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Editorial miércoles, 08 de abril de 2020

¡Ay, si supieran de las angustias!

Los desgarradores testimonios del sufrimiento de personas atacadas por el coronavirus no han logrado persuadir todavía a la mayoría de los dominicanos de que extremen todas las precauciones para evitar contagiarse.

El corazón se encoge, la garganta se anuda y emanan las lágrimas de pena y de impotencia al ver y escuchar a pacientes en fase agónica o ya, por fortuna, como sobrevivientes del ataque, narrando sus terribles experiencias.

Se bastan, por sí mismas, para darnos una idea de la cruel e implacable agresión del virus y de la profunda desesperanza en que caen aquellos cuyos síntomas no ceden a los tratamientos y saben que están a un paso de la fosa, yéndose solitarios y sufrientes del mundo terrenal sin familiares a su lado.

Si indeseables son estos momentos, más angustiosos resultan los de aquellos que buscan desesperadamente la atención médica en una clínica u hospital, desde los cuales son rebotados a otros centros donde, para su desgracia, tampoco encuentran cupo.

Ni siquiera el presidente del Colegio Médico Dominicano pudo salvarse de esa infructuosa cadena de dificultades para lograr que a un colega suyo, residente en Cotuí, lo atendieran del coronavirus en un hospital de la Capital, a causa de la falta de camas en cuidados intensivos.

Muchos más, de condiciones socioeconómicas superiores a las de la mayoría, han tenido que valerse de muchas palancas para poder recibir atenciones médicas, en la medida en que el sistema sanitario entra en fase de colapso. Y ni así nadie les garantiza una buena suerte.

Si los testimonios desgarrantes de los contagiados tuvieran mayor difusión y eco tal vez una mayoría de ciudadanos no tomara a la ligera las advertencias que se les hacen para que se mantengan aislados en sus casas y tomen las medidas apropiadas de higiene.

Por más evidente que es la poderosa capacidad de contagio y letalidad del coronavirus, hay quienes se comportan de soslayo frente a la amenaza, sin acogerse al distanciamiento social ni a las demás medidas de prevención.

Y todo esto, en gran efecto, por la inexplicable tardanza en imponer una cuarentena total por los días en que, según las proyecciones marcadas por la curva ascendente, habrán de sentirse las ráfagas asesinas del coronavirus en el país.

¡Solo nos queda la misericordia de Dios!