que se encuentre, circunstancialmente, en el escenario del peligro.

Las pandillas se adueñan de las calles y matan o hieren a quienes les usurpen los territorios libres en los cuales florece el tráfico de drogas y bebidas, de objetos robados, como armas, celulares o carteras, sembrando profundos temores entre los ciudadanos sensatos y trabajadores.

En la lucha por salir de los ahogos económicos o de los problemas de salud y de la inflación, la gente cae en desesperación, en profundos estados de inquietud y fácilmente se les van los frenos de la prudencia y puede tornarse violenta, irascible, rebelde e intratable.

Ha habido muchas rupturas sentimentales, muchos divorcios, mucha acritud de trato entre vecinos y hasta compañeros de labores.

Elevada esta perturbación a los grupos populares, capaces de demandarle más de cien obras a un gobierno, de modo apremiante, o de lo contrario paralizan una comunidad o le dan rienda suelta al vandalismo, es signo elocuente de la rapidez con que la paciencia, la mesura y la ecuanimidad han ido perdiendo terreno dentro de los esquemas de la coexistencia social.

Habrá que llamar a un ejercicio nacional para contar hasta diez y respirar profundo antes de tomar decisiones al calor de las emociones, los recelos o los prejuicios, porque la caldera está, verdaderamente, en plena en ebullición. Y no necesita de más leña.